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martes, 22 de febrero de 2011

REPORTAJE: PENSAMIENTO ¡SOR-PRE-SA! PO R JAVIER GOMÁ LANZÓN PARA BABELIA , EL PAIS DE MADRID 19/2/2011.



1965 (Bilbao - España) Licenciado en Derecho, Filología y Filosofía.




Tener cultura es tener conciencia histórica, lo que conduce por fuerza a una conciencia crítica, autónoma y razonadora

El día de nuestro cumpleaños un amigo que actúa de gancho, sirviéndose de engaños y martingalas, nos conduce a la hora convenida a su casa o a la nuestra y allí otros amigos, concertados con el primero, abren de repente las puertas correderas o salen de su escondite en el salón y corean al unísono: "¡Sor-pre-sa!". Lugares y rostros son quizá los mismos de siempre, pero en ese momento lo percibimos todo con una teatralidad que rompe su habitual apariencia. Suele decirse que la curiosidad es el origen del conocimiento; puede que lo sea del científico, pero en el origen de la cultura se halla, a mi juicio, este efecto de estupefacción ante lo natural. ¿A qué podríamos comparar la actitud del hombre verdaderamente cultivado? Al extrañamiento que a veces nos produce la visión de nuestro propio brazo.

A los ojos del hombre sin cultura -sea o no hombre de vastas lecturas- cuanto le rodea disfruta de la seguridad, evidencia, sencillez y neutralidad de los hechos de la naturaleza. De igual manera que los planetas avanzan por sus órbitas, el mundo es para él un conjunto de actos regulares y previsibles, intemporales en su incuestionada validez. Lo que hace de él un yo, el entorno en que vive, las ideas que se le transmiten, el conjunto de creencias latentes en las que flota, las pulsiones, afectos y deseos que alberga, las fuentes de su placer y su dicha, las costumbres que le sostienen, las instituciones que rigen su ciudadanía, el régimen político que le gobierna, los ideales que movilizan sus emociones: todo ello es, para el hombre sin cultura -tenga o no título universitario- un mero datum, algo que está ahí, siempre lo ha estado y siempre lo estará.

Hay días que contemplamos nuestro brazo extendiéndose por nuestro campo de visión y nos desasosiega ese remo de nuestra anatomía. ¿Qué hace eso ahí? Algo semejante nos sucede cuando empezamos a comprender que la imagen del mundo dominante en una cultura, que se nos presenta con la estabilidad, regularidad y fijeza de un hecho de la naturaleza, dotado de una objetividad autónoma y trascendente al hombre, es en realidad una criatura, un "constructo" contingente de ese mismo hombre. Ese hallazgo le produce un estremecimiento no inferior al que sacudió a Jim Carrey cuando, en El show de Truman, vislumbró, por una pluralidad de indicios, la artificialidad del universo que habitaba, convertido en estudio de televisión. El axioma cultural por antonomasia rezaría como una perífrasis de la famosa sentencia de Ortega: la cultura no tiene naturaleza sino historia. En cuanto entidades simbólicas, no somos hijos biológicos de la madre naturaleza sino padres adoptivos de la cultura que producimos y cuando descubrimos esta paternidad imprevista, sentimos una extrañeza pareja a la que a veces nos suscita nuestro propio cuerpo.

Y así como la paternidad biológica puede ser deseada o no mientras que la adoptiva lo es siempre, así también nosotros, tras superar la perplejidad inicial, podemos elegir gozosamente la cultura de nuestro tiempo como resultado de una decisión meditada, y no por forzada necesidad. Caigo en la cuenta de que todo lo que soy, pienso y siento, y todo cuanto existe en la realidad, está históricamente mediado. Tener cultura no es saber mucha historia sino un negocio más sutil: tener conciencia histórica, lo que es una forma de autoconocimiento. No es lo mismo almacenar datos del pasado que ser consciente de la historicidad de lo humano, aunque a veces lo primero lleva a lo segundo.

Una conciencia histórica de estas características presenta tres ventajas:

La primera permite asombrarse por los increíbles logros conseguidos por la humanidad haciéndose cargo de los sufrimientos y el esfuerzo colectivo que han requerido. Así podemos, por ejemplo, admirarnos de que sólo en tiempo reciente el hombre haya consentido en renunciar mayoritariamente a la venganza privada y, cuando sufre un daño que estima injusto, en delegar en un tercero la determinación de la culpa y la administración del castigo, en lugar de tomarse la justicia por su mano. Ídem de lienzo respecto a la dignidad del hombre, el reconocimiento de la libertad individual, la protección del Estado social o la alternancia democrática. El inculto -sea o no intelectual reconocido y creador de opinión pública- descuenta estas conquistas, como un niño mal criado, y quizá hasta las desdeña, aburrido. Quien sabe que las sociedades antiguas, por estar privadas de ellas, fueron moralmente peores en este aspecto a las modernas llega a comprender que es un prodigio civilizatorio que la comunidad actual haya logrado ponerse colectivamente de acuerdo en principios o costumbres como los mencionados.

En segundo lugar, ese hombre puede temerse que, si no se cuidan estos grandes avances morales de la civilización, quizá se malogren en el futuro, arruinando los sacrificios que costaron. Por tanto, el hombre cultivado estará inclinado a mantenerse siempre alerta en una especie de estado de ánimo escatológico previendo los peligros que acechan, pues la suya es una mirada de madurez que anticipa el carácter precario, vulnerable y reversible de todo lo humano, y al ser sensible a la fragilidad del progreso moral, se dejará más fácilmente involucrar en su activa defensa.

Y, por último, si la cultura descansa sobre fundamentos contingentes, sus contenidos son por eso mismo susceptibles de discusión y, cuando procede, de refutación, revisión y abandono. La conciencia histórica, por consiguiente, conduce por fuerza a una conciencia crítica, autónoma y razonadora, que discrimina, en lo presente, aquello que merece conservarse de aquello que debe reformarse.

¿Qué es, pues, ser un hombre culto? Sólo una cuestión de detalles: sorprender la artificialidad del mundo, cultivar la conciencia histórica y crítica, y comprometerse en la continuidad de lo humano. Todo lo demás, como dice Verlaine, es literatura: "Car nous voulons la nuance encore / Pas la couleur, rien que la nuance. / Et tout le reste es littérature".

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martes, 15 de febrero de 2011

LOS CATOLICOS EN EL SIGLO XXI: FILOSOFÍA Y TEOLOGÌA DE LA HISTORIA.


El Dr. Roberto De Mattei, filosofo italiano es Vicepresidente del Consigilio Nazionale Delle Ricerche,invitado al V° ENDUC que brindó la Conferencia Inaugural titulada: "Los católicos en el siglo XXI: filosofía política y teología de la historia".

Ilustres colegas, estimados amigos:

Es para mí un gran honor, pero también un gran placer, participar en este importante congreso, que me da la oportunidad de escuchar y conocer a los mejores representantes de la vida intelectual de vuestra nación. Lo hago dedicando mis pocas palabras a la memoria de Monseñor Giuseppe Canovai, una gran figura, particularmente querida para mí, de testimonio de Cristo en esta tierra.
El tema sobre el que me adentraré tiene que ver con el papel de los católicos en el siglo XXI.

