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viernes, 15 de agosto de 2014






Ensayo

Gobierno del pueblo, poder de los señores

ADN Cultura
El helenista Luciano Canfora revisa, con impresionante pero amable erudición, la noción de democracia tal como fue acuñada en la Atenas antigua y cuestiona su idealización
Por | Para LA NACION

Estos interrogantes son sólo parte del asunto, cuya evolución histórica absorbe la mayor parte del libro. Su autor, profesor en Bari, es conocido en su país por sus columnas de opinión y por las espinosas polémicas sobre temas coyunturales en las que se vio envuelto a lo largo de los años. Pertenece a esa clase de especialistas cuya mirada retrospectiva, exquisitamente cultivada, se orienta haciaproblemas que impactan en el corazón de nuestro presente.
La imagen idealizada de la democracia griega combina leyendas antiguas -en especial romanas- e interpretaciones románticas. El mundo de Atenas explica que en esa pólis la democracia surgió junto con el poder imperial. Los réditos de su hegemonía se compartían entre las élites y el pueblo llano, encantado de recibir parte de la tajada. Canfora saca a la luz recónditos fragmentos del legado clásico y discute enfoques modernos tan disímiles entre sí como los derivados de Alexis de Tocqueville o Max Weber. Su solvencia filológica e historiográfica se traduce en una prosa que inyecta la pasión propia del panfleto combativo al servicio del tratado académico. ¿De cuántos escritores universitarios se puede esperar una conjunción semejante?
Ninguna de las miserias de las democracias de nuestros días, recurrentes en los titulares de la prensa internacional, parece estar ausente en la descripción del orden político realmente existente en la llamada cuna de la libertad y del pensamiento occidentales. Dos milenios y medio atrás se difundían en Atenas la demagogia, la corrupción, una especie de "populismo", el clientelismo, la justicia influenciable y la charlatanería pública, mientras que el poder real estaba en manos de unos pocos. La cualidad peculiar de este sistema de gobierno fue que una aristocracia se mostró dispuesta a aceptar el riesgo que representaba compartir el poder -los desafíos de la gravitación política del pueblo- para asentar mejor su dominio.
Los derechos ciudadanos, por otra parte, derivaban de la guerra. Poseía el título de ciudadano quien podía -y debía- pelear por la ciudad. Además, como recuerda Canfora, las campañas militares, eran particularmente brutales. La violencia política y las guerras -civiles o externas- caracterizaron la época de la que trata su libro. El espionaje interno e internacional (como diríamos hoy) proliferaba en Atenas; algunos de sus políticos incluso recibían financiamiento de potencias extranjeras. En el plano interno, el pueblo celebraba a quienes lo agasajaban o subsidiaban su entretenimiento con fondos privados o públicos. La política se sometía al dinero, la vana elocuencia se convirtió en un vector fundamental para la manipulación de la plebe y la promoción de los dirigentes.
"Hay quien la llama democracia y quien de otra manera, como a cada uno le place, pero en realidad es una aristocracia con el apoyo de la mayoría", sostiene una fuente reproducida por Canfora. De una población de trescientos cincuenta mil, apenas veinte mil constituían, como ciudadanos plenos, esa "mayoría". El resto, esclavizado, carecía de derechos. Uno de los padres del liberalismo moderno, Benjamin Constant, entendió con claridad la conexión entre esa configuración social y la civilidad de la pólis:" Sin los esclavos, veinte mil atenienses no hubieran podido deliberar todos los días en la plaza pública". Alguien tenía que trabajar.
Por cierto, la democracia griega presenta otras características que la vuelven única. Entre ellas, la relevancia del teatro como centro de la celebración popular. En sus comedias, Aristófanes dejaba filtrar ácidas críticas al estado de cosas producto de la dominación de los poderosos. El teatro -comunicación de masas por excelencia del momento- revelaba la esencia menos reluciente de la democracia y escenificaba el omnipresente conflicto. La política, en efecto, no apuntaba al retórico consenso, sino que se resolvía en la lucha concreta; en ella no se descartaba siquiera la eliminación física del adversario.
La gran pregunta que este libro deja flotando en el aire es si la mitológica forma de gobierno ateniense ofrece un espejo donde deben mirarse las democracias contemporáneas. El autor, sin embargo, no emite opinión al respecto, no pontifica y se cuida de los anacronismos. Con su estilo transparente y un amable despliegue de saberes, se limita a ofrecer una vibrante revisión crítica de la vida pública ateniense. Es cierto que el lector poco familiarizado con la historia y los personajes de la época corre el riesgo de perderse en la tupida red de nombres propios, eventos remotos, doctrinas complejas y caleidoscópicos bandos en disputa. Pero no asume un reto menos complejo quien abra el diario de hoy buscando comprender el planeta en el que vive. Cabe esperar, sin embargo, que El mundo de Atenas recompense con mucha mayor generosidad y encanto todo ese esfuerzo.

El mundo de Atenas

Luciano Canfora
Anagrama
Trad.: Edgardo Dobry
540 páginas
$ 375.

De los antiguos griegos nos llegaron hermosas imágenes a través de la tradición, entre ellas la bien difundida noción de que contaban con una democracia formidable: directa, igualitaria, deliberativa, participativa. El helenista italiano Luciano Canfora pone en juego una impresionante erudición para discutir esta visión en El mundo de Atenas. ¿Acaso los atenienses no condenaron a muerte a su incipal crítico, Sócrates? ¿No legaron abundantes pruebas teóricas de su malestar con la democracia?


 

 

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estadisticas

jueves, 14 de agosto de 2014

lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan
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Miércoles 13 de agosto de 2014 | Publicado en edición impresa

Abuelos y nietos: un lazo tan profundo como perdurable (FRAGMENTO)

Sociedad
Por | Para LA NACION

"Levar a las nuevas generaciones un cierto sentimiento de continuidad y pertenencia define, en gran medida, la tarea de los adultos mayores -opina Mauer-. Esta transmisión encuentra en el vínculo abuelo-nieto un espacio privilegiado que la aloja y la enriquece. En ese vínculo habitan relatos, tradiciones, celebraciones, anécdotas y, sobre todo, la memoria."

lunes, 7 de julio de 2014

TODO EL SIGLO XX EN UN AÑO:1914 por ANTONIO LÓPEZ VEGA

                                         MUJERES TRABAJANDO EN UNA FABRICA DE ARMAS
DURANTE LA GRAN GUERRA
 
 
 
1914 no fue sólo el año en que empezó la I Guerra Mundial. También fue un año crucial. En aquellos 365 días se condensó buena parte de lo que iba a ser todo el siglo XX. Lo analiza en este artículo el autor de «1914, el año que cambió la Historia»
 
 
 
A comienzos de 1914 el Times londinense, renunciando al secular pesimismo británico, saludaba el año con un orgullo marcado por los logros de la educación británica, su ciencia, su pasado reciente, su presente y su futuro como Imperio. El periódico se permitía «al menos una vez al año, tomar conciencia de que nos hemos mantenido, nos mantenemos y nos mantendremos en plena pujanza». Y concluía afrontando el futuro con la esperanza en perpetuar, un año más, su permanencia en la senda de los logros.
¿Y qué decir de la Europa continental? Stefan Zweig se refería de manera categórica en sus memorias a la sensación que cundía en el inicio de aquel año: «Nunca fue Europa más fuerte, rica y hermosa. […] En 1900-10 hubo más libertad, despreocupación y desenfado que en los cien años anteriores». A ojos del celebérrimo escritor austriaco, por todos lados cundían la euforia, la confianza y el optimismo ciego en las posibilidades de Europa.

¿Qué ven mis ojos?

Cuando acabó ese año, muchos contemporáneos no podían dar crédito a lo que veían sus ojos. Un precipicio de horror y destrucción se cernía sobre Europa y, de una u otra manera, amenazaba y transformaba al resto del mundo. Comenzaba a ser evidente que la guerra iniciada el verano no iba a ser corta y rápida, tal y como inicialmente había previsto la mayoría de las cancillerías europeas. Se afrontaba una nueva situación de catastróficas consecuencias, que iba a funcionar como catalizador definitivo de las diferentes fuerzas –sociales, económicas, políticas– que venían operando de tiempo atrás y que, a partir de la experiencia de 1914, alterarían la fisonomía del mundo.

