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viernes, 15 de agosto de 2014

¿Cómo nos llamábamos los cristianos antes de llamarnos cristianos?

¿Cómo nos llamábamos los cristianos antes de llamarnos cristianos? Destacado

¿Cómo nos llamábamos los cristianos antes de llamarnos cristianos?

¿Cómo nos llamábamos los cristianos antes de llamarnos cristianos?

Un breve artículo de Carlo Carletti en L´Osservatore Romano abordaba un aspecto concreto de la construcción de la identidad cristiana en los primeros tiempos: la forma en que los miembros de la nueva comunidad religiosa se llamaban unos a otros.

El nombre «Christianus» sólo empezó a difundirse en Occidente lentamente, a partir de la conversión de Constatino en el siglo IV.

La respuesta está en las lápidas

Un breve artículo de Carlo Carletti en L´Osservatore Romano abordaba un aspecto concreto de la construcción de la identidad cristiana en los primeros tiempos: la forma en que los miembros de la nueva comunidad religiosa se llamaban unos a otros.

La palabra Christianus [cristiano] sólo empezó a difundirse en Occidente, y con mucha lentitud, a partir de la conversión de Constantino, el emperador que con el edicto de Milán del año 313, en virtud del cual la religión cristiana comenzó a dejar se ser perseguida y acabó convirtiéndose en la religión del Imperio.

Antes de esa fecha, la fraternidad cristiana no sólo como virtud, sino también como forma de vida, había hecho cuajar la fórmula "los hermanos" para referirse a los demás miembros de la Iglesia. Así se plasma, por ejemplo, en diversas inscripciones funerarias, donde el deseo de autorrepresentación evidencia este hecho.

Tres lápidas...
Carletti se fija por ejemplo en una lápida en torno a al año 220, que se expone en el Museo Nacional de Roma, donde Alejandro, el padre del difunto (Marco), ambos siervos, se dirige en primera persona a quienes lean la lápida: "Os pido, buenos hermanos en el nombre del Dios único, que tras mi muerte nadie dañe esta tumba". Dado que la lápida no estaba en una catacumba, sino en un cementerio donde había tumbas cristianas y paganas, la expresión "hermanos" adquiere un valor identificativo.

Lo mismo pasa con el que se considera el primer elogio funerario latino de la comunidad cristiana de Roma, en torno al año 270. Se conserva en una de las zonas más antiguas del cementerio de Priscila. Son también unos padres que entierran a su hija Ágape, de catorce años, quien al final de los hexámetros se dirige a ellos: "Eucaris, madre mía, y Pío, padre mío, os pido, hermanos, que cuando vengáis aquí a rezar y en todas vuestras oraciones invoquéis al Padre y al Hijo y os acordéis de vuestra querida Ágape, para que Dios Omnipotente la conserve en la eternidad". De nuevo la expresión "hermanos", referida imaginariamente a los padres, alude a su condición de cristianos.

No cerca de la tumba de Ágape está la de Leoncio, unos veinte años anterior, donde sus amigos le despiden así: "Leoncio, paz te desean los hermanos. Adiós".

...y dos referencias
Este hecho notorio de que los cristianos, antes de existir este nombre, se llamasen "hermanos", sorprendía a los paganos, como recoge Minucio Félix en su imaginario diálogo Octavius: "Se aman casi antes de conocerse... y se llaman sin distinción hermanos y hermanas".

Y un siglo después Lactancio explica: "No hay otra razón para llamarnos hermanos que el hecho de que nos consideramos todos iguales. Esclavos y libres, grandes y pequeños son iguales entre sí y ante Dios se distinguen sólo por la virtud".

La hermandad como identidad, y la identidad en Cristo: dos denominaciones sucesivas, pues, y un mismo principio que ya latía en los siglos de los mártires.


 

 