La filosofía política del Evangelio

Partiré de una afirmación de Benedicto XVI en la encíclica Caritas in veritate.
Dios –afirma el Santo Padre en el n. 56 de aquel documento- debe encontrar “un lugar también en la esfera pública, en especial referencia a las dimensiones culturales, sociales, económica y, en particular, política”. “La Doctrina Social de la Iglesia –agrega Benedicto XVI- nació para reivindicar este Estatuto de ciudadanía”. Se trata del mismo concepto afirmado por Pío XII en la alocución consistorial del 20 de febrero de 1946: “La Iglesia (...) deberá más enérgicamente que nunca rechazar aquella falsa y estrecha concepción de su espiritualidad y de su vida interior que quisiera limitarla, ciega y muda, dentro de los muros del Santuario”. La Iglesia tiene derecho a difundir su mensaje no sólo privadamente, a cada individuo, sino también públicamente, a todas las naciones, según el mandato de su Divino Fundador (Mt. 28, 19 ss.).
Esta declaración insta a los católicos a una obra de importancia primordial: la restauración moral entre la esfera pública y la esfera privada, después del estrepitoso fracaso histórico del intento de separar estos dos aspectos indisolubles del obrar humano.
La separación de la esfera pública de la privada se presenta con el humanismo italiano, en el siglo XV, que, al romper la unidad de la cosmovisión medieval, pretende asignar al hombre no uno, sino dos propósitos distintos: uno natural y otro sobrenatural. El primero sometido a las leyes de la razón humana, el segundo a las de la Iglesia, como si entre estos dos fines pudiese existir separación y contraste. Maquiavelo teorizó por primera vez, como un hecho dado, la existencia de una diferencia entre la moral individual y pública del príncipe; la primera útil para salvar el alma, la segunda para mantener su propio reino. A Maquiavelo lo siguieron Lutero, Grocio, Hobbes, Rousseau, Gramsci, la Revolución Francesa y la comunista: hombres y movimientos históricos que propusieron concepciones políticas diversas, partiendo de una premisa común: la separación de la política y de la moral. El resultado de este proceso fue la absorción de la moral en la política, por parte de los sistemas totalitarios del s. XX, el comunismo y el nacionalsocialismo. Y ningún siglo ha sido hasta ahora tan inmoral como el XX, un Moloch sanguinario que ha traicionado todas sus promesas. Hoy los totalitarismos del s. XX han caído, pero la democracia relativista que los ha sucedido ejerce un poder no menos totalitario, justamente porque se funda en la separación entre política y moral.
El ejercicio de la autoridad soberana en la sociedad del Ancien Régime estaba subordinado a la observancia de las leyes morales que constituían el mismo fundamento de la soberanía. Como recuerda el gran Jaime Balmes, en las monarquías europeas llamadas absolutas prevalecía el principio según el cual no es el monarca, sino la ley la que tenía el control. Esta ley, universalmente reconocida, era la ley divina y natural. La soberanía de los llamados monarcas absolutos era absoluta en cuanto única e indisoluble, pero nunca fue arbitraria, sin fronteras morales que la limitasen.
La democracia moderna, hija de la Revolución Francesa, ha transferido al legislador un poder soberano, sin ningún tipo de limitación: la voluntad de la mayoría se convierte en la fuente suprema de la moral. La ausencia de normas morales hace posible, por ejemplo, que los parlamentos impongan leyes que niegan la protección de la vida en todas sus fases, desde la concepción hasta la muerte natural, leyes que niegan la unidad y la unicidad de la familia natural, leyes que autorizan cualquier forma la manipulación genética.
En estos temas, en los últimos años, tanto en Europa como en ambas Américas se encendió un debate vivo y áspero a veces, especialmente después de las intervenciones de Juan Pablo II y Benedicto XVI entorno a los valores denominados "no negociables". A la presunta injerencia de la Iglesia en la esfera pública, se opone la visión neo-separatista del laicismo, según la cual los problemas morales deberían dejarse en el ámbito individual, sin entrar a formar parte del debate político público. Esta concepción de la neutralidad ética y religiosa del Estado se refiere a los principios del liberalismo del siglo XIX. En el siglo XIX, el pastor calvinista francés Alexandre Vinet proclamó el principio de "Iglesia libre en Estado libre", luego recogido por el conde de Cavour y por los adherentes al Risorgimento italiano. La libertad del Estado se entiende como una absoluta independencia de cualquier vínculo religioso y moral, y, por tanto, como un agnosticismo sustancial, mientras la libertad de la Iglesia coincidía con la estricta libertad de conciencia de los individuos.
La fórmula laicista "Iglesia libre en un estado libre" no tiene nada que ver con la sentencia evangélica: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" (Mt 22,21, Mc 12,17, Lc 20 25). La fórmula del Evangelio, de hecho, distingue dos autoridades distintas, el Estado y la Iglesia, pero no confiere el poder sobre la vida pública a la primera y sobre la vida privada a la segunda. La jurisdicción de la Iglesia, maestra de fe y de moral, se extiende, de acuerdo con el mandato de Jesucristo, al campo de la verdad revelada y de la ley natural, inscrita por Dios directamente en el corazón de cada hombre. El Estado, ciertamente distinto y autónomo de la Iglesia, no tiene derecho a legislar contra la fe, porque eso significaría interferir en la vida de la Iglesia, pero no tiene derecho incluso a legislar contra la expresión pública de la moral natural, porque la ley moral es la primera de las leyes del Estado y no puede ser contradicha por el Estado. Si el Estado no se conforma a la ley divina y natural, entra necesariamente en conflicto con la Iglesia. La neutralidad religiosa y moral del Estado, entendida como falta de elección por parte del Estado, es una abstracción que no tiene fundamento en la realidad. Quitar, por ejemplo, un crucifijo de un lugar público no es un acto neutral, carente de sentido, sino una opción de principio no menos significativa que exponerlo y honrarlo públicamente.
La vida política del Evangelio se funda sobre la máxima “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”: una sentencia que presupone la distinción, pero no la separación entre las dos esferas, la pública y la privada, y su armonía sobre las bases de un común fundamento ético y metafísico. El católico debe luchar para lograr que la sociedad pública reconozca el valor de la ley moral y del orden natural y cristiano. Esta ley y este orden se fundan en principios evidentes “que son conocidos indefectiblemente” (Summa Theologica, I, q. 79, a. 12, ad 3).