Al estallar la Gran Guerra, el débil equilibrio de antaño saltó por los aires. Por ello, el conflicto ha sido considerado como la gran divisoria histórica entre el largo siglo XIX y el corto siglo XX, la circunstancia que «obligó –como ha señalado Philipp Blom– a las viejas estructuras a desmoronarse con más rapidez». Junto a los avances científicos y a la técnica que habían facilitado enormemente la vida de los ciudadanos –al menos en Occidente–, se abrieron paso múltiples factores definitorios del siglo XX.
Física, genética y psicoanálisis habían cambiado la percepción biológica y psicológica del ser humano y, con ellas, la concepción moral del individuo. Si Sigmund Freud encabezó una revolución sin parangón en la psicología y el conocimiento del ser humano –convirtió la sexualidad en eje central de su contextura–, Max Planck expuso la teoría cuántica sobre la energía irradiada por los cuerpos en 1900. Tras él, Albert Einstein enunció sus tesis sobre la electrodinámica de los cuerpos y sobre la relatividad –entre 1905 y 1916–, y Rutherford y Bohr descubrieron, en 1911 y 1912, la estructura del átomo. Un poco más tarde, en 1926, Heisenberg formularía el principio de incertidumbre, que incidía en cuestiones esenciales de la física cuántica.
Se había abierto paso una nueva imagen del universo, donde los conceptos de espacio y tiempo dejaron de ser absolutos, y la materia quedaba indefectiblemente asociada a la energía, que ni se crea ni se destruye. Se ponía fin así a la manera de comprender y estudiar la realidad física que había predominado desde el Renacimiento.

La clave de la herencia

También en los albores del siglo, los botánicos De Vries, Correns y Tschermark demostraron que los genes eran la clave de la herencia; el primero de ellos, en 1914, desarrolló asimismo la teoría de las mutaciones y desviaciones genéticas, planteando su influencia en el proceso de la evolución. Faltaba comprender el mecanismo de la mutación y la recombinación de los genes, así como la estructura del material genético, algo que llegaría en 1953, cuando Watson y Crick descubrieron la doble hélice del ADN.
El hastío ante la realidad, y la duda permanente acerca de lo que el ser humano era capaz de percibir, abrieron múltiples posibilidades en el terreno del pensamiento. Filosóficamente, la vida se había convertido en una realidad última; los filósofos raciovitalistas trataron de comprenderla por sí misma, como algo carente de un sentido final aprehensible. Tras la Gran Guerra, Martin Heidegger, en Ser y tiempo (1927), hizo de la temporalidad el eje de la existencia; la nada formaba parte de la misma y el ser humano era alguien arrojado a la vida ante el cual se abrían múltiples posibilidades y cuya única certidumbre era la propia muerte. Frente a esa realidad inexorable, y de manera complementaria a las percepciones raciovitalistas, cabía también la opción existencialista en su triple vertiente –atea, agnóstica o creyente–. Incertidumbre y realidad, existencialismo y raciovitalismo eran las alternativas que se ofrecían al ser humano en las primeras décadas del siglo XX.
El ataque de la sufragista Mary Richardson a la Venus del espejo de Velázquez en marzo de 1914 simbolizó el aumento de la reivindicación feminista. Con la guerra, las mujeres accedieron a muchos ámbitos que les habían sido vedados en razón de su sexo, irrumpiendo en todos los órdenes de la vida: universitaria, científica, cultural, laboral y, también, claro, del entretenimiento y los deportes. A la maravillosa Coco Chanel hay que sumar así a la ocho veces campeona de Wimbledon Helen Wills Moody, aventureras como Amelia Earhart, o escritoras como las memorables Virginia Woolf, Gertrude Stein, Colette o Victoria Ocampo.
La liberación de las costumbres y la sexualidad se abrieron paso poco a poco en las ciudades occidentales, y algunos literatos –como David H. Lawrence en El amante de Lady Chatterley (1928) o Henry Miller y su Trópico de cáncer (1934)– hicieron de ello el objeto de su narrativa. Si el siglo XX se abría con la irrupción de Marie Curie como figura clave del mundo científico –una de las primeras mujeres de la Historia en doctorarse y obtener el Nobel–, a lo largo de la centuria la mujer iría rompiendo las barreras que habían condicionado su situación íntima y personal, pero también social, económica y política; en definitiva, tomaba las riendas de su libertad.

La prensa, una pieza clave

El intelectual fue el nuevo taumaturgo de la esfera pública de comienzos de siglo. Como refleja el famoso discurso de Ortega y Gasset «Vieja y nueva política», pronunciado en marzo de 1914, los hombres de pensamiento habían adquirido ya un ascendiente tal sobre sus sociedades, que experimentaron una verdadera época dorada. Ese nuevo papel del intelectual –caracterizado por su compromiso y capacidad de denuncia– se ejerció, fundamentalmente, a través de la prensa.
Llegado ese momento, los intelectuales hablaban y escribían de todo y sobre todo. Influían en la acción de los gobiernos, condicionaban los gustos y preferencias políticas de sus sociedades, se autoconstituían en conciencia de la sociedad, en el faro que había de guiar a la multitud inerte –en expresión de la época–. Y como tales continuaron actuando en las décadas siguientes. Salieron de su apatía política, accedieron a la «plazuela pública» –por decirlo con Ortega y Gasset– y se fueron radicalizando –con el propio panorama político–.
Después de 1945, el intelectual humanista seguiría siendo un protagonista esencial, pero conforme avanzaba la especialización en las diferentes disciplinas, vio cerce-nada su competencia y su capacidad de influencia. Algunos hablarían de la muerte del intelectual; otros pensamos que, en realidad, fue producto de una época, y que después ha sobrevenido un tipo de intelectual que tiende a opinar, exclusivamente, dentro de su ámbito de conocimiento, aunque no por ello haya abdicado del compromiso ético.
En 1914, recién llegado a la presidencia Woodrow Wilson, se asistió al despertar de la gran potencia norteamericana. A través de sus diferentes intervenciones y posicionamientos –toma de Veracruz, apertura del Canal de Panamá–, Estados Unidos inició ese año un largo proceso de adaptación al papel de superpotencia. Tras su participación en la Gran Guerra, Estados Unidos ya no abandonó la primera línea de la política internacional y, de una manera u otra, la condicionaría indefectiblemente.
Si en 1913 Igor Stravinsky había estrenado en París La consagración de la primavera, un año más tarde llegó El ruiseñor. Aquello supuso un punto de inflexión en la Historia de la música, donde la experimentación de raíz matemática se abriría paso inmediatamente de la mano de Arnold Schönberg y Alban Berg, entre otros.

Maneras de reflexionar sobre la verdad

1914 simbolizó así un cambio de raíz en la música y el arte; en la literatura y el lenguaje; en definitiva, en las maneras de reflexionar sobre verdad, moral y belleza. Desde el simbolismo, que se había abierto paso a comienzos de siglo, y que encontramos en la poesía de Mallarmé, Yeats o Rilke, así como en la música de Debussy –que buscaba la esencia de las cosas–, se fue abriendo paso la desestructuración de la realidad. Ludwig Wittgenstein, en su Tractatus Logico-Philosophicus (1921), quiso estudiar de una manera científica la capacidad del lenguaje como instrumento de comunicación.
Los descubrimientos de la física cuántica no dejaron de tener su reflejo plástico en las nuevas corrientes artísticas desde que Pablo Picasso nos legara Las señoritas de Aviñón (1907). Pasada la guerra, quizá la máxima expresión de ello se encuentre, ya en los años veinte, tanto en el dadaísmo, que se convirtió en una forma de rechazo del mundo a través del absurdo, como en el surrealismo, que exploró las posibilidades liberadoras del subconsciente. Estas manifestaciones también tuvieron su reflejo en algunas de las nuevas concepciones cinematográficas, como en la filmografía de Luis Buñuel, influida por su amigo Salvador Dalí. Lo irracional se elevaba así a la categoría de paradigma rupturista de los valores de la sociedad occidental.
El pistoletazo de Gavrilo Princip aquella mañana de junio de 1914 en Sarajevo mostró que los nacionalismos eran ya una realidad inexorable con la que tendrían que vivir las sociedades del siglo XX, en todas sus variables –legalista, étnico, cultural, religioso...–. Ese magnicidio vino a subrayar la prominencia del nacionalismo etnicista sobre todos los demás. En su origen se encontraban los principios eugenésicos, que gozaron de extraordinario prestigio entre las élites científicas, intelectuales y políticas desde finales del siglo XIX.
Se impuso una visión de un mundo dividido en razas superiores e inferiores, que llevó a discutir sobre la necesidad de defender a los fuertes –lo que implícitamente conllevaba no preservar o matar a los débiles–. Así, se debatió intensamente sobre los criterios que definían a los individuos aptos, y el modo de preservar la raza. De la esterilización de los menos capacitados se pasó, en un breve lapso de tiempo, a la planificación de la Solución Final.
Las multitudes irrumpieron en la vida política, tal y como supo ver Ortega y Gasset en La rebelión de las masas (1929). Para el filósofo español, los cambios sociales y la mejora del nivel de vida llevaron a la aparición de un nuevo hombre-masa, sin referentes morales, que se adueñó de la vida social. Ciencia, técnica, inseguridad, transformación aceleradísima: la sensación de ruptura con todo lo anterior introducía al hombre contemporáneo en una realidad inaprehensible, que producía angustia y desazón.