LA VIA APIA

La vía Appia
 
En el año 312 a.C., el senador Appio Claudio fue nombrado censor de la República de Roma. Durante su mandato se llevaron a cabo numerosas reformas y obras importantes, pero la Historia lo recuerda sobre todo por la construcción de la calzada que lleva su nombre: la Via Appia.
Con la nueva carretera se buscaba mejorar las comunicaciones entre Roma y Capua, de manera que las legiones romanas pudiesen desplazarse con mayor rapidez a lo largo de los ciento noventa y cinco kilómetros que separan las dos ciudades. Con el pasar de los años fue objeto de varias ampliaciones, y en el siglo II a.C. su trazado llegaba ya hasta Brindisi, principal punto de conexión marítima con las provincias orientales, a más de quinientos kilómetros de la Urbe.
Cuatro siglos más tarde, el emperador Trajano realizó mejoras que permitieron la circulación de los carros, y la Via Appia se convirtió en una de las arterias económicas más importantes del Imperio. Popularmente era conocida como regina viarum (la reina de las vías), nombre merecido tanto por su longitud como por su extraordinaria belleza: a los lados de la calzada fueron surgiendo casas residenciales, templos y mausoleos, que añadían un toque de esplendor al sencillo encanto de la campiña romana. Era un buen preludio para quien iba a encontrarse con la majestuosidad de la Ciudad Eterna.
Via Appia ha sido escenario de algunos acontecimientos preciados para los cristianos. En los Hechos de los Apóstoles se narra que San Pablo entró en la Urbe por este camino: “Y así nos dirigimos a Roma.
Los hermanos, al enterarse de nuestra llegada, vinieron desde allí a nuestro encuentro hasta el Foro Apio y Tres Tabernas. Al verles, Pablo dio gracias a Dios y cobró ánimos” (Hch 28, 11-15).
San Pablo iba a comparecer ante el tribunal del César. Un grupo de cristianos salió a recibirle a Tres Tabernas, una estación de descanso para los viajeros a unos cincuenta kilómetros de la ciudad; y algunos recorrieron todavía otros doce más para llegar a Forum Appi, donde acababa el canal procedente de Terracita.
Es fácil imaginar la emoción de San Pablo, y muy gráfico el testimonio de cómo se querían los primeros cristianos y la veneración que tenían hacia los Apóstoles.
También sobre la Via Appia se encuentran las Catacumbas de San Sebastián y San Calixto, donde a partir del siglo II recibieron sepultura miles de cristianos, entre ellos numerosos mártires. Algunos, como el Papa Sixto II, y un grupo de sacerdotes y diáconos que le acompañaban mientras celebraba la Santa Misa, entregaron su vida allí mismo.
Más tarde, durante la Edad Media, se convirtió en una de las calzadas más transitadas por los romeros que peregrinaban a la Ciudad Eterna para rezar ante la tumba de San Pedro.
Por último, hay una piadosa tradición que relaciona al Príncipe de los Apóstoles con esta vía. A menos de un kilómetro de la Puerta de San Sebastián, una iglesia la conmemora: la del Quo vadis?
Según este antiguo relato, los cristianos de Roma, comenzada la persecución del año 64 d.C., rogaron a Pedro que huyera a otro lugar.Príncipe de los Apóstoles se dispuso para la marcha y partió de la ciudad en la madrugada de un día de verano. Poco después de cruzar la Porta Appia, vio a Jesús que venía a su encuentro Pedro le preguntó:
-¿A dónde vas, Señor?
-Voy Roma, para ser crucificado.
-Señor –dijo el Apóstol-, ¿vas a ser crucificado otra vez?
-Sí, Pedro, otra vez.
A continuación, Jesús desapareció y Pedro comprendió todo. Envuelto en la luz del amanecer, dio media vuelta y dirigió sus pasos hacia Roma, donde no mucho después abrazaría el martirio.
 







Ensayo

Gobierno del pueblo, poder de los señores

ADN Cultura
El helenista Luciano Canfora revisa, con impresionante pero amable erudición, la noción de democracia tal como fue acuñada en la Atenas antigua y cuestiona su idealización
Por | Para LA NACION