El primer principio moral inmediatamente evidente al hombre es aquel según el cual se requiere hacer el bien y evitar el mal: bonum faciendum et malum vitandum. Este principio primero moral tiene un fundamento metafísico, puesto que el mejor bien a hacer es el amor de Dios y al prójimo y los preceptos de la ley moral se resumen en amar a Dios sobre toda cosa y a las demás personas como a nosotros mismos (Santo Tomás, In Matth. Evang. Lect., C. 12, lect. 4). La ley natural es la regla que nos ayuda a determinar el bien a hacer y el mal a evitar:
Postulando la existencia del bien y del mal, el principio del bonum faciendum et malum vitandum presupone la existencia de un orden objetivo e inmutable de verdad y valores morales anteriores a nuestra razón. La razón descubre este orden antes que nada en el propio corazón, ya que este orden es una ley grabada "en las tablas del corazón humano con el mismo dedo del Creador" (Romanos 2: 14-15). La ley moral es válida justamente porque cada hombre la lleva impresa en su conciencia: no podría tenerla impresa en la conciencia, si esta ley no estuviera arraigada en la naturaleza humana. Si, por el contrario, una naturaleza humana estable y objetiva no existe, no puede existir voz de la conciencia y la ley divina se convierte en exterior e extrínseca al hombre, impuesta por la voluntad mudable de las democracias parlamentarias. Si la moralidad coincide con la ley positiva promulgada por los parlamentos, la preocupación de los ciudadanos se convierte en un uniformarse a la ley, no por una adhesión íntima, sino por puro respeto exterior, motivados sólo por temor al castigo ocasionado por la trasgresión. La ley moral pierde su punto último de referencia, no sólo de la metafísica, es decir de Dios, fundamento último de toda ley, sino también de la conciencia humana, que es el primer ámbito en que la ley de Dios se manifiesta.
Del principio según el cual es necesario hacer el bien y evitar el mal se abre una consecuencia necesaria: no es lícito a nadie, y en ninguna esfera, ni privada ni pública, hacer el mal. El mal, que es la violación de la ley moral, puede ser, en casos excepcionales, tolerado, pero nunca positivamente cumplido: esto significa que ninguna circunstancia, ninguna buena intención, podrá jamás transformar un acto intrínsecamente malo en un acto humano bueno o indiferente. Lo que es intrínsecamente malo –dice santo Tomás- nullo modo bene fieri potest” (“de ninguna manera puede llegar a ser un bien”) (Summa Teologica, I-IIae, q. 89, art. 6, ad 3).
El hombre no puede jamás llevar a término el mal, ni en la vida privada ni en la vida pública; Benedicto XVI lo ha reafirmado en el discurso del 28 de abril de 2010: “Cuando los derechos fundamentales de la persona o la salvación del alma lo exigen –dijo- los pastores tienen el grave deber de emitir un juicio moral, incluso en materia política. Al formular tales juicios –agregó- los pastores deben tener en cuenta el valor absoluto de aquellos preceptos morales negativos, que declaran moralmente inaceptable la elección de una determinada acción intrínsecamente mala e incompatible con la dignidad de la persona; tal elección no puede ser liberada de la bondad de algún fin, intención, consecuencia o circunstancia.
Benedicto XVI reiteró no sólo la existencia de "absolutos morales" que nunca, bajo ninguna circunstancia, pueden ser trasgredidos, sino también el deber de la Iglesia de afirmar tales principios morales, incluso en asuntos políticos.
La Iglesia tiene el derecho de expresar su parecer sobre todos los temas religiosos y morales que conciernen al hombre, tanto de la vida privada cuanto de la pública.
La apelación se dirige a todos, también a los políticos; en efecto, los obispos son pastores de todas las almas, incluidas las de los políticos, y deben recordarles su obligación de promulgar leyes de acuerdo con los principios del orden natural y cristiano. "Al confiar a Pedro su propio rebaño, el Señor ciertamente no tuvo la intención de hacer una excepción con los reyes", escribió San Gregorio VIII, reivindicando el principio de la suprema y universal jurisdicción del Pontífice sobre todos los hombres, sin exceptuar a los reyes, retomada en la 19 sentencia del Dictatus Papae. "Frente a las normas morales que prohíben el mal intrínseco – afirmaba, a su vez, Juan Pablo II en Veritatis Splendor - no hay privilegios ni excepciones morales para nadie"(n. 96).
Desde el punto de vista de este orden supremo, no hay diferencia entre los hombres y la comunidad social y civil, porque los hombres unidos en sociedad están, en la misma medida que los individuos, sometidos a la autoridad de la ley natural. El Estado tiene como fin propio procurar el bien temporal, y es soberano en su esfera. Pero la Iglesia tiene el derecho de ver respetada la ley natural de quien custodia y sobre quien se funda la sociedad humana. La Iglesia no tiene una fuerza política, económica o mediática que pueda oponer al mundo. De la única arma que dispone es la verdad religiosa y moral que custodia. Definir la verdad y el bien, condenar el error y el mal, hablar de lo que Benedicto XVI ha definido “valores no negociables” –vida, familia, educación- forma parte de la misión misma de la Iglesia.
La teología de la historia cristiana

Al cristiano que se desempeña en la vida pública no le basta una filosofía política, requiere de una teología de la historia. Dom Prosper Guéranger recuerda que así como para el cristiano no existe una filosofía por sí misma, tampoco existe una historia puramente humana; el hombre ha sido llamado por Dios a un estado sobrenatural; éste es su fin; la historia de la humanidad debe ofrecerle testimonio. Esto significa que la historia no puede prescindir de la filosofía y ésta no puede dejar de lado a la teología, porque no existe, ni puede existir, verdadero conocimiento del hombre fuera de la Revelación. La Revelación no era en sí misma necesaria: el hombre no tenía derecho alguno a ella; pero Dios la ha dado y la ha promulgado; desde entonces la naturaleza por sí misma no es ya suficiente al momento de explicar al hombre.

La aparición del Verbo Encarnado en la tierra es el punto culminante de la Revelación divina y de toda la historia humana, que desde este evento, como recuerda Dom Guéranger, se divide en dos grandes épocas: antes y después del nacimiento de Jesucristo."Antes de Jesucristo una espera de muchos siglos; después de Jesucristo, una duración cuyo secreto es desconocido para el hombre, porque ningún hombre sabe la hora de nacimiento del último elegido, para quienes el Hijo de Dios se encarnó y el mundo es conservado".

“La gran ley de la historia –observa, a su vez, un gran escritor jesuita, el padre Henri Ralière-, o sea, el objetivo supremo propuesto por la voluntad divina a los individuos, a las sociedades y a la humanidad entera es el establecimiento del Reino de Cristo”; es decir, "la similitud perfecta y la completa sumisión de los individuos, de los pueblos y de toda la humanidad al hombre-Dios, modelo soberano de toda perfección y soberano Señor de todas las cosas": La historia de la humanidad entre la Encarnación y la Parusía, el regreso de Jesucristo a la tierra al final de los tiempos, es por lo tanto la historia de la realización del Reino de Cristo, en el Cielo y en la tierra, contra todos los intentos de socavar los frutos de la Encarnación a través de los siglos. En esta perspectiva, en la Encíclica Quas Primas, el Papa Pío XI opone a lo que él definió "la peste del laicismo," la doctrina de la Realeza social de Cristo, fundada sobre la unión hipostática, por la que Jesucristo tiene la potestad, como Dios y como Hombre, sobre todas las criaturas.

Las creaturas racionales participan de este plano divino, con su inteligencia y con su libertad infinita e imperfecta, porque sólo Dios es inteligencia y libertad infinita. En cuanto creaturas limitadas, éstas pueden resistir la voluntad divina y buscar un fin diverso del dispuesto por el Creador, pero su rechazo no tiene posibilidad de destruir el plano divino; de lo contrario se debería concluir que el Omnipotente puede ser derrotado por los frágiles seres que Él mismo ha creado.

Esta teología de la historia presupone no sólo la existencia del bien y del mal, sino de hombres, de movimientos y de corrientes que en la historia trabajan a favor o en contra del bien, o postula la existencia, junto a la Iglesia, de sus enemigos. Es el misterio del mal, que surge desde el primer momento de la creación, cuando los ángeles se dividieron y su escisión no fue una simple separación, sino que fue una lucha que tuvo lugar en los cielos, la primera guerra de la historia, una guerra sin cuartel que desde entonces se reitera y está destinada a renovarse hasta el final de los tiempos. El pensamiento católico de los siglos XIX y XX ha definido a este anticristianismo operante en la historia con el nombre de Revolución y ha identificado las etapas en el humanismo y la Revolución protestante, en la Revolución francesa y en la comunista.