El auge de los totalitarismos

La contienda ayudó a quebrar el sistema parlamentario liberal, tal y como se había entendido durante todo el siglo XIX, como consecuencia las revoluciones americana y francesa. Tras las iniciales reformas democratizadoras implantadas por los sistemas políticos en la inmediata posguerra, se asistió, de la mano de los nacionalismos, al auge de las dictaduras nacionalistas, autoritarias y totalitarias, fascista y nazi; como totalitaria fue también la opción revolucionaria bolchevique.
Arrancó entonces una escalada de violencia cuyo punto final fue la atroz brutalidad del III Reich. Parecía imposible que el ser humano fuera capaz de superar los niveles de destrucción de los años 1914 a 1918. Pero no. La Primera Guerra Mundial –la primera guerra total– se convertiría en un ensayo de la confrontación de 1939, la más amplia y destructiva de la Historia.
El mundo amplió sus horizontes más allá del Viejo Continente. Con la victoria japonesa sobre China y Rusia en 1895 y 1905, Europa se había topado con la evidencia de que no se encontraba sola en la faz de la tierra, y que su criterio y opinión no eran los únicos que importaban. La entrada de Estados Unidos en la Gran Guerra y su creciente influencia en la esfera occidental fue el primer síntoma de los nuevos actores que comenzaraban a demandar una voz en los asuntos mundiales.
Con todo, en el mundo extraeuropeo los escenarios y realidades serían muy distintas y distantes entre sí. Tras su independencia, para América Latina el siglo XIX había sido el de la debilidad en sus procesos de construcción nacional. Poco a poco, las nuevas repúblicas se fueron estabilizando y, superado el caudillismo de los primeros tiempos, se lanzaron a explotar las enormes posibilidades que les ofrecía la geografía.
Al filo de 1914, las oportunidades económicas proporcionadas por la guerra, junto a la consolidación de los sistemas políticos, hicieron que la región se introdujera, más pronto que tarde, en la senda de la prosperidad occidental. Sin embargo, las revoluciones –como la mexicana– o los giros autoritarios de diferente cuño –que devinieron en dictaduras en buena parte del escenario centro y sudamericano a partir de 1929– frustraron esa posibilidad.

Cuajan las nuevas realidades africanas

En Asia y África, nacionalismo y reacción anticolonial fueron de la mano. Así, en diferente intensidad y con variables temporales y de modalidad política diversas, fueron cuajando allí las diferentes realidades nacionales. El final de la Primera Guerra Mundial supuso también el inicio del proceso descolonizador, que culminaría en la segunda mitad de la centuria. Se había llegado al fin de la era europea.
1914 fue, en definitiva, un año axial. En aquellos 365 días se condensó buena parte de lo que iba a ser todo el siglo XX. Mucho se ha insistido en los horrores de este siglo, pero menos en sus glorias. La investigación y la ciencia dotaron al ser humano, en todos los órdenes, de posibilidades con las que tan sólo se habían atrevido a soñar algunos intrépidos novelistas como Julio Verne o H. G. Wells.
La justicia social y las reivindicaciones de unas condiciones de vida dignas para todo ser humano, o la solidaridad frente al horror en todas sus variables –genocidios, exilios, persecuciones, catástrofes naturales–, se convirtieron en valores universales. Es verdad que las nuevas capacidades que la técnica y la ciencia ofrecían al ser humano potenciaron la posibilidad de destrucción al extremo de poner en peligro su propia existencia. Pero también es cierto que los avances en todos los órdenes lograron cotas de bienestar como nunca antes había sucedido y su aspiración alcanzó a la humanidad entera.
Con toda probabilidad, si alguien hubiera podido vislumbrar en el inicio de 1915 lo que estaba por venir en la centuria, no habría sido capaz de asimilarlo cabalmente, por mucho que aquel año vertiginoso que llegaba a su fin encerrase buena parte de sus claves. 1914 pasaría a la Historia como el año en que comenzó un conflicto bélico de dimensiones hasta entonces desconocidas, que quedaría grabado a sangre y fuego en la conciencia del mundo. Con todo, 1914 fue mucho más que una guerra, fue el año que cambió la Historia
 
ABC CULTURAL Sábado 5 de julio de 2014

sábado, 26 de noviembre de 2011

MEJOR EL CAMINO QUE LA POSADA POR CARLOS GARCÍA GUAL BABELIA EL PAIS DE MADRID 26/11/2011


BIBLIOTECA DE LA FACULTAD DE HUMANIDADES UNIVERSIDAD DE VALENCIA


Leí este libro de Llovet hace unos meses, en su versión catalana, de un tirón, y me alegra ver que ahora aparece en castellano, ya con éxito merecido y muchos lectores. Escrito como confesión personal, con inteligencia y apasionamiento, como conviene al tema y a su autor, Adiós a la Universidad no es la queja de un "intelectual melancólico", o, si lo fuera, es también, desde luego, mucho más. Es un juicio experto, actualizado, meditado y crítico, sobre la deriva de esa vieja institución europea, nacida en la Edad Media y reconstruida en la época de la Ilustración sobre las pautas de un ideal laico, humanista y científico. Como indica su título, el libro justifica una despedida personal, algo prematura, de las aulas universitarias (de la Universidad de Barcelona), pero es, a la vez, una consideración, que no creo intempestiva, sobre la degradación universitaria -con un enfoque que afecta, sobre todo, a las llamadas Humanidades, o, más vulgarmente, estudios de Letras-.

Aunque Llovet se refiere a la decadencia de esos estudios en la Universidad española (y se basa en su experiencia de muchos años en la Central de Barcelona) hay que señalar que, como es sabido, las Humanidades tienen graves crisis en todas partes. Hace ya unos veinte años publiqué en la revista Claves de la Razón Práctica dos o tres ensayos sobre esos temas: El debate de las humanidades, La degradación de la educación universitaria y El eclipse de la literatura. Me hacía eco de algunos libros que analizaban la crisis en Estados Unidos. El más conocido entonces era el de Allan Bloom, The Closing of American Mind (que aquí se tradujo como El cierre de la mente moderna, 1989). Ahora ha insistido en ello, desde otro enfoque, más atento a lo económico, como es signo de los tiempos, Martha Nussbaum en Sin fines de lucro (Katz, 2010). El argumento para reducir la educación humanística es uno definitivo: la escasa o nula rentabilidad de esa educación. ¿A quién le importa que la gente esté más o menos educada, mientras consuma a buen ritmo y tenga TVE e Internet para saber al punto todo? "El que quiera ser culto que lo pague de su bolsillo", como dijo un político.

Dentro de este marco tan adverso a la generosa tradición intelectual que inspiró los viejos ideales universitarios (antes de que se pensara que las Universidades tenían que ser, ante todo, rentables) debemos situar, creo, la reflexión tan personal de Llovet, que nos cuenta con un admirable estilo narrativo y estupendas anécdotas su experiencia y su trayectoria de cuarenta años en un relato de muchas sugerencias y clara amenidad. En ella abundan las ilusiones perdidas y las apuestas intelectuales sin buen final, como esa licenciatura de Literatura Comparada, o las rebajas notorias en los planes de estudio de las actuales Facultades de Letras (desgajadas de la antigua de Filosofía y Letras). Y, en conjunto, se queja de que nuestros estudiantes tienen un horizonte más limitado y más pragmático que antes. (Y leen mucho menos, desde luego). "La Universidad ha quedado reducida a un centro expendedor de títulos y, en el mejor de los casos, de abilities". Los capítulos centrales del libro: 'Estudiantes, profesores y la transmisión del saber' e 'Investigar y publicar' tienen una espléndida lucidez. No menos acertadas me parecen sus observaciones sobre el desastroso Plan Bolonia, que rebaja aún más los niveles de la enseñanza, de modo que, en su mezquino horizonte, nuestras Facultades se banalizan pronto y, con torpe especialismo, "se convierten en algo de tan escasa altura intelectual como una escuela de idiomas o de manualidades". (Y recoger en apéndice el texto de J. L. Pardo: 'La descomposición de la Universidad' está muy bien).