Estos interrogantes son sólo parte del asunto, cuya evolución histórica absorbe la mayor parte del libro. Su autor, profesor en Bari, es conocido en su país por sus columnas de opinión y por las espinosas polémicas sobre temas coyunturales en las que se vio envuelto a lo largo de los años. Pertenece a esa clase de especialistas cuya mirada retrospectiva, exquisitamente cultivada, se orienta haciaproblemas que impactan en el corazón de nuestro presente.
La imagen idealizada de la democracia griega combina leyendas antiguas -en especial romanas- e interpretaciones románticas. El mundo de Atenas explica que en esa pólis la democracia surgió junto con el poder imperial. Los réditos de su hegemonía se compartían entre las élites y el pueblo llano, encantado de recibir parte de la tajada. Canfora saca a la luz recónditos fragmentos del legado clásico y discute enfoques modernos tan disímiles entre sí como los derivados de Alexis de Tocqueville o Max Weber. Su solvencia filológica e historiográfica se traduce en una prosa que inyecta la pasión propia del panfleto combativo al servicio del tratado académico. ¿De cuántos escritores universitarios se puede esperar una conjunción semejante?
Ninguna de las miserias de las democracias de nuestros días, recurrentes en los titulares de la prensa internacional, parece estar ausente en la descripción del orden político realmente existente en la llamada cuna de la libertad y del pensamiento occidentales. Dos milenios y medio atrás se difundían en Atenas la demagogia, la corrupción, una especie de "populismo", el clientelismo, la justicia influenciable y la charlatanería pública, mientras que el poder real estaba en manos de unos pocos. La cualidad peculiar de este sistema de gobierno fue que una aristocracia se mostró dispuesta a aceptar el riesgo que representaba compartir el poder -los desafíos de la gravitación política del pueblo- para asentar mejor su dominio.
Los derechos ciudadanos, por otra parte, derivaban de la guerra. Poseía el título de ciudadano quien podía -y debía- pelear por la ciudad. Además, como recuerda Canfora, las campañas militares, eran particularmente brutales. La violencia política y las guerras -civiles o externas- caracterizaron la época de la que trata su libro. El espionaje interno e internacional (como diríamos hoy) proliferaba en Atenas; algunos de sus políticos incluso recibían financiamiento de potencias extranjeras. En el plano interno, el pueblo celebraba a quienes lo agasajaban o subsidiaban su entretenimiento con fondos privados o públicos. La política se sometía al dinero, la vana elocuencia se convirtió en un vector fundamental para la manipulación de la plebe y la promoción de los dirigentes.
"Hay quien la llama democracia y quien de otra manera, como a cada uno le place, pero en realidad es una aristocracia con el apoyo de la mayoría", sostiene una fuente reproducida por Canfora. De una población de trescientos cincuenta mil, apenas veinte mil constituían, como ciudadanos plenos, esa "mayoría". El resto, esclavizado, carecía de derechos. Uno de los padres del liberalismo moderno, Benjamin Constant, entendió con claridad la conexión entre esa configuración social y la civilidad de la pólis:" Sin los esclavos, veinte mil atenienses no hubieran podido deliberar todos los días en la plaza pública". Alguien tenía que trabajar.
Por cierto, la democracia griega presenta otras características que la vuelven única. Entre ellas, la relevancia del teatro como centro de la celebración popular. En sus comedias, Aristófanes dejaba filtrar ácidas críticas al estado de cosas producto de la dominación de los poderosos. El teatro -comunicación de masas por excelencia del momento- revelaba la esencia menos reluciente de la democracia y escenificaba el omnipresente conflicto. La política, en efecto, no apuntaba al retórico consenso, sino que se resolvía en la lucha concreta; en ella no se descartaba siquiera la eliminación física del adversario.
La gran pregunta que este libro deja flotando en el aire es si la mitológica forma de gobierno ateniense ofrece un espejo donde deben mirarse las democracias contemporáneas. El autor, sin embargo, no emite opinión al respecto, no pontifica y se cuida de los anacronismos. Con su estilo transparente y un amable despliegue de saberes, se limita a ofrecer una vibrante revisión crítica de la vida pública ateniense. Es cierto que el lector poco familiarizado con la historia y los personajes de la época corre el riesgo de perderse en la tupida red de nombres propios, eventos remotos, doctrinas complejas y caleidoscópicos bandos en disputa. Pero no asume un reto menos complejo quien abra el diario de hoy buscando comprender el planeta en el que vive. Cabe esperar, sin embargo, que El mundo de Atenas recompense con mucha mayor generosidad y encanto todo ese esfuerzo.

El mundo de Atenas

Luciano Canfora
Anagrama
Trad.: Edgardo Dobry
540 páginas
$ 375.

De los antiguos griegos nos llegaron hermosas imágenes a través de la tradición, entre ellas la bien difundida noción de que contaban con una democracia formidable: directa, igualitaria, deliberativa, participativa. El helenista italiano Luciano Canfora pone en juego una impresionante erudición para discutir esta visión en El mundo de Atenas. ¿Acaso los atenienses no condenaron a muerte a su incipal crítico, Sócrates? ¿No legaron abundantes pruebas teóricas de su malestar con la democracia?


 

 

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estadisticas

jueves, 14 de agosto de 2014

lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan
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Miércoles 13 de agosto de 2014 | Publicado en edición impresa

Abuelos y nietos: un lazo tan profundo como perdurable (FRAGMENTO)

Sociedad
Por | Para LA NACION

"Levar a las nuevas generaciones un cierto sentimiento de continuidad y pertenencia define, en gran medida, la tarea de los adultos mayores -opina Mauer-. Esta transmisión encuentra en el vínculo abuelo-nieto un espacio privilegiado que la aloja y la enriquece. En ese vínculo habitan relatos, tradiciones, celebraciones, anécdotas y, sobre todo, la memoria."

lunes, 7 de julio de 2014

TODO EL SIGLO XX EN UN AÑO:1914 por ANTONIO LÓPEZ VEGA

                                         MUJERES TRABAJANDO EN UNA FABRICA DE ARMAS
DURANTE LA GRAN GUERRA
 
 
 
1914 no fue sólo el año en que empezó la I Guerra Mundial. También fue un año crucial. En aquellos 365 días se condensó buena parte de lo que iba a ser todo el siglo XX. Lo analiza en este artículo el autor de «1914, el año que cambió la Historia»
 
 
 