La Iglesia, al igual que su Fundador, ha sido combatida y perseguida desde sus orígenes. Las persecuciones comenzaron en Roma, en tiempos de Nerón, el primer gran perseguidor, a quien se atribuye el aforismo jurídico según el cual christianos esse non licet: “no está permitido ser cristianos”; ser cristianos es un delito pasible de castigo: cárcel, trabajos forzados, exilio, la exposición a las fieras o al fuego, la crucifixión, y cualquier otro tipo de muerte fueron los castigos que esperaban a los cristianos desde los primeros siglos, sólo porque eran cristianos. En la sentencia de Nerón ya encontramos formulada aquella moderna, repropuesta por Voltaire, en el tristemente célebre Tratado sobre la Tolerancia: ninguna tolerancia con los intolerantes. Cualquier cosa puede ser tolerada, excepto el cristianismo, o más bien excepto la expresión íntegra y coherente de la vida y de la doctrina cristiana, sobre todo en la vida pública. Desde entonces la historia del Cristianismo es también la historia de sus persecuciones, incluso las de hoy, que se renuevan en cada rincón de la tierra.

No tenemos tiempo para trazar el cuadro de las persecuciones contemporáneas, pero éste es vasto y la bibliografía abundante. Me interesa más que nada insistir en un elemento importante. Las persecuciones no son desastres naturales, como los terremotos y las inundaciones. En el caso de los desastres naturales es difícil de predecir las graves desgracias y lo más importante es imposible detectar y combatir a los responsables. Responsable es la naturaleza y lo que depende de la naturaleza no depende del hombre, sino de los misteriosos designios de Dios, con los cuales los hombres no pueden más que concordar su voluntad.

Las persecuciones, por el contrario, son actos humanos deliberados: presuponen la existencia de perseguidores, es decir, de hombres inteligentes y libres, impulsados por sentimientos o ideas contrarias a las de la Iglesia. Este punto es fundamental, porque con demasiada frecuencia se olvida que no existe sólo el cristianismo, es decir, la religión de los que creen y aman a Jesucristo y a su Evangelio; existe también el anticristianismo, es decir, la ideología de los que no sólo no creen en la religión cristiana, sino que la odian y la combaten.

A la teología cristiana de la historia se opone, a partir del humanismo, una visión del mundo basada en la negación de la dimensión trascendente de la historia. La historia, según esta concepción, no tiene criterios meta-históricos, de orden ético o metafísico, que la puedan juzgar. El progreso, secularización de la idea de Providencia, es la ley inmanente y necesaria del llegar a ser humano. La concepción del hombre como ser perfectible, capaz de un mejorar ilimitado, típica del humanismo, forma parte de la Ilustración, como perfeccionamiento continuo y necesario de la humanidad.

Con la revolución francesa, el Verbo del Progreso se encara en la historia. Las grandes interpretaciones de la historia y los esquemas generales de su periodización –de Hegel, de Marx, de Comte - se forman en el replanteamiento de la Revolución francesa, considerada el evento decisivo que marca el tránsito a una civilización moderna post-cristiana. La idea de progreso como ley necesaria de la historia es el "dogma" sobre el que se funda la idea de la modernidad. La historia se convierte en un recorrido irreversible, caracterizado por un continuo e ilimitado mejoramiento hacia un futuro considerado inevitablemente mejor que el pasado y que el presente. Hegel pudo así definir la historia como Weltgeist, "el camino racional, necesario del espíritu del mundo". La idea de progreso domina las principales corrientes del pensamiento europeo del siglo XIX - desde el liberalismo hasta el socialismo – y penetra en el interior de la Iglesia con el modernismo.

Las religiones seculares del siglo XX absorben la moral en la política y se presentan como un intento de construir, sobre las ruinas de la Cristiandad, una civilización moderna, emancipada de los principios fundamentales del orden natural y cristiano. El socialismo y el comunismo en el siglo XX se presentan como religiones seculares en las que la humanidad se auto-redime del mal y alcanza en la historia y a través de la historia su ilusorio paraíso terrestre.

De allí que asuma el papel de "redentora" de la humanidad, al interior de un recorrido en cuyo horizonte inmanente se sustituye el sobrenatural, el "futuro histórico" al paraíso celeste. Esta visión historiográfica constituye una secularización de la teología de la historia cristiana o, para usar los términos de Eric Voegelin, una "inmanentización" del eschaton cristiano, según el cual Dios crea la historia, la trasciende y la dirige a su fin.


Después de la caída del comunismo: el Islam

Después de la caída del comunismo, el último gran “sueño de construcción” del siglo XX, el viento el relativismo nihilista caracteriza el horizonte contemporáneo. Este nihilismo constituye la verdadera esencia del anticristianismo, que no consiste en lo que pretende construir, sino en lo que quiere destruir. En este sentido, la caída del comunismo y la brusca partida de la idea marxista de Revolución no es el abandono de la Revolución, sino sólo el eclipse de la justificación conceptual, que en un determinado momento histórico el anticristianismo ha querido dar del proceso de secularización de la sociedad.

El Islam se está convirtiendo en el comunismo del siglo XXI, volviendo a proponer a Occidente, en nuevos términos, la dimensión mesiánica y pseudo-religiosa del totalitarismo del siglo XX. Las religiones seculares del siglo XX hacían un llamamiento a la necesidad de absoluto, a la exigencia sacralidad connatural al alma humana. Hoy, cuando, con la caída de la Unión Soviética, la Revolución comunista parece haberse disuelto en el pragmatismo de la sociedad tecnológica, el momento de la religión secular del marxismo se recupera por el radicalismo islámico, en el interior de la lucha contra un Occidente corrupto y explotador. El hombre es religioso por naturaleza, nace con la necesidad de Dios, que no es una creación de su inteligencia, sino una esencia profunda de su ser. En Rusia, cuando el ateísmo transformó las iglesias en museos, la religión no desapareció, sino que salió fortalecida de la persecución. Hoy la estrategia revolucionaria consiste en transformar las iglesias no en museos del ateísmo, como en época soviética, sino en hoteles y supermercados, y ofrecer, al mismo tiempo, una alternativa a la necesidad de lo sagrado, al multiplicar la construcción de mezquitas y minaretes, en el nombre de una religión falsa.

Frente al secularismo y al relativismo de la sociedad post-comunista, el Islam afirma la existencia de una aspiración religiosa del hombre, respondiendo así a la necesidad de sacralidad del hombre contemporáneo. Pero ¿cuál es la receta religiosa que el Islam ofrece al hombre secularizado de nuestros tiempos? A la religión de Mahoma es ajeno el concepto de sacrificio, que en el Cristianismo se deriva de su misterio central, la Cruz. El Islam no pide a sus seguidores una transformación interna: éste se presenta como una religión ritual, que se limita a exigir a sus miembros que respeten los llamados cinco pilares: la afirmación verbal del monoteísmo, la recitación de las plegarias prescritas, el ayuno del Ramadán, el viaje a La Meca al menos una vez en la vida, la limosna ritual. Una vez cumplidas estas obligaciones, el musulmán es libre de sumergirse en el placer: nada en su religión lo llama al sacrificio. Ciertamente, existen formas comparables al sacrificio, desde el ayuno al martirio en la "guerra santa", pero se trata de formas de sacrificio ritual, que nada tienen que ver con el espíritu interior del sacrificio cristiano.

El Islam puede ser definido como una "religión del placer", no sólo porque ignora el sacrificio, sino porque sustituye en el Paraíso el concepto cristiano de felicidad eterna por el de placer eterno, de voluptuosidad sin fin. Djanna, que es el nombre del Paraíso islámico, prevé en primer lugar todas las alegrías de los sentidos: deliciosos banquetes, acompañado por excelentes vinos, los placeres carnales con las Huri, las siempre vírgenes a disposición de los Elegidos. La misma visión de Dios es descripta como un placer físico de la vista y del oído.