En los capítulos finales: 'Universidad y sociedad', 'Figuras del intelectual', 'Humanidades y nuevas tecnologías' y 'Elogio de la palabra', la reflexión sobre la tradición y el presente cultural demuestra la extensa cultura filosófica y la agudeza crítica de Llovet, que evoca la Ilustración, la lectura, de Platón y Heidegger y muchos otros "maestros del pensar", y critica la degradación del lenguaje y los riesgos de las nuevas tecnologías, esa "sobrevaloración de la técnica" que acaba por embotar toda reflexión auténtica y personal. Ya H. Marcuse, allá por 1968, auguraba la trampa de esa "cultura unidimensional" que los medios imponen cada día más. Los efectos están ahí, según Llovet: "Sin una ciudadanía emancipada desde el punto de vista intelectual, toda democracia tiende a la plutocracia, a la burocracia o a las distintas y más sutiles formas de totalitarismos, como ya es el caso de las actuales mercadocracias".

Tal vez porque mi experiencia universitaria coincide con la suya, comparto todas sus críticas, y admiro la precisión y amenidad con que las expresa. Les agregaría otra en la que él aquí no insiste: la endogamia obtusa de nuestras Universidades, tan satisfechas de sí mismas, blindadas burocráticamente a todo profesor "intruso". (Ver el excelente libro de V. Pérez Díaz: Universidad, ciudadanos y nómadas, Oviedo, 2010). Creo que lo que da prestigio a una Universidad -en contra de tantos burócratas de turno- es ante todo la excelencia vivaz de sus profesores. Lo que uno recuerda de su vida universitaria son los buenos maestros -esos profesores de inolvidables clases magistrales con ideas propias, y poco fardo erudito-, lo que parecen olvidar los pedagogos que dictaminan planes y métodos fatuos. El adiós de Jordi Llovet a la Universidad, decepcionado de su rumbo actual, como otros colegas en estos mismos años, puede dejarnos un cierto sabor amargo. Pero, de todos modos, como importa más el camino que la posada, que diría Cervantes, me alegra este divertido, inteligente y verídico libro de memorias, que es un muy veraz testimonio de un intelectual universitario de perfil ilustrado y refinada ironía.

Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. Barcelona, 2011. 408 páginas. 21 euros.


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viernes, 25 de noviembre de 2011

CRISTO ES UN PERSONAJE HISTÓRICO Y NO UN MITO


  1. Cristo es un personaje histórico y no un mito, afirma Mons. Fernández
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    • MADRID, 25 Nov. 11 / 04:29 am (ACI)

    El Obispo de Córdoba (España), Mons. Demetrio Fernández, alentó a vivir en este Adviento la esperanza cristiana, la cual proviene de Cristo, que es un personaje histórico y no una leyenda o un mito.
    "El cristianismo tiene su origen en un personaje histórico, Jesucristo el Señor, el hijo del carpintero, que es el Hijo de Dios hecho hombre, que vino hace dos mil años y que nos ha prometido que vendrá de nuevo al final de la historia humana, al final de nuestra propia historia personal, para llevar la historia a su plenitud, para llevarnos a nosotros hasta la meta", señaló en una carta enviada a ACI Prensa el 24 de noviembre.
    En ese sentido, invitó a los fieles a prepararse continuamente porque "no sabemos el día ni la hora, (pero) sabemos que Él tiene que venir y nos tomará consigo para llevarnos a la casa del Padre, para llevarnos al cielo".
    Mons. Fernández afirmó que al cristiano "no le asustan las señales que va encontrando en el camino, que le van indicando por dónde se va y le van anunciando que ya falta menos para la meta. La vida presente es muy amable, pero la vida futura es más amable todavía".
    "Cuando santa Teresita, cercana a su muerte, amaneció un día y constató que había tenido un vómito de sangre como síntoma inequívoco de su tuberculosis, no se deprimió pensando que le llegaba la muerte. Su reacción espontánea fue: ‘¡Ya llega el Esposo, tanto tiempo esperado!’", recordó.
    El Obispo de Córdoba dijo que si bien "la muerte supone un desgarrón y una ruptura", es para el creyente el "paso al encuentro definitivo con Aquel a quien esperamos. La muerte no es el final del camino, sino el cambio de domicilio, para vivir una vida más plena y mejor".
    "El Señor vino como el esperado de los siglos. Para mucha gente todavía hoy Jesucristo es un desconocido, y el adviento puede ser una ocasión para el primer encuentro. Para otros muchos, que se han alejado de su presencia, el adviento puede suponer una vuelta y una conversión. Para todos, es una invitación a poner a punto nuestra vida, a prepararnos para esa venida tan esperada", afirmó.
    Mons. Fernández indicó que el Adviento "nos recuerda aquella primera venida en la historia, que vamos a celebrar en la Navidad. Por eso, también nos preparamos a las fiestas de Navidad que se acercan. Y en la espera de esta venida del Señor, el Señor nos sale al encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento para decirnos su amor y despertar en nosotros el deseo de su venida".