A comienzos de 1914 el Times londinense, renunciando al secular pesimismo británico, saludaba el año con un orgullo marcado por los logros de la educación británica, su ciencia, su pasado reciente, su presente y su futuro como Imperio. El periódico se permitía «al menos una vez al año, tomar conciencia de que nos hemos mantenido, nos mantenemos y nos mantendremos en plena pujanza». Y concluía afrontando el futuro con la esperanza en perpetuar, un año más, su permanencia en la senda de los logros.
¿Y qué decir de la Europa continental? Stefan Zweig se refería de manera categórica en sus memorias a la sensación que cundía en el inicio de aquel año: «Nunca fue Europa más fuerte, rica y hermosa. […] En 1900-10 hubo más libertad, despreocupación y desenfado que en los cien años anteriores». A ojos del celebérrimo escritor austriaco, por todos lados cundían la euforia, la confianza y el optimismo ciego en las posibilidades de Europa.

¿Qué ven mis ojos?

Cuando acabó ese año, muchos contemporáneos no podían dar crédito a lo que veían sus ojos. Un precipicio de horror y destrucción se cernía sobre Europa y, de una u otra manera, amenazaba y transformaba al resto del mundo. Comenzaba a ser evidente que la guerra iniciada el verano no iba a ser corta y rápida, tal y como inicialmente había previsto la mayoría de las cancillerías europeas. Se afrontaba una nueva situación de catastróficas consecuencias, que iba a funcionar como catalizador definitivo de las diferentes fuerzas –sociales, económicas, políticas– que venían operando de tiempo atrás y que, a partir de la experiencia de 1914, alterarían la fisonomía del mundo.

Al estallar la Gran Guerra, el débil equilibrio de antaño saltó por los aires. Por ello, el conflicto ha sido considerado como la gran divisoria histórica entre el largo siglo XIX y el corto siglo XX, la circunstancia que «obligó –como ha señalado Philipp Blom– a las viejas estructuras a desmoronarse con más rapidez». Junto a los avances científicos y a la técnica que habían facilitado enormemente la vida de los ciudadanos –al menos en Occidente–, se abrieron paso múltiples factores definitorios del siglo XX.
Física, genética y psicoanálisis habían cambiado la percepción biológica y psicológica del ser humano y, con ellas, la concepción moral del individuo. Si Sigmund Freud encabezó una revolución sin parangón en la psicología y el conocimiento del ser humano –convirtió la sexualidad en eje central de su contextura–, Max Planck expuso la teoría cuántica sobre la energía irradiada por los cuerpos en 1900. Tras él, Albert Einstein enunció sus tesis sobre la electrodinámica de los cuerpos y sobre la relatividad –entre 1905 y 1916–, y Rutherford y Bohr descubrieron, en 1911 y 1912, la estructura del átomo. Un poco más tarde, en 1926, Heisenberg formularía el principio de incertidumbre, que incidía en cuestiones esenciales de la física cuántica.
Se había abierto paso una nueva imagen del universo, donde los conceptos de espacio y tiempo dejaron de ser absolutos, y la materia quedaba indefectiblemente asociada a la energía, que ni se crea ni se destruye. Se ponía fin así a la manera de comprender y estudiar la realidad física que había predominado desde el Renacimiento.

La clave de la herencia

También en los albores del siglo, los botánicos De Vries, Correns y Tschermark demostraron que los genes eran la clave de la herencia; el primero de ellos, en 1914, desarrolló asimismo la teoría de las mutaciones y desviaciones genéticas, planteando su influencia en el proceso de la evolución. Faltaba comprender el mecanismo de la mutación y la recombinación de los genes, así como la estructura del material genético, algo que llegaría en 1953, cuando Watson y Crick descubrieron la doble hélice del ADN.
El hastío ante la realidad, y la duda permanente acerca de lo que el ser humano era capaz de percibir, abrieron múltiples posibilidades en el terreno del pensamiento. Filosóficamente, la vida se había convertido en una realidad última; los filósofos raciovitalistas trataron de comprenderla por sí misma, como algo carente de un sentido final aprehensible. Tras la Gran Guerra, Martin Heidegger, en Ser y tiempo (1927), hizo de la temporalidad el eje de la existencia; la nada formaba parte de la misma y el ser humano era alguien arrojado a la vida ante el cual se abrían múltiples posibilidades y cuya única certidumbre era la propia muerte. Frente a esa realidad inexorable, y de manera complementaria a las percepciones raciovitalistas, cabía también la opción existencialista en su triple vertiente –atea, agnóstica o creyente–. Incertidumbre y realidad, existencialismo y raciovitalismo eran las alternativas que se ofrecían al ser humano en las primeras décadas del siglo XX.
El ataque de la sufragista Mary Richardson a la Venus del espejo de Velázquez en marzo de 1914 simbolizó el aumento de la reivindicación feminista. Con la guerra, las mujeres accedieron a muchos ámbitos que les habían sido vedados en razón de su sexo, irrumpiendo en todos los órdenes de la vida: universitaria, científica, cultural, laboral y, también, claro, del entretenimiento y los deportes. A la maravillosa Coco Chanel hay que sumar así a la ocho veces campeona de Wimbledon Helen Wills Moody, aventureras como Amelia Earhart, o escritoras como las memorables Virginia Woolf, Gertrude Stein, Colette o Victoria Ocampo.
La liberación de las costumbres y la sexualidad se abrieron paso poco a poco en las ciudades occidentales, y algunos literatos –como David H. Lawrence en El amante de Lady Chatterley (1928) o Henry Miller y su Trópico de cáncer (1934)– hicieron de ello el objeto de su narrativa. Si el siglo XX se abría con la irrupción de Marie Curie como figura clave del mundo científico –una de las primeras mujeres de la Historia en doctorarse y obtener el Nobel–, a lo largo de la centuria la mujer iría rompiendo las barreras que habían condicionado su situación íntima y personal, pero también social, económica y política; en definitiva, tomaba las riendas de su libertad.