Un abismo divide a la religión cristiana de la musulmana no sólo por el rechazo islámico de la Trinidad, sino también para la concepción materialista del más allá que caracteriza al Islam. El Islam, por su materialismo y por su hedonismo, es más afín al comunismo y el relativismo que al Cristianismo. Podemos decir que si el comunismo de Marx trasladó el Paraíso a la tierra, la religión de Mahoma trasladó los placeres de la tierra al paraíso. Si el comunismo es una religión secular, el Islam seculariza, a su vez, el paraíso. En ambos casos, comunismo e Islam, nos enfrentamos a una concepción muy diferente de la propuesta por la tradición espiritual cristiana. Como el totalitarismo en el siglo XX, el Islam no distingue entre política y moral. Si el comunismo absorbía la moral en la política, el Islam absorbe la política en la religión, negando la existencia de un orden natural, cognoscible por la razón, que constituye un momento de la mediación objetiva entre política y fe religiosa.

El Islam puede tener una alta adhesión entre los jóvenes dentro y fuera de Occidente. Los jóvenes occidentales, como todo hombre, aspiran al absoluto, pero están corroídos por el relativismo, son incapaces de sacrificio. La religión mahometana les ofrece un sucedáneo de sacralidad, sin pedir algún sacrificio real. El Islam es una religión grosera, a buen precio, pero que, a diferencia de la New Age, está sostenida por algunas de las naciones más ricas de la tierra y por la Conferencia Internacional Islámica, que reúne cincuenta y ocho países musulmanes que se empeñan en sostener al Islam en el mundo, mientras Europa despelleja las raíces cristianas de su constitución e introduce el delito de “islamofobia”.
A los jóvenes desheredados del Tercer Mundo, y también a los desheredados del primero, el Islam ofrece el paraíso de los sentidos, rápido, a cambio del martirio. La explosión de una bomba permite al Kamikaze pasar del sufrimiento al placer en un segundo. La atracción puede ser irresistible.
Frente al desafío representado por el relativismo cultural y moral y por el Islam, los católicos tienen el derecho y el deber de proponer una filosofía y una teología de la historia fundada en los principios perennes de su Tradición, con el convencimiento que sólo en esta Tradición viviente, en tanto renovada cada día por el Sacrificio incruento de la Cruz, es el futuro de la humanidad. Ellos deben recuperar una concepción militante del Cristianismo, con el convencimiento de que entre bien y mal, entre verdad y error, entre la Iglesia y sus enemigos no hay compromiso ni tregua posible, sino sólo antagonismo y lucha. La lucha conlleva naturalmente el cansancio y el sufrimiento, y el rechazo del sufrimiento y del sacrificio, lleva a muchos a evitar la obligación, con la ilusión de que la tierra no sea un valle de lágrimas, sino un jardín de flores. Esta ilusión está destinada, sin embargo, a provocar sufrimiento y tragedias mayores de cuantas acarrea la lucha. Una de las razones de la derrota de los católicos en la segunda parte del siglo XX ha sido la pérdida de la visión militante del Cristianismo y de la teología de la historia que ésta conlleva. A partir de los años sesenta se juzgó que la causa del anticlericalismo y del laicismo del XIX y del XX fue la intransigencia de la Iglesia que, al condenar al mundo moderno, había producido la reacción. Los católicos han cambiado su actitud hacia el mundo moderno, practicando la política de diálogo y de la mano tendida, pero el proceso de descristianización no se ha detenido. El anticristianismo creció hasta presentarse en forma muy agresiva, con las sofisticadas herramientas de la comunicación moderna.

Hoy no hay peor mal que el pacifismo espiritual, que es la renuncia al espíritu de sacrificio, y no hay virtud más alta que el combate espiritual, que es la elección de quien abraza la Cruz y la hace un símbolo de lucha y de victoria.

No hay victoria sin combate, pero no hay combate sin esta disposición de ánimo militante que nace, a su vez, del espíritu de la Cruz de Cristo, emblema de todo cristiano, símbolo de la victoria sobre la muerte, el único símbolo, como dice san Pablo, del que el cristiano se debe gloriar (Gal. 6, 14).




Traducción Claudio Calabrese

martes, 8 de febrero de 2011

EL HISTORIADOR ARGENTINO JOSÉ EMILIO BURUCÚA PRESENTA EN ESPAÑA " ENCICLOPEDIA B-S"


José Emilio Burucúa Fotografía IGNACIO GIL -ABC-


REPORTAJE REALIZADO POR INÉS MARTÍN RODRIGO, ABC DE MADRID


José Emilio Burucúa acostumbra a bucear en los recovecos de la historia menos reciente, pues su ámbito de actuación se centra en la modernidad temprana. Pero hay ocasiones que no deben dejarse pasar y este apasionado del arte y conocedor de la geografía humana cumplió con creces ante el reto que el destino profesional le tenía reservado. Un solo nombre, el segundo Hombre Montaña (Raúl), y toda una historia a sus espaldas de emigración, identidad, dolor y patria, reconstruida por Burucúa en esta «Enciclopedia B-S» (Periférica). No se trata únicamente de un relato histórico vertebrado a partir de las memorias de un inmigrante rumano de origen judío que en Argentina se gana la vida como luchador. Nos encontramos ante un completo atlas de los caminos por los que transitó la emigración de los judíos europeos a América Latina.

- ¿Qué hizo que se detuviera ante esta historia, qué le llamó la atención que hizo que quisiera plasmarla en un libro tan poco común como esta «Enciclopedia B-S»?

- Me encontré, por circunstancias algo fortuitas, en posesión de un archivo familiar formado por un libro de memorias y por una cantidad importante de documentación que había juntado el protagonistas principal de este relato, Raúl. La primera noticia que tuve suya fue hace muchos años, cuando había sido luchador y yo, de adolescente, iba a verle: era el segundo «Hombre Montaña». Averiguar que había escrito esas memorias me sorprendió y cuando las leí me encontré con una pieza que me obligó a no dejar pasar esta gran ocasión de escribir una historia de un hombre común que, además, era un buen retrato del modo en que los huracanes de la historia del siglo XX habían soplado sobre una persona muy sencilla cuyas mayores miras eran alcanzar la felicidad. A pesar de que esos vendavales se encarnizaron con él, pudo navegar desde su Rumanía natal, pasando por la vieja Palestina, Israel, Francia, un destino abortado a Canadá y finalmente llegar a Argentina, donde murió. Una ocasión de oro para un historiador.

- ¿Por qué eligió un formato tan llamativo como este experimento historiográfico, cómo fue la elaboración del libro?

- En principio pensé publicar sus memorias tal cuál, pero después se reveló como algo demasiado complejo porque para poder escribirlas Raúl se compró el «Manual» de María Moliner... imagínate. Si a eso añadimos los errores lógicos de un rumano parlante que aprendió a hablar castellano a los cuarenta años, la dificultad es más que comprensible. Pero el texto logra un increíble impacto y hasta tiene frescura, por lo que decidí citarlo lo más posible en la parte que compete a la vida de Raúl. De hecho, estoy convencido de que sus memorias acabarán en una biblioteca pública argentina.

- Pero, ¿por qué esta forma de enciclopedia?

- Fueron tantos los personajes que aparecieron que me sentí incapaz de armar un relato que conservara esa linealidad que tiene que tener una narración histórica para hacerse inteligible. Decidí realizar un mosaico, de manera que presentaría a los personajes por separado, pero respetando esa linealidad y añadiendo las referencias intertextuales comunes en las enciclopedias y los diccionarios. Después de haber elegido esa forma se me ocurrió escribir ese discurso preeliminar, que en realidad es una parodia del de D'Alembert para la «Enciclopedia» y donde aproveché para realizar críticas amables a algunas tendencias de la historiografía actual. Mis «dardos» van contra cierta tendencia actual de suponer que lo real no ha existido más allá de lo que se ha relatado sobre lo acontecido. Yo creo que sí, que ha habido algo real y nos podemos acercar a ello a través del estudio de las fuentes. Aunque el lector común puede obviarlo y pasar directamente a los personajes.