miércoles, 14 de septiembre de 2011

MATERIAL PARA EL TRABAJO PRÁCTICO JESUCRISTO Y SU TIEMPO




COMPENDIO DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÒLICA
CREO EN JESUCRISTO, HIJO ÚNICO DE DIOS
79. ¿Cuál es la Buena Noticia para el hombre?
422-424
La Buena Noticia es el anuncio de Jesucristo, «el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16), muerto y resucitado. En tiempos del rey Herodes y del emperador César Augusto, Dios cumplió las promesas hechas a Abraham y a su descendencia, enviando «a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la Ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva» (Ga 4, 4-5).
80. ¿Cómo se difunde esta Buena Noticia?
425-429
Desde el primer momento, los discípulos desearon ardientemente anunciar a Cristo, a fin de llevar a todos los hombres a la fe en Él. También hoy, el deseo de evangelizar y catequizar, es decir, de revelar en la persona de Cristo todo el designio de Dios, y de poner a la humanidad en comunión con Jesús, nace de este conocimiento amoroso de Cristo.
CREO EN JESUCRISTO, SU ÚNICO HIJO, NUESTRO SEÑOR
81. ¿Qué significa el nombre de Jesús?
430-435
452
El nombre de Jesús, dado por el ángel en el momento de la Anunciación, significa «Dios salva». Expresa, a la vez, su identidad y su misión, «porque él salvará al pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21). Pedro afirma que «bajo el cielo no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos» (Hch 4, 12).
82. ¿Por qué Jesús es llamado Cristo?
436-440
453
«Cristo», en griego, y «Mesías», en hebreo, significan «ungido». Jesús es el Cristo porque ha sido consagrado por Dios, ungido por el Espíritu Santo para la misión redentora. Él es el Mesías esperado por Israel y enviado al mundo por el Padre. Jesús ha aceptado el título de Mesías, precisando, sin embargo, su sentido: «bajado del cielo» (Jn 3, 13), crucificado y después resucitado, Él es el siervo sufriente «que da su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28). Del nombre de Cristo nos viene el nombre de cristianos.
83. ¿En qué sentido Jesús es el «Hijo unigénito de Dios»?
441-445
454
Jesús es el Hijo unigénito de Dios en un sentido único y perfecto. En el momento del Bautismo y de la Transfiguración, la voz del Padre señala a Jesús como su «Hijo predilecto». Al presentarse a sí mismo como el Hijo, que «conoce al Padre» (Mt 11, 27), Jesús afirma su relación única y eterna con Dios su Padre. Él es «el Hijo unigénito de Dios» (1 Jn 4, 9), la segunda Persona de la Trinidad. Es el centro de la predicación apostólica: los Apóstoles han visto su gloria, «que recibe del Padre como Hijo único» (Jn 1, 14).
84. ¿Qué significa el título de «Señor»?
446-451
455
En la Biblia, el título de «Señor» designa ordinariamente al Dios soberano. Jesús se lo atribuye a sí mismo, y revela su soberanía divina mediante su poder sobre la naturaleza, sobre los demonios, sobre el pecado y sobre la muerte, y sobre todo con su Resurrección. Las primeras confesiones de fe cristiana proclaman que el poder, el honor y la gloria que se deben a Dios Padre se le deben también a Jesús: Dios «le ha dado el nombre sobre todo nombre» (Flp 2, 9). Él es el Señor del mundo y de la historia, el único a quien el hombre debe someter de modo absoluto su propia libertad personal.
JESUCRISTO FUE CONCEBIDO
POR OBRA DEL ESPÍRITU SANTO
Y NACIÓ DE SANTA MARÍA VIRGEN
85. ¿Por qué el Hijo de Dios se hizo hombre?
456-460
El Hijo de Dios se encarnó en el seno de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, por nosotros los hombres y por nuestra salvación: es decir, para reconciliarnos a nosotros pecadores con Dios, darnos a conocer su amor infinito, ser nuestro modelo de santidad y hacernos «partícipes de la naturaleza divina» (2 P 1, 4).
86. ¿Qué significa la palabra «Encarnación»?
461-463
483
La Iglesia llama «Encarnación» al misterio de la unión admirable de la naturaleza divina y la naturaleza humana de Jesús en la única Persona divina del Verbo. Para llevar a cabo nuestra salvación, el Hijo de Dios se ha hecho «carne» (Jn 1, 14), haciéndose verdaderamente hombre. La fe en la Encarnación es signo distintivo de la fe cristiana.
87. ¿De qué modo Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre?
464-467
469
En la unidad de su Persona divina, Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, de manera indivisible. Él, Hijo de Dios, «engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre», se ha hecho verdaderamente hombre, hermano nuestro, sin dejar con ello de ser Dios, nuestro Señor.
88. ¿Qué enseña a este propósito el Concilio de Calcedonia (año 451)?
467
El Concilio de Calcedonia enseña que «hay que confesar a un solo y mismo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo: perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, compuesto de alma racional y de cuerpo; consubstancial con el Padre según la divinidad, y consubstancial con nosotros según la humanidad; “en todo semejante a nosotros, menos en el pecado” (Hb 4, 15); nacido del Padre antes de todos los siglos según la divinidad y, por nosotros y nuestra salvación, nacido en estos últimos tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad».
89. ¿Cómo expresa la Iglesia el misterio de la Encarnación?
464-469
479-481
La Iglesia expresa el misterio de la Encarnación afirmando que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre; con dos naturalezas, la divina y la humana, no confundidas, sino unidas en la Persona del Verbo. Por tanto, todo en la humanidad de Jesús –milagros, sufrimientos y la misma muerte– debe ser atribuido a su Persona divina, que obra a través de la naturaleza humana que ha asumido.
«¡Oh Hijo Unigénito y Verbo de Dios! Tú que eres inmortal, te dignaste, para salvarnos, tomar carne de la santa Madre de Dios y siempre Virgen María (...) Tú, Uno de la Santísima Trinidad, glorificado con el Padre y el Espíritu Santo, ¡sálvanos!» (Liturgia bizantina de san Juan Crisóstomo).
90. ¿Tenía el Hijo de Dios hecho hombre un alma con inteligencia humana?
470-474
482
El Hijo de Dios asumió un cuerpo dotado de un alma racional humana. Con su inteligencia humana Jesús aprendió muchas cosas mediante la experiencia. Pero, también como hombre, el Hijo de Dios tenía un conocimiento íntimo e inmediato de Dios su Padre. Penetraba asimismo los pensamientos secretos de los hombres y conocía plenamente los designios eternos que Él había venido a revelar.
91. ¿Cómo concordaban las dos voluntades del Verbo encarnado?
475
482
Jesús tenía una voluntad divina y una voluntad humana. En su vida terrena, el Hijo de Dios ha querido humanamente lo que Él ha decidido divinamente junto con el Padre y el Espíritu Santo para nuestra salvación. La voluntad humana de Cristo sigue, sin oposición o resistencia, su voluntad divina, y está subordinada a ella.
92. ¿Tenía Cristo un verdadero cuerpo humano?
476-477
Cristo asumió un verdadero cuerpo humano, mediante el cual Dios invisible se hizo visible. Por esta razón, Cristo puede ser representado y venerado en las sagradas imágenes.
93. ¿Qué representa el Corazón de Jesús?
478
Cristo nos ha conocido y amado con un corazón humano. Su Corazón traspasado por nuestra salvación es el símbolo del amor infinito que Él tiene al Padre y a cada uno de los hombres.
94. ¿Qué significa la expresión «concebido por obra y gracia del Espíritu Santo»?
484-486
Que Jesús fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo significa que la Virgen María concibió al Hijo eterno en su seno por obra del Espíritu Santo y sin la colaboración de varón: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti» (Lc 1, 35), le dijo el ángel en la Anunciación.
95. «...Nacido de la Virgen María...»: ¿por qué María es verdaderamente Madre de Dios?
495
509
María es verdaderamente Madre de Dios porque es la madre de Jesús (Jn 2, 1; 19, 25). En efecto, aquél que fue concebido por obra del Espíritu Santo y fue verdaderamente Hijo suyo, es el Hijo eterno de Dios Padre. Es Dios mismo.
96. ¿Qué significa «Inmaculada Concepción»?
487-492
508
Dios eligió gratuitamente a María desde toda la eternidad para que fuese la Madre de su Hijo; para cumplir esta misión fue concebida inmaculada. Esto significa que, por la gracia de Dios y en previsión de los méritos de Jesucristo, María fue preservada del pecado original desde el primer instante de su concepción.
97. ¿Cómo colabora María al plan divino de la salvación?
493-494
508-511
Por la gracia de Dios, María permaneció inmune de todo pecado personal durante toda su existencia. Ella es la «llena de gracia» (Lc 1, 28), la «toda Santa». Y cuando el ángel le anuncia que va a dar a luz «al Hijo del Altísimo» (Lc 1, 32), ella da libremente su consentimiento «por obediencia de la fe» (Rm 1, 5). María se ofrece totalmente a la Persona y a la obra de Jesús, su Hijo, abrazando con toda su alma la voluntad divina de salvación.
98. ¿Qué significa la concepción virginal de Jesús?
496-498
503
La concepción virginal de Jesús significa que éste fue concebido en el seno de la Virgen María sólo por el poder del Espíritu Santo, sin concurso de varón. Él es Hijo del Padre celestial según la naturaleza divina, e Hijo de María según la naturaleza humana, pero es propiamente Hijo de Dios según las dos naturalezas, al haber en Él una sola Persona, la divina.
99. ¿En qué sentido María es «siempre Virgen»?
499-507
510
María es siempre virgen en el sentido de que ella «fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen al parir, Virgen durante el embarazo, Virgen después del parto, Virgen siempre» (San Agustín). Por tanto, cuando los Evangelios hablan de «hermanos y hermanas de Jesús», se refieren a parientes próximos de Jesús, según una expresión empleada en la Sagrada Escritura.
100. ¿De qué modo la maternidad espiritual de María es universal?
501-507
511
María tuvo un único Hijo, Jesús, pero en Él su maternidad espiritual se extiende a todos los hombres, que Jesús vino a salvar. Obediente junto a Jesucristo, el nuevo Adán, la Virgen es la nueva Eva, la verdadera madre de los vivientes, que coopera con amor de madre al nacimiento y a la formación de todos en el orden de la gracia. Virgen y Madre, María es la figura de la Iglesia, su más perfecta realización.
101. ¿En qué sentido toda la vida de Cristo es Misterio?
512-521
561-562
Toda la vida de Cristo es acontecimiento de revelación: lo que es visible en la vida terrena de Jesús conduce a su Misterio invisible, sobre todo al Misterio de su filiación divina: «quien me ve a mí ve al Padre» (Jn 14, 9). Asimismo, aunque la salvación nos viene plenamente con la Cruz y la Resurrección, la vida entera de Cristo es misterio de salvación, porque todo lo que Jesús ha hecho, dicho y sufrido tenía como fin salvar al hombre caído y restablecerlo en su vocación de hijo de Dios.
102. ¿Cuáles han sido las preparaciones históricas a los Misterios de Jesús?
522-524
Ante todo hay una larga esperanza de muchos siglos, que revivimos en la celebración litúrgica del tiempo de Adviento. Además de la oscura espera que ha puesto en el corazón de los paganos, Dios ha preparado la venida de su Hijo mediante la Antigua Alianza, hasta Juan el Bautista, que es el último y el mayor de los Profetas.
103. ¿Qué nos enseña el Evangelio sobre los Misterios del nacimiento y la infancia de Jesús?
525-530
563-564
En el Nacimiento de Jesús, la gloria del cielo se manifiesta en la debilidad de un niño; la circuncisión es signo de su pertenencia al pueblo hebreo y prefiguración de nuestro Bautismo; la Epifanía es la manifestación del Rey-Mesías de Israel a todos los pueblos; durante la presentación en el Templo, en Simeón y Ana se concentra toda la expectación de Israel, que viene al encuentro de su Salvador; la huida a Egipto y la matanza de los inocentes anuncian que toda la vida de Cristo estará bajo el signo de la persecución; su retorno de Egipto recuerda el Éxodo y presenta a Jesús como el nuevo Moisés: Él es el verdadero y definitivo liberador.
104. ¿Qué nos enseña la vida oculta de Jesús en Nazaret?
533-534
564
Durante la vida oculta en Nazaret, Jesús permanece en el silencio de una existencia ordinaria. Nos permite así entrar en comunión con Él en la santidad de la vida cotidiana, hecha de oración, sencillez, trabajo y amor familiar. La sumisión a María y a José, su padre legal, es imagen de la obediencia filial de Jesús al Padre. María y José, con su fe, acogen el misterio de Jesús, aunque no siempre lo comprendan.
105. ¿Por qué Jesús recibe de Juan el «Bautismo de conversión para el perdón de los pecados» (Lc 3, 3)?
535-537
565
Jesús recibe de Juan el Bautismo de conversión para inaugurar su vida pública y anticipar el «Bautismo» de su Muerte; y aunque no había en Él pecado alguno, Jesús, «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29), acepta ser contado entre los pecadores. El Padre lo proclama su «Hijo predilecto» (Mt 3, 17), y el Espíritu viene a posarse sobre Él. El Bautismo de Jesús es la prefiguración de nuestro bautismo.
106. ¿Qué nos revelan las tentaciones de Jesús en el desierto?
538-540
566