La prensa, una pieza clave

El intelectual fue el nuevo taumaturgo de la esfera pública de comienzos de siglo. Como refleja el famoso discurso de Ortega y Gasset «Vieja y nueva política», pronunciado en marzo de 1914, los hombres de pensamiento habían adquirido ya un ascendiente tal sobre sus sociedades, que experimentaron una verdadera época dorada. Ese nuevo papel del intelectual –caracterizado por su compromiso y capacidad de denuncia– se ejerció, fundamentalmente, a través de la prensa.
Llegado ese momento, los intelectuales hablaban y escribían de todo y sobre todo. Influían en la acción de los gobiernos, condicionaban los gustos y preferencias políticas de sus sociedades, se autoconstituían en conciencia de la sociedad, en el faro que había de guiar a la multitud inerte –en expresión de la época–. Y como tales continuaron actuando en las décadas siguientes. Salieron de su apatía política, accedieron a la «plazuela pública» –por decirlo con Ortega y Gasset– y se fueron radicalizando –con el propio panorama político–.
Después de 1945, el intelectual humanista seguiría siendo un protagonista esencial, pero conforme avanzaba la especialización en las diferentes disciplinas, vio cerce-nada su competencia y su capacidad de influencia. Algunos hablarían de la muerte del intelectual; otros pensamos que, en realidad, fue producto de una época, y que después ha sobrevenido un tipo de intelectual que tiende a opinar, exclusivamente, dentro de su ámbito de conocimiento, aunque no por ello haya abdicado del compromiso ético.
En 1914, recién llegado a la presidencia Woodrow Wilson, se asistió al despertar de la gran potencia norteamericana. A través de sus diferentes intervenciones y posicionamientos –toma de Veracruz, apertura del Canal de Panamá–, Estados Unidos inició ese año un largo proceso de adaptación al papel de superpotencia. Tras su participación en la Gran Guerra, Estados Unidos ya no abandonó la primera línea de la política internacional y, de una manera u otra, la condicionaría indefectiblemente.
Si en 1913 Igor Stravinsky había estrenado en París La consagración de la primavera, un año más tarde llegó El ruiseñor. Aquello supuso un punto de inflexión en la Historia de la música, donde la experimentación de raíz matemática se abriría paso inmediatamente de la mano de Arnold Schönberg y Alban Berg, entre otros.

Maneras de reflexionar sobre la verdad

1914 simbolizó así un cambio de raíz en la música y el arte; en la literatura y el lenguaje; en definitiva, en las maneras de reflexionar sobre verdad, moral y belleza. Desde el simbolismo, que se había abierto paso a comienzos de siglo, y que encontramos en la poesía de Mallarmé, Yeats o Rilke, así como en la música de Debussy –que buscaba la esencia de las cosas–, se fue abriendo paso la desestructuración de la realidad. Ludwig Wittgenstein, en su Tractatus Logico-Philosophicus (1921), quiso estudiar de una manera científica la capacidad del lenguaje como instrumento de comunicación.
Los descubrimientos de la física cuántica no dejaron de tener su reflejo plástico en las nuevas corrientes artísticas desde que Pablo Picasso nos legara Las señoritas de Aviñón (1907). Pasada la guerra, quizá la máxima expresión de ello se encuentre, ya en los años veinte, tanto en el dadaísmo, que se convirtió en una forma de rechazo del mundo a través del absurdo, como en el surrealismo, que exploró las posibilidades liberadoras del subconsciente. Estas manifestaciones también tuvieron su reflejo en algunas de las nuevas concepciones cinematográficas, como en la filmografía de Luis Buñuel, influida por su amigo Salvador Dalí. Lo irracional se elevaba así a la categoría de paradigma rupturista de los valores de la sociedad occidental.
El pistoletazo de Gavrilo Princip aquella mañana de junio de 1914 en Sarajevo mostró que los nacionalismos eran ya una realidad inexorable con la que tendrían que vivir las sociedades del siglo XX, en todas sus variables –legalista, étnico, cultural, religioso...–. Ese magnicidio vino a subrayar la prominencia del nacionalismo etnicista sobre todos los demás. En su origen se encontraban los principios eugenésicos, que gozaron de extraordinario prestigio entre las élites científicas, intelectuales y políticas desde finales del siglo XIX.
Se impuso una visión de un mundo dividido en razas superiores e inferiores, que llevó a discutir sobre la necesidad de defender a los fuertes –lo que implícitamente conllevaba no preservar o matar a los débiles–. Así, se debatió intensamente sobre los criterios que definían a los individuos aptos, y el modo de preservar la raza. De la esterilización de los menos capacitados se pasó, en un breve lapso de tiempo, a la planificación de la Solución Final.
Las multitudes irrumpieron en la vida política, tal y como supo ver Ortega y Gasset en La rebelión de las masas (1929). Para el filósofo español, los cambios sociales y la mejora del nivel de vida llevaron a la aparición de un nuevo hombre-masa, sin referentes morales, que se adueñó de la vida social. Ciencia, técnica, inseguridad, transformación aceleradísima: la sensación de ruptura con todo lo anterior introducía al hombre contemporáneo en una realidad inaprehensible, que producía angustia y desazón.