- ¿Qué tiene de particular la historia de esos personajes, integrantes de la familia B-S?

- Lo que tiene de particular es algo que finalmente es general en los países de inmigración como Argentina, Urugay, Chile, Brasil... Son gentes llegadas desde todos los lugares del mundo, que se encuentran allí, se aman, se aborrecen, se unen, se mezclan y se reproducen.

- Todos los personajes sufren, de algún modo, las embestidas de la diáspora judía. ¿Cómo se percibe eso en el relato?

«El escándalo de la recepción oficial que tuvieron los jerarcas nazis en Argentina es un hecho histórico»- Al comienzo del relato hay una identidad judía muy fuerte porque hay personajes fieles aún a la religión de sus antepasados. Después aparece la generación de los dos personajes principales (Cecilia y Raúl), que intentan llevar una vida donde el judaísmo aparece como algo remoto y se intenta una asimilación con lo circundante, más que a una diferenciación. Esa evolución se percibe perfectamente y, por supuesto, la herida profundísima del antisemitismo eliminacionista en todo el mundo psíquico y social de los personajes.
- Es llamativo cómo en esos países de América latina vivieron casi al mismo tiempo judíos que huían del Holocausto y nazis responsables de esa aberración humana.

- Muchos estudios insisten en una cierta complicidad del Gobierno militar del 43 y del primer Gobierno peronista con el Tercer Reich y el refugio que muchos nazis encuentran en Argentina, entre otras naciones sudamericanas. Eso se combinaba con una recepción de judíos expulsados de Europa, tanto al principio de la guerra como después del 45. Historiadores y periodistas han examinado este escándalo de la recepción, hasta en muchos casos oficial, escondida y velada que tuvieron los jerarcas nazis en Argentina. Se han aportado muchísimos datos que demuestran que no es un mito.

- Pese a que se trata de un relato historiográfico, basado en hechos reales y con fuentes documentadas, esta «Enciclopedia» tiene rasgos estilísticos característicos del realismo mágico, ¿está de acuerdo?

- Estoy de acuerdo en el sentido estilístico, ya que es inevitable. Cuando uno hace un relato en Sudamérica, sobre todo después de los ejemplos de García Márquez y Vargas Llosa, no puede evitarlo porque cuando era adolescente era la literatura que se leía. En este sentido he tomado un guante que en una ocasión arrojó Giovanni Levi en una visita a Argentina. Levi dijo que los historiadores debíamos tener el coraje de asumir las grandes, revulsivas y nuevas formas narrativas de la novela a partir de Joyce, básicamente. Además quise hacer una cosa a la que se pudiera acercar cualquier lector, no solo los colegas historiadores.

- ¿Qué puede aportar la historiografía a la literatura?

- Sobre todo y ante todo personajes. La literatura tiene derecho a inventar, mientras que la historiografía solo puede investigar. Pero, como bien afirma Carlo Ginzburg, yo no soy de los que ponen la verdad entre comillas. Para mí existe una verdad a la que es muy difícil llegar y que probablemente nunca alcancemos, pero ha existido algo que es la experiencia de los hombres del pasado, distinta de la nuestra, y un historiador tiene el deber de bucear y decirnos qué ha sido aquello. Así podremos ver que, o bien venimos de aquello, o bien que ya somos algo completamente diferente a ese mundo. Pero, de una u otra forma, existe siempre la posibilidad de que algo de nuestros antepasados reviva con fuerza en nuestro tiempo.

- Puesto que, al fin y al cabo, este libro está construido a partir del huracán más violento que azotó la historia el siglo pasado, ¿cuáles cree usted que son los peores huracanes que está atravesando ahora mismo la sociedad?

«Es hora de recuperar el camino del otro capitalismo del estado de bienestar»- Hay huracanes que van a barrer con verdaderas lacras. Por ejemplo el huracán de las revueltas en África del norte, que espero suponga la eliminación de las dictaduras. Me parece muy interesante que haya un huracán que arrase con esto, pero mi temor es que implique un refuerzo del fundamentalismo religioso, que no creo que sea un peligro exclusivo del mundo islámico, sino que lo veo también en nuestro propio mundo. No soy un ateo ni un «comecuras», pero aprecio que en Occidente hayamos podido construir una sociedad laica en el sentido de que haya una multiplicidad de creencias conviviendo en un plano de igualdad y, entre todas, podamos construir algo común y diferente que es la sociedad civil, con proyectos comunes que nada tienen que ver con lo que cada cual cree sobre su alma y su propio destino. Esa es una de las grandes contribuciones de occidente a la historia de los hombres y eso está en grave peligro en todas partes, aunque en el mundo musulmán quizá es donde más se nota. Es muy interesante ver si este proceso de los países árabes lleva a un fortalecimiento de la sociedad laica. Lo que sí veo en la actualidad, después de lo que ha significado el desastre de la crisis económica que empezó a finales de 2008 y que aún padecemos, es la responsabilidad que tiene cierta organización del capitalismo actual. Es este capitalismo centrado en el auge de las finanzas, en los súperpoderes del sistema bancario y no en la búsqueda de una solución a la crisis del capitalismo (que no marca el final del capitalismo, como algunos colegas de izquierdas creen). Es hora de recuperar el camino del otro capitalismo, del capitalismo del estado de bienestar, en unos términos completamente distintos. Lo que tendría que sublevarnos es, otra vez, la presión del sistema financiero y de lo bancos que acaban de decir colectivamente en Davos que no van a aceptar ningún tipo de regulación. ¡Basta ya! El camino tiene que ir por una regulación muy fuerte del sistema financiero y una carga impositiva sobre los beneficios de las finanzas. No podemos crear dinero con el dinero. Es un huracán que sigue pasando y que los estados no están afrontando con la energía que deben.

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lunes, 7 de febrero de 2011

ESFORZARSE VALE LA PENA por XAVIER GUIX para EL PAÍS SEMANAL



Resurge con fuerza el discurso sobre el valor del esfuerzo frente a la sobreabundancia, el sobreproteccionismo y el 'laissez-faire'. No obstante, ¿de qué esfuerzo hablamos?

Williams James, el patriarca de la psicología americana, se preguntaba ante el hecho cotidiano de levantarse cada día por la mañana: ¿Cómo lo conseguimos, si tenemos tantas razones para no hacerlo? Se sobrentiende que disponemos de un mecanismo irreductible al que llamamos “fuerza de voluntad” o, al menos, la suficiente automotivación para no ceder a los impulsos de la pereza, la ociosidad o el sinsentido.

Sin embargo, como reflexiona el filósofo francés Gilles Lipovetsky, nada es más común cuando se habla del tercer milenio que evocar el hundimiento de la moral, la crisis de sentido y los valores, frente al nihilismo imperante. El valor del esfuerzo y la cultura del logro han pasado a mejor vida ante los cantos de sirena del hedonismo, la inmediatez y el carpe diem. El esfuerzo no está de moda.