Las tentaciones de Jesús en el desierto recapitulan la de Adán en el paraíso y las de Israel en el desierto. Satanás tienta a Jesús en su obediencia a la misión que el Padre le ha confiado. Cristo, nuevo Adán, resiste, y su victoria anuncia la de su Pasión, en la que su amor filial dará suprema prueba de obediencia. La Iglesia se une particularmente a este Misterio en el tiempo litúrgico de la Cuaresma.
107. ¿Quién es invitado a formar parte del Reino de Dios, anunciado y realizado por Jesús?
541-546
567
Jesús invita a todos los hombres a entrar en el Reino de Dios; aún el peor de los pecadores es llamado a convertirse y aceptar la infinita misericordia del Padre. El Reino pertenece, ya aquí en la tierra, a quienes lo acogen con corazón humilde. A ellos les son revelados los misterios del Reino de Dios.
108. ¿Por qué Jesús manifiesta el Reino mediante signos y milagros?
547-550
567
Jesús acompaña su palabra con signos y milagros para atestiguar que el Reino está presente en Él, el Mesías. Si bien cura a algunas personas, Él no ha venido para abolir todos los males de esta tierra, sino ante todo para liberarnos de la esclavitud del pecado. La expulsión de los demonios anuncia que su Cruz se alzará victoriosa sobre «el príncipe de este mundo» (Jn 12, 31).
109. ¿Qué autoridad confiere Jesús a sus Apóstoles en el Reino?
551-553
567
Jesús elige a los Doce, futuros testigos de su Resurrección, y los hace partícipes de su misión y de su autoridad para enseñar, absolver los pecados, edificar y gobernar la Iglesia. En este colegio, Pedro recibe «las llaves del Reino» (Mt 16, 19) y ocupa el primer puesto, con la misión de custodiar la fe en su integridad y de confirmar en ella a sus hermanos.
110. ¿Cuál es el significado de la Transfiguración?
554-556
568
En la Transfiguración de Jesús aparece ante todo la Trinidad: «el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa» (Santo Tomás de Aquino). Al evocar, junto a Moisés y Elías, su «partida» (Lc 9, 31), Jesús muestra que su gloria pasa a través de la cruz, y otorga un anticipo de su resurrección y de su gloriosa venida, «que transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo» (Flp 3, 21).
«En el monte te transfiguraste, Cristo Dios, y tus discípulos contemplaron tu gloria, en cuanto podían comprenderla. Así, cuando te viesen crucificado entenderían que padecías libremente y anunciarían al mundo que tú eres en verdad el resplandor del Padre» (Liturgia bizantina).
111. ¿Cómo tuvo lugar la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén?
557-560
569-570
En el tiempo establecido, Jesús decide subir a Jerusalén para sufrir su Pasión, morir y resucitar. Como Rey-Mesías que manifiesta la venida del Reino, entra en la ciudad montado sobre un asno; y es acogido por los pequeños, cuya aclamación es recogida por el Sanctus de la Misa: «¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna! (¡sálvanos!)» (Mt 21, 9). Con la celebración de esta entrada en Jerusalén la liturgia de la Iglesia da inicio cada año a la Semana Santa.
«JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO»
112. ¿Por qué es tan importante el Misterio pascual de Jesús?
571-573
El misterio pascual de Jesús, que comprende su Pasión, Muerte, Resurrección y Glorificación, está en el centro de la fe cristiana, porque el designio salvador de Dios se ha cumplido de una vez por todas con la muerte redentora de su Hijo, Jesucristo.
113. ¿Bajo qué acusaciones fue condenado Jesús?
574-576
Algunos jefes de Israel acusaron a Jesús de actuar contra la Ley, contra el Templo de Jerusalén y, particularmente, contra la fe en el Dios único, porque se proclamaba Hijo de Dios. Por ello lo entregaron a Pilato para que lo condenase a muerte.
114. ¿Cómo se comportó Jesús con la Ley de Israel?
577-582
592
Jesús no abolió la Ley dada por Dios a Moisés en el Sinaí, sino que la perfeccionó, dándole su interpretación definitiva. Él es el Legislador divino que ejecuta íntegramente esta Ley. Aún más, es el siervo fiel que, con su muerte expiatoria, ofrece el único sacrificio capaz de redimir todas «las transgresiones cometidas por los hombres contra la Primera Alianza» (Hb 9, 15).
115. ¿Cuál fue la actitud de Jesús hacia el Templo de Jerusalén?
583-586
593
Jesús fue acusado de hostilidad hacia al Templo. Sin embargo, lo veneró como «la casa de su Padre» (Jn 2, 16), y allí impartió gran parte de sus enseñanzas. Pero también predijo la destrucción del Templo, en relación con su propia muerte, y se presentó a sí mismo como la morada definitiva de Dios en medio de los hombres.
116. ¿Contradijo Jesús la fe de Israel en el Dios Único y Salvador?
587-591
594
Jesús nunca contradijo la fe en un Dios único, ni siquiera cuando cumplía la obra divina por excelencia, que realizaba las promesas mesiánicas y lo revelaba como igual a Dios: el perdón de los pecados. La exigencia de Jesús de creer en Él y convertirse permite entender la trágica incomprensión del Sanedrín, que juzgó que Jesús merecía la muerte como blasfemo.
117. ¿Quién es responsable de la muerte de Jesús?
595-598
La pasión y muerte de Jesús no pueden ser imputadas indistintamente al conjunto de los judíos que vivían entonces, ni a los restantes judíos venidos después. Todo pecador, o sea todo hombre, es realmente causa e instrumento de los sufrimientos del Redentor; y aún más gravemente son culpables aquellos que más frecuentemente caen en pecado y se deleitan en los vicios, sobre todo si son cristianos.
118. ¿Por qué la muerte de Cristo forma parte del designio de Dios?
599-605
619
Al fin de reconciliar consigo a todos los hombres, destinados a la muerte a causa del pecado, Dios tomó la amorosa iniciativa de enviar a su Hijo para que se entregara a la muerte por los pecadores. Anunciada ya en el Antiguo Testamento, particularmente como sacrificio del Siervo doliente, la muerte de Jesús tuvo lugar según las Escrituras.
119. ¿De qué modo Cristo se ofreció a sí mismo al Padre?
606-609
620
Toda la vida de Cristo es una oblación libre al Padre para dar cumplimiento a su designio de salvación. Él da «su vida como rescate por muchos» (Mc 10, 45), y así reconcilia a toda la humanidad con Dios. Su sufrimiento y su muerte manifiestan cómo su humanidad fue el instrumento libre y perfecto del Amor divino, que quiere la salvación de todos los hombres.
120. ¿Cómo se manifiesta en la última Cena la oblación de Jesús?
610-611
621
En la última Cena con los Apóstoles, la víspera de su Pasión, Jesús anticipa, es decir, significa y realiza anticipadamente la oblación libre de sí mismo: «Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros», «ésta es mi sangre que será derramada...» (Lc 22, 19-20). De este modo, Jesús instituye, al mismo tiempo, la Eucaristía como «memorial» (1 Co 11, 25) de su sacrificio, y a sus Apóstoles como sacerdotes de la nueva Alianza.
121. ¿Qué sucede en la agonía del huerto de Getsemaní?
612
En el huerto de Getsemaní, a pesar del horror que suponía la muerte para la humanidad absolutamente santa de Aquél que es «el autor de la vida» (Hch 3, 15), la voluntad humana del Hijo de Dios se adhiere a la voluntad del Padre; para salvarnos acepta soportar nuestros pecados en su cuerpo, «haciéndose obediente hasta la muerte» (Flp 2, 8).
122. ¿Cuáles son los efectos del sacrificio de Cristo en la Cruz?
613-617
622-623
Jesús ofreció libremente su vida en sacrificio expiatorio, es decir, ha reparado nuestras culpas con la plena obediencia de su amor hasta la muerte. Este amor hasta el extremo (cf. Jn 13, 1) del Hijo de Dios reconcilia a la humanidad entera con el Padre. El sacrificio pascual de Cristo rescata, por tanto, a los hombres de modo único, perfecto y definitivo, y les abre a la comunión con Dios.
123. ¿Por qué llama Jesús a sus discípulos a cargar con la propia Cruz?
618
Al llamar a sus discípulos a tomar su cruz y seguirle (cf. Mt 16, 24), Jesús quiere asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios.
124. ¿En qué condiciones se encontraba el cuerpo de Cristo mientras estaba en el sepulcro?
624-630
Cristo sufrió una verdadera muerte, y verdaderamente fue sepultado. Pero la virtud divina preservó su cuerpo de la corrupción.
JESUCRISTO DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS,
AL TERCER DÍA RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS
125. ¿Qué eran «los infiernos» a los que Jesús descendió»?
632-637
Los «infiernos» –distintos del «infierno» de la condenación– constituían el estado de todos aquellos, justos e injustos, que habían muerto antes de Cristo. Con el alma unida a su Persona divina, Jesús tomó en los infiernos a los justos que aguardaban a su Redentor para poder acceder finalmente a la visión de Dios. Después de haber vencido, mediante su propia muerte, a la muerte y al diablo «que tenía el poder de la muerte» (Hb 2, 14), Jesús liberó a los justos, que esperaban al Redentor, y les abrió las puertas del Cielo.
126. ¿Qué lugar ocupa la Resurrección de Cristo en nuestra fe?
631. 638
La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, y representa, con la Cruz, una parte esencial del Misterio pascual.
127. ¿Qué «signos» atestiguan la Resurrección de Cristo?
Además del signo esencial, que es el sepulcro vacío, la Resurrección de Jesús es atestiguada por las mujeres, las primeras que encontraron a Jesús resucitado y lo anunciaron a los Apóstoles. Jesús después «se apareció a Cefas (Pedro) y luego a los Doce, más tarde se apareció a más de quinientos hermanos a la vez» (1 Co 15, 5-6), y aún a otros. Los Apóstoles no pudieron inventar la Resurrección, puesto que les parecía imposible: en efecto, Jesús les echó en cara su incredulidad.
128. ¿Por qué la Resurrección es también un acontecimiento trascendente?
647
656-657
La Resurrección de Cristo es un acontecimiento trascendente porque, además de ser un evento histórico, verificado y atestiguado mediante signos y testimonios, transciende y sobrepasa la historia como misterio de la fe, en cuanto implica la entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios. Por este motivo, Cristo resucitado no se manifestó al mundo, sino a sus discípulos, haciendo de ellos sus testigos ante el pueblo.
129. ¿Cuál es el estado del cuerpo resucitado de Jesús?
645-646
La Resurrección de Cristo no es un retorno a la vida terrena. Su cuerpo resucitado es el mismo que fue crucificado, y lleva las huellas de su pasión, pero ahora participa ya de la vida divina, con las propiedades de un cuerpo glorioso. Por esta razón Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer a sus discípulos donde quiere y bajo diversas apariencias.
130. ¿De qué modo la Resurrección es obra de la Santísima Trinidad?
648-650
La Resurrección de Cristo es una obra trascendente de Dios. Las tres Personas divinas actúan conjuntamente, según lo que es propio de cada una: el Padre manifiesta su poder, el Hijo «recobra la vida, porque la ha dado libremente» (Jn 10, 17), reuniendo su alma y su cuerpo, que el Espíritu Santo vivifica y glorifica.
131. ¿Cuál es el sentido y el alcance salvífico de la Resurrección?
651-655
658
La Resurrección de Cristo es la culminación de la Encarnación. Es una prueba de la divinidad de Cristo, confirma cuanto hizo y enseñó y realiza todas las promesas divinas en nuestro favor. Además, el Resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, es el principio de nuestra justificación y de nuestra resurrección: ya desde ahora nos procura la gracia de la adopción filial, que es real participación de su vida de Hijo unigénito; más tarde, al final de los tiempos, Él resucitará nuestro cuerpo.
«JESUCRISTO SUBIÓ A LOS CIELOS, Y ESTÁ SENTADO
A LA DERECHA DE DIOS, PADRE TODOPODEROSO»
132. ¿Qué representa la Ascensión?
659-667
Cuarenta días después de haberse mostrado a los Apóstoles bajo los rasgos de una humanidad ordinaria, que velaban su gloria de Resucitado, Cristo subió a los cielos y se sentó a la derecha del Padre. Desde entonces el Señor reina con su humanidad en la gloria eterna de Hijo de Dios, intercede incesantemente ante el Padre en favor nuestro, nos envía su Espíritu y nos da la esperanza de llegar un día junto a Él, al lugar que nos tiene preparado.
«DESDE ALLÍ HA DE VENIR A JUZGAR
A VIVOS Y MUERTOS»
133. ¿Cómo reina ahora el Señor Jesús?
668-674
680
Como Señor del cosmos y de la historia, Cabeza de su Iglesia, Cristo glorificado permanece misteriosamente en la tierra, donde su Reino está ya presente, como germen y comienzo, en la Iglesia. Un día volverá en gloria, pero no sabemos el momento. Por esto, vivimos vigilantes, pidiendo: «¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22, 20).
134. ¿Cómo se realizará la venida del Señor en la gloria?
675-677
680
Después del último estremecimiento cósmico de este mundo que pasa, la venida gloriosa de Cristo acontecerá con el triunfo definitivo de Dios en la Parusía y con el Juicio final. Así se consumará el Reino de Dios.
135. ¿Cómo juzgará Cristo a los vivos y a los muertos?
678-679
681-682
Cristo juzgará a los vivos y a los muertos con el poder que ha obtenido como Redentor del mundo, venido para salvar a los hombres. Los secretos de los corazones serán desvelados, así como la conducta de cada uno con Dios y el prójimo. Todo hombre será colmado de vida o condenado para la eternidad, según sus obras. Así se realizará «la plenitud de Cristo» (Ef 4, 13), en la que «Dios será todo en todos» (1 Co 15, 28).