El auge de los totalitarismos

La contienda ayudó a quebrar el sistema parlamentario liberal, tal y como se había entendido durante todo el siglo XIX, como consecuencia las revoluciones americana y francesa. Tras las iniciales reformas democratizadoras implantadas por los sistemas políticos en la inmediata posguerra, se asistió, de la mano de los nacionalismos, al auge de las dictaduras nacionalistas, autoritarias y totalitarias, fascista y nazi; como totalitaria fue también la opción revolucionaria bolchevique.
Arrancó entonces una escalada de violencia cuyo punto final fue la atroz brutalidad del III Reich. Parecía imposible que el ser humano fuera capaz de superar los niveles de destrucción de los años 1914 a 1918. Pero no. La Primera Guerra Mundial –la primera guerra total– se convertiría en un ensayo de la confrontación de 1939, la más amplia y destructiva de la Historia.
El mundo amplió sus horizontes más allá del Viejo Continente. Con la victoria japonesa sobre China y Rusia en 1895 y 1905, Europa se había topado con la evidencia de que no se encontraba sola en la faz de la tierra, y que su criterio y opinión no eran los únicos que importaban. La entrada de Estados Unidos en la Gran Guerra y su creciente influencia en la esfera occidental fue el primer síntoma de los nuevos actores que comenzaraban a demandar una voz en los asuntos mundiales.
Con todo, en el mundo extraeuropeo los escenarios y realidades serían muy distintas y distantes entre sí. Tras su independencia, para América Latina el siglo XIX había sido el de la debilidad en sus procesos de construcción nacional. Poco a poco, las nuevas repúblicas se fueron estabilizando y, superado el caudillismo de los primeros tiempos, se lanzaron a explotar las enormes posibilidades que les ofrecía la geografía.
Al filo de 1914, las oportunidades económicas proporcionadas por la guerra, junto a la consolidación de los sistemas políticos, hicieron que la región se introdujera, más pronto que tarde, en la senda de la prosperidad occidental. Sin embargo, las revoluciones –como la mexicana– o los giros autoritarios de diferente cuño –que devinieron en dictaduras en buena parte del escenario centro y sudamericano a partir de 1929– frustraron esa posibilidad.

Cuajan las nuevas realidades africanas

En Asia y África, nacionalismo y reacción anticolonial fueron de la mano. Así, en diferente intensidad y con variables temporales y de modalidad política diversas, fueron cuajando allí las diferentes realidades nacionales. El final de la Primera Guerra Mundial supuso también el inicio del proceso descolonizador, que culminaría en la segunda mitad de la centuria. Se había llegado al fin de la era europea.
1914 fue, en definitiva, un año axial. En aquellos 365 días se condensó buena parte de lo que iba a ser todo el siglo XX. Mucho se ha insistido en los horrores de este siglo, pero menos en sus glorias. La investigación y la ciencia dotaron al ser humano, en todos los órdenes, de posibilidades con las que tan sólo se habían atrevido a soñar algunos intrépidos novelistas como Julio Verne o H. G. Wells.
La justicia social y las reivindicaciones de unas condiciones de vida dignas para todo ser humano, o la solidaridad frente al horror en todas sus variables –genocidios, exilios, persecuciones, catástrofes naturales–, se convirtieron en valores universales. Es verdad que las nuevas capacidades que la técnica y la ciencia ofrecían al ser humano potenciaron la posibilidad de destrucción al extremo de poner en peligro su propia existencia. Pero también es cierto que los avances en todos los órdenes lograron cotas de bienestar como nunca antes había sucedido y su aspiración alcanzó a la humanidad entera.
Con toda probabilidad, si alguien hubiera podido vislumbrar en el inicio de 1915 lo que estaba por venir en la centuria, no habría sido capaz de asimilarlo cabalmente, por mucho que aquel año vertiginoso que llegaba a su fin encerrase buena parte de sus claves. 1914 pasaría a la Historia como el año en que comenzó un conflicto bélico de dimensiones hasta entonces desconocidas, que quedaría grabado a sangre y fuego en la conciencia del mundo. Con todo, 1914 fue mucho más que una guerra, fue el año que cambió la Historia
 