Tampoco ha ayudado un sistema educativo que no aprieta las tuercas hasta llegado el bachillerato, algo tarde para aprender sobre el esfuerzo, o unas generaciones de padres y madres sobreprotectores que no han permitido que sus retoños sufrieran la más mínima frustración. Hemos pasado de un extremo al otro. Quisimos dejar atrás la obediencia al deber, el esfuerzo sacrificado por una amorosa pasividad; un laissez-faire consentido; una mal entendida benevolencia que ha debilitado los límites correspondientes. Tal vez ha llegado la hora del camino de en medio, el camino justo.

Valores en alza

A nadie le faltan fuerzas; lo que a muchísimos les falta es voluntad (Victor Hugo)

La reivindicación del esfuerzo está en boca de todo el mundo, en parte como consecuencia de la crisis. Los tiempos líquidos y vacíos de los que venimos necesitan encontrar refugio e inspiración en la responsabilidad moral de cada uno. Einstein ya proclamó que el esfuerzo por despertar dicha responsabilidad era la mejor contribución para la colectividad. Revalorizar el esfuerzo es cosa de todos.

No obstante, ¿qué modelo de esfuerzo se propone? Esos jóvenes tachados de insípidos, desconectados y sin sangre en las venas ven en la generación de sus padres un reflejo poco motivador: todo el día con la lengua fuera, estresados, con familias desestructuradas, entregados al consumo masivo y a las pastillas para poder dormir, mucha apariencia y límites indefinidos. ¿Es ese el ejemplo a seguir? ¿Lo son esos chicos excepcionales, que han logrado cimas mundiales en sus disciplinas con esfuerzo incuestionable? Si el espejo es la excepcionalidad y la alta competición, alimentamos una cultura dividida entre titanes y mortales frustrados.

‘Ni ni’, ‘Ni no’, Ni ná’

La indiferencia hace sabios, y la insensibilidad, monstruos (Diderot)

Un 15% de la población joven de este país pertenece a los conocidos como ni-ni (ni estudian ni trabajan). Es una cifra suficientemente alarmante para creer que sea un problema de cuatro vagos y bohemios o de algunos padres con flojera autoritaria. Estamos ante un fallo serio en el sistema de motivación. Tanto es así, que en muchas casas el peor de los castigos deja a muchos jóvenes igual de indiferentes. Hay padres que han renunciado a serlo. También existe un sistema, demasiado burocratizado, que estigmatiza muy pronto a los diferentes. El resultado final es lo que más duele: la insensible indiferencia.

Vamos a tener que hacer un esfuerzo todos juntos para recuperar dos valores esenciales: la compasión y la educación. Si seguimos cayendo en la indiferencia y aún más en la insensibilidad, estamos perdidos. Por eso cabe educar, ya desde pequeños, en el manejo de la incertidumbre, en la frustración, en el control de la impulsividad. Hay que recuperar la creatividad, la capacidad de hacer cosas divertidas con recursos sencillos, pero sobre todo juntos. El sentido de pertenencia es básico para nuestra construcción personal y social, por lo que duele observar lo desconectados que a veces vivimos de los demás. Falta más sentido de comunidad.

Cuando la conducta está motivada, hay esfuerzo. No es que falte capacidad para esforzarse, sino encontrar la pasión, como diría Ken Robinson, el elemento que motive nuestra acción. Hay muchos por revalorizar hoy día: el respeto, el civismo, la escucha, la libertad responsable, la transparencia y la autenticidad, la voluntad de servicio. El esfuerzo es solo la energía que estamos dispuestos a invertir y la orientación o meta seleccionada.

Del logro a la competencia

De la igualdad de habilidades surge la igualdad de esperanzas en el logro de nuestros fines (Thomas Hobbes)

Probablemente haya acuerdo en la necesidad de fortalecer la voluntad y la conducta motivada. Sabemos que nos motivan nuestros deseos y necesidades, básicamente poder (control e influencia), logro (orgullo) y filiación (pertenencia al grupo). La psicóloga Beatriz Valderrama ha creado una rueda de motivos, intrínsecos y extrínsecos, en los que también incluye autonomía, cooperación, hedonismo, seguridad, conservación, exploración y contribución.

Ante nuestros propósitos funcionamos de una manera curiosa: valoramos la expectativa sobre el logro, o sea, analizamos recursos y habilidades de las que disponemos y la probabilidad subjetiva de éxito. Manejamos una tríada (deseo o necesidad, valor y expectativa) con diferentes posibilidades. A mayor valor y expectativa de éxito, habrá conducta motivada. Al contrario, se evitará la acción. La clave se encuentra en la fuerza del deseo o de la necesidad y en la percepción de nuestra autoeficacia. Parece que manejamos mejor las metas que tienen un carácter específico, a corto plazo y que provocan un desafío asumible.

Hoy se suele hablar más de competencia que de logro. Los grandes motivadores actuales son aquellas metas orientadas hacia uno mismo (aprendizaje, competencia o mejora personal), así como las metas de resultado o rendimiento. Nos gusta ser competentes porque engloba más el desarrollo pleno de nuestro potencial, nuestro bienestar (emociones positivas, optimismo, autoestima). Por el contrario, las personas con sensación de competencia más baja, como ocurre con muchos de nuestros jovenzuelos, digieren peor los fracasos, caen fácilmente en el agobio y la desesperanza.

Lipovetsky, con el que empezamos, arroja un hilo de confianza: no estamos en el grado cero de los valores. Compartimos propósitos comunes y se mantiene el sentido de la indignación moral, el progreso del voluntariado y de las asociaciones, la lucha contra la corrupción, la adhesión de las masas a favor de la tolerancia, la reflexión bioética, los movimientos filantrópicos, las fuertes protestas que denuncian la violencia sufrida por los niños y los inmigrantes. Añadamos a esos propósitos compartidos la revalorización del esfuerzo, entendido como la voluntad de sostener una responsabilidad moral que favorezca nuestra existencia, la de los demás y la del medio en el que vivimos.
ENCONTRAR INSPIRACIÓN

1. Libros

– ‘Los tiempos hipermodernos’, de Gilles Lipovetsky. Anagrama. 2006.

– ‘Motivación inteligente’, de Beatriz Valderrama. Prentice Hill de Pearson. 2010.

– ‘Motivación y emoción’, de Francisco Palmero y Francisco Martínez Sánchez (coordinadores). McGraw-Hill. 2009.

2. Películas

– ‘Carros de fuego’, de Hugh Hudson. 1981.

– ‘Descubriendo a Forrester’, de Gus van Sant. 2000.

– ‘Forrest Gump’, de Robert Zemeckis. 1994.

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miércoles, 2 de febrero de 2011

BENEDICTO XVI: "VERDAD Y AUTENTICIDAD DE VIDA EN LA ERA DIGITAL


MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVIPARA LA XLV JORNADA MUNDIAL
DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES

Verdad, anuncio y autenticidad de vida en la era digital

5 de junio 2011



Queridos hermanos y hermanas

Con ocasión de la XLV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, deseo compartir algunas reflexiones, motivadas por un fenómeno característico de nuestro tiempo: la propagación de la comunicación a través de internet. Se extiende cada vez más la opinión de que, así como la revolución industrial produjo un cambio profundo en la sociedad, por las novedades introducidas en el ciclo productivo y en la vida de los trabajadores, la amplia transformación en el campo de las comunicaciones dirige las grandes mutaciones culturales y sociales de hoy. Las nuevas tecnologías no modifican sólo el modo de comunicar, sino la comunicación en sí misma, por lo que se puede afirmar que nos encontramos ante una vasta transformación cultural. Junto a ese modo de difundir información y conocimientos, nace un nuevo modo de aprender y de pensar, así como nuevas oportunidades para establecer relaciones y construir lazos de comunión.