miércoles, 7 de septiembre de 2011

LA LIGA ÁTICA Y EL IMPERIALISMO ATENIENSE por Elena Gallardo Paúls


http://www.eolapaz.es/domo-historia/2ant-peloponeso.htm

La verdadera herencia de las Guerras Médicas fue el surgimiento del dualismo espartano-ateniense, que marcó la historia política y militar del s.V con la coexistencia entre Esparta, primera potencia terrestre y líder de la Liga del Peloponeso, y Atenas, creadora de una talasocracia sin rival en el Egeo.
La época de las tiranías evidenció la necesidad de la intervención de polis fuertes militarmente como Esparta para recomponer el orden. Aunque esta ciudad no conoció regímenes tiránicos, estuvo siempre amenazada interiormente por los grupos sometidos de su sistema, los ilotas, por lo que era la primera interesada en contar con el apoyo militar exterior. A finales del s. VI estrechó relaciones con las polis cercanas a su territorio (Corinto, Mégara) y se formó un grupo de ciudades con intereses mutuos y de hegemonía espartana, que se denominó la Liga del Peloponeso. Esparta concertó con cada estado miembro un tratado multilateral que estipuló los derechos y obligaciones de los coligados.
Todas las polis habían intervenido de alguna manera en las Guerras Médicas y el miedo a nuevos ataques persas dio lugar a la conformación de una agrupación de ciudades denominada Liga Helénica (481). Esta liga estuvo comandada por ESPARTA.
Paralelamente, en el invierno de 478, algunas polis griegas firmaron con Atenas un pacto de alianza con el compromiso de continuar la lucha contra el persa hasta la liberación de las ciudades griegas en todas las costas del Egeo y los estrechos hasta el Bósforo. La hegemonía fue otorgada a ATENAS, superior por su flota, y los coligados debían contribuir a esta guerra en el mar según sus posibilidades y preferencias: aportando trirremes con tripulaciones o satisfaciendo un impuesto a la caja de la guerra. Se escogió el santuario de Apolo, en la isla de Delos, como sede del consejo de esta Liga, depósito del tesoro y emblema religioso de la nueva entente. Nacía así la Liga Delo-Ática, institución que suponía la cristalización del nuevo espíritu panhelénico despertado por las Guerras Médicas, en la que los estados pertenecientes fueron declarados iguales. Esparta permaneció al margen, y sus aliados la imitaron.
El nacimiento de la Liga de Delos y la ya existente Liga del Peloponeso, hicieron que la Liga Helénica no tuviera ningún efecto, porque Grecia se había dividido entre la Liga del Peloponeso y la Liga de Delos, o, lo que es lo mismo, entre aliados de Esparta y de Atenas, que tenían dos formas totalmente diferentes de entender la vida y la guerra.