ABC CULTURAL Sábado 5 de julio de 2014

sábado, 26 de noviembre de 2011

MEJOR EL CAMINO QUE LA POSADA POR CARLOS GARCÍA GUAL BABELIA EL PAIS DE MADRID 26/11/2011


BIBLIOTECA DE LA FACULTAD DE HUMANIDADES UNIVERSIDAD DE VALENCIA


Leí este libro de Llovet hace unos meses, en su versión catalana, de un tirón, y me alegra ver que ahora aparece en castellano, ya con éxito merecido y muchos lectores. Escrito como confesión personal, con inteligencia y apasionamiento, como conviene al tema y a su autor, Adiós a la Universidad no es la queja de un "intelectual melancólico", o, si lo fuera, es también, desde luego, mucho más. Es un juicio experto, actualizado, meditado y crítico, sobre la deriva de esa vieja institución europea, nacida en la Edad Media y reconstruida en la época de la Ilustración sobre las pautas de un ideal laico, humanista y científico. Como indica su título, el libro justifica una despedida personal, algo prematura, de las aulas universitarias (de la Universidad de Barcelona), pero es, a la vez, una consideración, que no creo intempestiva, sobre la degradación universitaria -con un enfoque que afecta, sobre todo, a las llamadas Humanidades, o, más vulgarmente, estudios de Letras-.

Aunque Llovet se refiere a la decadencia de esos estudios en la Universidad española (y se basa en su experiencia de muchos años en la Central de Barcelona) hay que señalar que, como es sabido, las Humanidades tienen graves crisis en todas partes. Hace ya unos veinte años publiqué en la revista Claves de la Razón Práctica dos o tres ensayos sobre esos temas: El debate de las humanidades, La degradación de la educación universitaria y El eclipse de la literatura. Me hacía eco de algunos libros que analizaban la crisis en Estados Unidos. El más conocido entonces era el de Allan Bloom, The Closing of American Mind (que aquí se tradujo como El cierre de la mente moderna, 1989). Ahora ha insistido en ello, desde otro enfoque, más atento a lo económico, como es signo de los tiempos, Martha Nussbaum en Sin fines de lucro (Katz, 2010). El argumento para reducir la educación humanística es uno definitivo: la escasa o nula rentabilidad de esa educación. ¿A quién le importa que la gente esté más o menos educada, mientras consuma a buen ritmo y tenga TVE e Internet para saber al punto todo? "El que quiera ser culto que lo pague de su bolsillo", como dijo un político.

Dentro de este marco tan adverso a la generosa tradición intelectual que inspiró los viejos ideales universitarios (antes de que se pensara que las Universidades tenían que ser, ante todo, rentables) debemos situar, creo, la reflexión tan personal de Llovet, que nos cuenta con un admirable estilo narrativo y estupendas anécdotas su experiencia y su trayectoria de cuarenta años en un relato de muchas sugerencias y clara amenidad. En ella abundan las ilusiones perdidas y las apuestas intelectuales sin buen final, como esa licenciatura de Literatura Comparada, o las rebajas notorias en los planes de estudio de las actuales Facultades de Letras (desgajadas de la antigua de Filosofía y Letras). Y, en conjunto, se queja de que nuestros estudiantes tienen un horizonte más limitado y más pragmático que antes. (Y leen mucho menos, desde luego). "La Universidad ha quedado reducida a un centro expendedor de títulos y, en el mejor de los casos, de abilities". Los capítulos centrales del libro: 'Estudiantes, profesores y la transmisión del saber' e 'Investigar y publicar' tienen una espléndida lucidez. No menos acertadas me parecen sus observaciones sobre el desastroso Plan Bolonia, que rebaja aún más los niveles de la enseñanza, de modo que, en su mezquino horizonte, nuestras Facultades se banalizan pronto y, con torpe especialismo, "se convierten en algo de tan escasa altura intelectual como una escuela de idiomas o de manualidades". (Y recoger en apéndice el texto de J. L. Pardo: 'La descomposición de la Universidad' está muy bien).