Se presentan a nuestro alcance objetivos hasta ahora impensables, que asombran por las posibilidades de los nuevos medios, y que a la vez exigen con creciente urgencia una seria reflexión sobre el sentido de la comunicación en la era digital. Esto se ve más claramente aún cuando nos confrontamos con las extraordinarias potencialidades de internet y la complejidad de sus aplicaciones. Como todo fruto del ingenio humano, las nuevas tecnologías de comunicación deben ponerse al servicio del bien integral de la persona y de la humanidad entera. Si se usan con sabiduría, pueden contribuir a satisfacer el deseo de sentido, de verdad y de unidad que sigue siendo la aspiración más profunda del ser humano.

Transmitir información en el mundo digital significa cada vez más introducirla en una red social, en la que el conocimiento se comparte en el ámbito de intercambios personales. Se relativiza la distinción entre el productor y el consumidor de información, y la comunicación ya no se reduce a un intercambio de datos, sino que se desea compartir. Esta dinámica ha contribuido a una renovada valoración del acto de comunicar, considerado sobre todo como diálogo, intercambio, solidaridad y creación de relaciones positivas. Por otro lado, todo ello tropieza con algunos límites típicos de la comunicación digital: una interacción parcial, la tendencia a comunicar sólo algunas partes del propio mundo interior, el riesgo de construir una cierta imagen de sí mismos que suele llevar a la autocomplacencia.

De modo especial, los jóvenes están viviendo este cambio en la comunicación con todas las aspiraciones, las contradicciones y la creatividad propias de quienes se abren con entusiasmo y curiosidad a las nuevas experiencias de la vida. Cuanto más se participa en el espacio público digital, creado por las llamadas redes sociales, se establecen nuevas formas de relación interpersonal que inciden en la imagen que se tiene de uno mismo. Es inevitable que ello haga plantearse no sólo la pregunta sobre la calidad del propio actuar, sino también sobre la autenticidad del propio ser. La presencia en estos espacios virtuales puede ser expresión de una búsqueda sincera de un encuentro personal con el otro, si se evitan ciertos riesgos, como buscar refugio en una especie de mundo paralelo, o una excesiva exposición al mundo virtual. El anhelo de compartir, de establecer “amistades”, implica el desafío de ser auténticos, fieles a sí mismos, sin ceder a la ilusión de construir artificialmente el propio “perfil” público.

Las nuevas tecnologías permiten a las personas encontrarse más allá de las fronteras del espacio y de las propias culturas, inaugurando así un mundo nuevo de amistades potenciales. Ésta es una gran oportunidad, pero supone también prestar una mayor atención y una toma de conciencia sobre los posibles riesgos. ¿Quién es mi “prójimo” en este nuevo mundo? ¿Existe el peligro de estar menos presentes con quien encontramos en nuestra vida cotidiana ordinaria? ¿Tenemos el peligro de caer en la dispersión, dado que nuestra atención está fragmentada y absorta en un mundo “diferente” al que vivimos? ¿Dedicamos tiempo a reflexionar críticamente sobre nuestras decisiones y a alimentar relaciones humanas que sean realmente profundas y duraderas? Es importante recordar siempre que el contacto virtual no puede y no debe sustituir el contacto humano directo, en todos los aspectos de nuestra vida.

También en la era digital, cada uno siente la necesidad de ser una persona auténtica y reflexiva. Además, las redes sociales muestran que uno está siempre implicado en aquello que comunica. Cuando se intercambian informaciones, las personas se comparten a sí mismas, su visión del mundo, sus esperanzas, sus ideales. Por eso, puede decirse que existe un estilo cristiano de presencia también en el mundo digital, caracterizado por una comunicación franca y abierta, responsable y respetuosa del otro. Comunicar el Evangelio a través de los nuevos medios significa no sólo poner contenidos abiertamente religiosos en las plataformas de los diversos medios, sino también dar testimonio coherente en el propio perfil digital y en el modo de comunicar preferencias, opciones y juicios que sean profundamente concordes con el Evangelio, incluso cuando no se hable explícitamente de él. Asimismo, tampoco se puede anunciar un mensaje en el mundo digital sin el testimonio coherente de quien lo anuncia. En los nuevos contextos y con las nuevas formas de expresión, el cristiano está llamado de nuevo a responder a quien le pida razón de su esperanza (cf. 1 P 3,15).

El compromiso de ser testigos del Evangelio en la era digital exige a todos el estar muy atentos con respecto a los aspectos de ese mensaje que puedan contrastar con algunas lógicas típicas de la red. Hemos de tomar conciencia sobre todo de que el valor de la verdad que deseamos compartir no se basa en la “popularidad” o la cantidad de atención que provoca. Debemos darla a conocer en su integridad, más que intentar hacerla aceptable, quizá desvirtuándola. Debe transformarse en alimento cotidiano y no en atracción de un momento.

La verdad del Evangelio no puede ser objeto de consumo ni de disfrute superficial, sino un don que pide una respuesta libre. Esa verdad, incluso cuando se proclama en el espacio virtual de la red, está llamada siempre a encarnarse en el mundo real y en relación con los rostros concretos de los hermanos y hermanas con quienes compartimos la vida cotidiana. Por eso, siguen siendo fundamentales las relaciones humanas directas en la transmisión de la fe.

Con todo, deseo invitar a los cristianos a unirse con confianza y creatividad responsable a la red de relaciones que la era digital ha hecho posible, no simplemente para satisfacer el deseo de estar presentes, sino porque esta red es parte integrante de la vida humana. La red está contribuyendo al desarrollo de nuevas y más complejas formas de conciencia intelectual y espiritual, de comprensión común. También en este campo estamos llamados a anunciar nuestra fe en Cristo, que es Dios, el Salvador del hombre y de la historia, Aquél en quien todas las cosas alcanzan su plenitud (cf. Ef 1, 10). La proclamación del Evangelio supone una forma de comunicación respetuosa y discreta, que incita el corazón y mueve la conciencia; una forma que evoca el estilo de Jesús resucitado cuando se hizo compañero de camino de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35), a quienes mediante su cercanía condujo gradualmente a la comprensión del misterio, dialogando con ellos, tratando con delicadeza que manifestaran lo que tenían en el corazón.

La Verdad, que es Cristo, es en definitiva la respuesta plena y auténtica a ese deseo humano de relación, de comunión y de sentido, que se manifiesta también en la participación masiva en las diversas redes sociales. Los creyentes, dando testimonio de sus más profundas convicciones, ofrecen una valiosa aportación, para que la red no sea un instrumento que reduce las personas a categorías, que intenta manipularlas emotivamente o que permite a los poderosos monopolizar las opiniones de los demás. Por el contrario, los creyentes animan a todos a mantener vivas las cuestiones eternas sobre el hombre, que atestiguan su deseo de trascendencia y la nostalgia por formas de vida auténticas, dignas de ser vividas. Esta tensión espiritual típicamente humana es precisamente la que fundamenta nuestra sed de verdad y de comunión, que nos empuja a comunicarnos con integridad y honradez.

Invito sobre todo a los jóvenes a hacer buen uso de su presencia en el espacio digital. Les reitero nuestra cita en la próxima Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid, cuya preparación debe mucho a las ventajas de las nuevas tecnologías. Para quienes trabajan en la comunicación, pido a Dios, por intercesión de su Patrón, san Francisco de Sales, la capacidad de ejercer su labor conscientemente y con escrupulosa profesionalidad, a la vez que imparto a todos la Bendición Apostólica.

Vaticano, 24 de enero 2011, fiesta de san Francisco de Sales.



BENEDICTUS PP. XVI



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