LA LIGA ATICO-DELICA
La isla de Delos se convirtió en la sede donde se reunían los representantes de todos las polis aliadas. Todos los estados, incluido Atenas, emitían un único voto por representante y todos tenían un solo representante, pese a lo que Atenas se hizo con el poder absoluto de la Liga al controlar el voto de numerosos estados pequeños que, por miedo o por afinidad política, seguían los dictados atenienses. Todos los miembros debían contribuir con tropas al ejército de la Liga, contemplándose la posibilidad de aportar dinero (phoros) al Tesoro de la Liga en caso de no poder contribuir con soldados. Los gastos se repartían de forma equitativa. El tesoro de la Liga, que llegó a ser inmenso, se puso bajo la custodia del templo de Apolo de Delos.
La Liga se constituyó como una alianza a perpetuidad con el objeto de luchar unidos ante enemigos comunes; pero en ningún momento se estipularon los derechos y condiciones bajo los que una polis en concreto podía abandonar la alianza. Atenas, como cabeza indiscutible de la Liga, se aprovechó de este vacío legal para castigar todo intento de sedición.
En el 470 a.C., superado el peligro persa y ante el cada vez más evidente aprovechamiento de la Liga para el beneficio ateniense, Naxos abandonó la alianza. Atenas no podía consentir semejante acción, por lo que se procedió a reincorporar a Naxos por la fuerza. Esto dio el poder absoluto a Atenas y creó una nueva categoría de asociados, los estados sometidos, cuyo número creció incesantemente.
En el año 464 a.C. Esparta, tras los desastres de un terremoto y una sublevación general de los ilotas y mesenios, se vio obligada a pedir ayuda a Atenas. Cimón y 4.000 hoplitas atenienses acudieron, pero una vez que pasó el peligro, los espartanos expulsaron a los atenienses, lo que supuso la ruptura de relaciones. El desaire espartano también tuvo como consecuencia el ostracismo de Cimón y que el partido democrático se hiciera con el poder.
El nuevo jefe de la política ateniense era Efialtes (462 a.C.), que puso en marcha un proceso reformador tendente a desplazar al Areópago como tradicional fuente de poder. Fue asesinado en el 461 a.C., pero Pericles tomó el relevo y llevó la política reformadora hacia lo que después se dio en llamar democracia radical. Pericles (arconte desde 461) hizo de Atenas la primera y más importante ciudad griega y consiguió la total hegemonía sobre las demás ciudades de la Liga de Delos. Era el comienzo de un imperio sometido a Atenas que era quien dirigía la armada, la marina y la diplomacia y que quiso además establecer en las ciudades su propio régimen político.
Atenas llevó a cabo una política continental tendente a reforzar su posición sobre Esparta; para ello, y aprovechando la debilidad de Esparta como consecuencia de la sublevación ilota, intentó atraerse la fidelidad de los aliados espartanos: logró la adhesión de Argos, Mégara y Tesalia. Tal crecimiento del poder ateniense molestó a Esparta, pero su situación interna le impedía hacer frente al poderoso enemigo.
Las defeccciones de generalizaron y los impagos de tributo se hicieron frecuentes, pero Atenas empezaba, a pesar de sus victorias, a dar síntomas de agotamiento. Por ello, hacia el 454 a.C. firmó una tregua por cinco años con Esparta. Posteriormente, hacia el 449-448 a.C. firmó la paz con Persia mediante el misterioso tratado de Calias, (del cual se duda incluso si llegó a existir). La paz con Esparta no llegó a cumplirse y los conflictos prosiguieron. Tras años de guerras y enfrentamientos, la Paz de los Treinta Años (446) fijó las fronteras entre Atenas y Esparta, así como sus respectivas áreas de influencia. Las pocas polis que no perteneciesen a ninguna de las dos ligas, es decir, las neutrales, podían adherirse libremente a cualquiera de ellas o permanecer independientes.
DE LA LIGA AL IMPERIO.
La transformación de una alianza interestatal encabezada por Atenas, pero en la que todos los países conservaban su independencia, a un imperio ateniense fue un proceso lento. Desde un primer momento Atenas encabezó la Liga de Delos, pero el resto de las polis se beneficiaban de una formidable maquinaria bélica que les mantenía a salvo de los persas, cuya dominación era mucho más odiada que la de los atenienses.
En la evolución de la Liga en Imperio hubo dos hitos importantes:
-en 454 a.C., alegando motivos de seguridad tras la derrota en Egipto, los atenienses se adueñaron del Tesoro de la Liga y lo transportaron a Atenas; la Acrópolis sustituyó como santuario al tradicional de Apolo en Delos. Ideológicamente, Pericles lo justificó diciendo que Atenas tenía que ser el centro porque ya había librado a los griegos del peligro persa;
-en 449 se firmó el Tratado de Calias de paz con Persia, por el cual la Liga perdía todo su sentido. No obstante, la Liga permaneció viva debido al empeño de Atenas, que veía en ella el mejor vehículo para extender su poder por Grecia.
Para afianzar su dominio sobre la Liga Atenas recurrió a la fuerza de su escuadra, que atacaba cualquier polis que intentara abandonar la Liga.
Por otro lado, Atenas hizo un próspero proselitismo a favor del establecimiento de instituciones en todos sus aliados, que en algunas ocasiones llegó incluso a la imposición forzosa de asambleas ciudadanas o al derrocamiento de gobiernos autoritarios. Atenas dotó a algunos de sus aliados con guarniciones militares atenienses, cleruquías, en teoría en beneficio de su seguridad, pero en la práctica como método de control; del mismo modo, enviaron comisarios que vigilaban que se cumpliesen lo ordenado. Creó la proxenia, institución por la cual un ciudadano de un Estado aliado, al servicio de Atenas, se encargaba de defender y hacer respetar los intereses de Atenas en esa ciudad.
La Liga, una vez convertida en un utensilio al servicio de Atenas, adquirió un gran papel económico. La fuerza principal de la Liga, y el objeto que en última instancia mantenía su integridad, era la impresionante flota, que acabó por constituirse en el mejor medio para poner fin a la piratería en el Mediterráneo oriental y facilitar la prosperidad del comercio de todos los miembros de la Liga. Para muchos miembros de la Liga, esta seguridad y los beneficios comerciales de ella derivados no compensaban la pérdida de su independencia ni el pago del tributo a la Liga (phoros), lo cual explicaría la multitud de sublevaciones que se desarrollaron en su seno.
Al constituirse la Liga se estipuló el phoros como medio de compensar la no prestación de ayuda militar por parte de algunos aliados. Reunidos todos los fondos de la Liga y tras hacer frente a los diversos gastos de defensa, el dinero sobrante se ingresaba en el Tesoro de la Liga. La gran beneficiada del uso del Tesoro era invariablemente Atenas, ya fuese directamente o bien por medios indirectos como la contratación de su mano de obra para las diferentes obras sufragadas a costa de los ingresos de la Liga. Un paso muy significativo de la influencia de Atenas sobre sus aliados se dio hacia el 449-448 a.C. y consistió en la unificación de moneda, pesos y medidas de todos los miembros de la Liga según los establecidos en el Ática.
En el 431 a.C. el imperialismo ateniense, en su momento de mayor apogeo, chocó frontalmente con los intereses de Esparta y, sobre todo, Corinto. Dicho enfrentamiento, que se extendió de forma intermitente hasta el 404 a.C., ha pasado a la Historia con el nombre de la Guerra del Peloponeso. Al final de la Guerra del Peloponeso todos los contrincantes se encontraban exhaustos, pero la gran derrotada fue Atenas, la cual firmó la paz a costa de renunciar a su Imperio, a las fortificaciones de la ciudad y a su flota, la fuente de su poder. La hegemonía pasaba ahora a Esparta, la gran triunfadora del conflicto.