En los capítulos finales: 'Universidad y sociedad', 'Figuras del intelectual', 'Humanidades y nuevas tecnologías' y 'Elogio de la palabra', la reflexión sobre la tradición y el presente cultural demuestra la extensa cultura filosófica y la agudeza crítica de Llovet, que evoca la Ilustración, la lectura, de Platón y Heidegger y muchos otros "maestros del pensar", y critica la degradación del lenguaje y los riesgos de las nuevas tecnologías, esa "sobrevaloración de la técnica" que acaba por embotar toda reflexión auténtica y personal. Ya H. Marcuse, allá por 1968, auguraba la trampa de esa "cultura unidimensional" que los medios imponen cada día más. Los efectos están ahí, según Llovet: "Sin una ciudadanía emancipada desde el punto de vista intelectual, toda democracia tiende a la plutocracia, a la burocracia o a las distintas y más sutiles formas de totalitarismos, como ya es el caso de las actuales mercadocracias".

Tal vez porque mi experiencia universitaria coincide con la suya, comparto todas sus críticas, y admiro la precisión y amenidad con que las expresa. Les agregaría otra en la que él aquí no insiste: la endogamia obtusa de nuestras Universidades, tan satisfechas de sí mismas, blindadas burocráticamente a todo profesor "intruso". (Ver el excelente libro de V. Pérez Díaz: Universidad, ciudadanos y nómadas, Oviedo, 2010). Creo que lo que da prestigio a una Universidad -en contra de tantos burócratas de turno- es ante todo la excelencia vivaz de sus profesores. Lo que uno recuerda de su vida universitaria son los buenos maestros -esos profesores de inolvidables clases magistrales con ideas propias, y poco fardo erudito-, lo que parecen olvidar los pedagogos que dictaminan planes y métodos fatuos. El adiós de Jordi Llovet a la Universidad, decepcionado de su rumbo actual, como otros colegas en estos mismos años, puede dejarnos un cierto sabor amargo. Pero, de todos modos, como importa más el camino que la posada, que diría Cervantes, me alegra este divertido, inteligente y verídico libro de memorias, que es un muy veraz testimonio de un intelectual universitario de perfil ilustrado y refinada ironía.

Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. Barcelona, 2011. 408 páginas. 21 euros.


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viernes, 25 de noviembre de 2011

CRISTO ES UN PERSONAJE HISTÓRICO Y NO UN MITO


  1. Cristo es un personaje histórico y no un mito, afirma Mons. Fernández
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    • MADRID, 25 Nov. 11 / 04:29 am (ACI)

    El Obispo de Córdoba (España), Mons. Demetrio Fernández, alentó a vivir en este Adviento la esperanza cristiana, la cual proviene de Cristo, que es un personaje histórico y no una leyenda o un mito.
    "El cristianismo tiene su origen en un personaje histórico, Jesucristo el Señor, el hijo del carpintero, que es el Hijo de Dios hecho hombre, que vino hace dos mil años y que nos ha prometido que vendrá de nuevo al final de la historia humana, al final de nuestra propia historia personal, para llevar la historia a su plenitud, para llevarnos a nosotros hasta la meta", señaló en una carta enviada a ACI Prensa el 24 de noviembre.
    En ese sentido, invitó a los fieles a prepararse continuamente porque "no sabemos el día ni la hora, (pero) sabemos que Él tiene que venir y nos tomará consigo para llevarnos a la casa del Padre, para llevarnos al cielo".
    Mons. Fernández afirmó que al cristiano "no le asustan las señales que va encontrando en el camino, que le van indicando por dónde se va y le van anunciando que ya falta menos para la meta. La vida presente es muy amable, pero la vida futura es más amable todavía".
    "Cuando santa Teresita, cercana a su muerte, amaneció un día y constató que había tenido un vómito de sangre como síntoma inequívoco de su tuberculosis, no se deprimió pensando que le llegaba la muerte. Su reacción espontánea fue: ‘¡Ya llega el Esposo, tanto tiempo esperado!’", recordó.
    El Obispo de Córdoba dijo que si bien "la muerte supone un desgarrón y una ruptura", es para el creyente el "paso al encuentro definitivo con Aquel a quien esperamos. La muerte no es el final del camino, sino el cambio de domicilio, para vivir una vida más plena y mejor".
    "El Señor vino como el esperado de los siglos. Para mucha gente todavía hoy Jesucristo es un desconocido, y el adviento puede ser una ocasión para el primer encuentro. Para otros muchos, que se han alejado de su presencia, el adviento puede suponer una vuelta y una conversión. Para todos, es una invitación a poner a punto nuestra vida, a prepararnos para esa venida tan esperada", afirmó.
    Mons. Fernández indicó que el Adviento "nos recuerda aquella primera venida en la historia, que vamos a celebrar en la Navidad. Por eso, también nos preparamos a las fiestas de Navidad que se acercan. Y en la espera de esta venida del Señor, el Señor nos sale al encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento para decirnos su amor y despertar en nosotros el deseo de su venida".