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lunes, 18 de agosto de 2014

Catorce herencias que cambiaron el mundo. Primera Guerra Mundial.

Catorce herencias que cambiaron el mundo

El mundo cambió radicalmente después de la Gran Guerra. Cayeron los valores tradicionales y aparecieron movimientos alternativos como el pacifismo o el feminismo. Se desarrollaron las las armas químicas y la cirugía estética. Cuatro imperios desaparecieron para dar lugar a las grandes transformaciones europeas


La agricultura en Francia durante la Gran Guerra recayó sobre las mujeres. / CORBIS

1. La guerra se vuelve tecnológica

La guerra que tenía que servir para acabar con todas las guerras fue en realidad el comienzo de todos los conflictos modernos, el arranque de las "tempestades de acero" que describió Ernst Jünger. El historiador Max Hastings lo relata con precisión en su libro 1914. El año de la catástrofecuando narra cómo los soldados franceses, vestidos con sus colores brillantes, avanzaban hacia el fuego enemigo bajo la música de tambores y clarines. "Las consecuencias fueron evidentes", escribe Hastings. "El 22 de agosto el Ejército francés sufrió bajas en una escala nunca superada por ningún otro ejército en una guerra".
Con la I Guerra Mundial, la revolución técnica llegó a los campos de batalla y cambió para siempre la forma en que se enfrentaban los Ejércitos. La tecnología se convirtió en un elemento esencial en el arte de la guerra. Se podría argumentar que ya lo había sido a lo largo de la historia (¿Se hubiese producido la Conquista de América sin la pólvora? ¿Roma hubiese conquistado el mundo conocido sin la superior organización de sus Ejércitos?); pero nunca fue tan importante y, sobre todo, tan destructiva aunque muchos militares tardaron demasiadas batallas y bajas en reconocerlo. Adam Hochschild describe en su ensayo sobre el conflicto Para acabar con todas las guerras cómo fueron entrando esas novedades en el campo de batalla: el submarino y los bombardeos aéreos de civiles, el carro de combate (pesaba 28 toneladas y avanzaba a tres kilómetros por hora), los ataques con gases tóxicos… Pero, por encima de todo, la innovación más importante fueron las alambradas de espino, el arma definitiva y también la más sencilla, que permitió que la guerra se estancase en las trincheras.
Douglas Haig, el discutido jefe de las fuerzas británicas en Francia, escribió con indudable lucidez al final del conflicto: "Algunos entusiastas de ahora profetizan que el avión, el carro de combate y el automóvil reemplazarán al caballo en las guerras del futuro pero yo creo que es probable que, en el futuro, el valor y las oportunidades del caballo sean tan grandes como siempre. Los aviones y los carros de combate solo son accesorios para el hombre y el caballo". Como tantas otras veces, no podía estar más equivocado. Guillermo Altares (El País)

2. Las armas químicas en Europa

Los intentos de limitar las armas químicas con la Conferencia de Bruselasen 1874 y el Convenio de La Haya en 1899 no sirvieron para nada. Entre 1914 y 1918, los ingleses, los alemanes y los franceses recurrieron al uso de sustancias tóxicas, a veces mortales, en el campo de batalla.
Ya en otoño de 1914, los frenceses emplearon gas lacrimógeno que arrojaban a las trincheras enemigas. En abril de 1915, los alemanes, con una industria química más desarrollada que sus adversarios, esparcieron sustancias cloradas con ayuda de unas garrafas cuyo contenido se propagaba con la ayuda del viento. La escalada continuó con el uso de obuses cargados de gases nuevos como el fosgeno, más tóxico que las moléculas anteriores. En julio de 1917, los alemanes fueron más allá con el gas mostaza, también conocido como yperita, por el nombre de la ciudad (Ypres) en la que se utilizó por primera vez. Se trata de una molécula que no ataca solo las vías respiratorias sino también los ojos y la piel. Además, en las zonas por las que se ha propagado, el gas persiste y crea complicaciones para los combatientes.

Las armas químicas se convirtieron en un símbolo, pero su papel estratégico y militar no fue tan importante"
Olivier Lepick, autor de La Grande guerre chimique
"Pese a todo, el número de víctimas de las armas químicas, menos de 500.000, es limitado en relación con el número total", afirma Olivier Lepick, autor de La Grande guerre chimique (PUF, 1998). "Las armas químicas dejaron huella en el ánimo y se convirtieron en un símbolo de la guerra, pero su papel estratégico y militar no fue tan importante". Tras el conflicto, se firmaron nuevos acuerdos para prohibir su uso, en especial el Protocolo de Ginebra de 1925, pero que no preveía ningún método de control. Para eso hubo que esperar al acuerdo firmado por Naciones Unidas en 1993, que, además de declarar ilegales alrededor de 40 moléculas, crea un cuerpo de inspectores, la Organización para la Prohibición de Armas Químicas, que en 2013 recibió el Premio Nobel de la Paz. David Larousserie (Le Monde)

3. La transformación de Oriente Próximo

La Primera Guerra Mundial y los tratados que la siguieron transformaron el mapa de Oriente Próximo al crear nuevos Estados y nuevas realidades políticas en el territorio del derrotado imperio otomano. La rivalidad entre Gran Bretaña y Francia, la expansión del nacionalismo árabe, las ambiciones sionistas en Palestina y el nacimiento de la Turquía moderna cambiaron la faz de la región. Una de las ironías más formidables de la historia es que las líneas que se trazaron en las arenas de la guerra están empezando a difuminarse un siglo después.
El acuerdo Sykes-Picot de 1916 dividió en secreto los antiguos territorios otomanos en zonas de influencia británica y francesa. El sistema de mandatos creado por la Liga de Naciones en el periodo de entreguerras solo prometió llegar a un autogobierno, no a la independencia inmediata por la que Sharif Hussein había lanzado desde La Meca una revuelta en el desierto contra los turcos, con la ayuda del coronel T. E. Lawrence ("de Arabia"). Y, en otro ejemplo de promesas contradictorias, la Declaración Balfour de 1917 ofreció el apoyo del Reino Unido a la creación de un "hogar nacional" para los judíos en Tierra Santa, y así sentó las bases para el nacimiento de Israel y el conflicto más difícil de resolver del mundo contemporáneo. Desde entonces, los historiadores no dejan de discutir sobre este enredo diplomático y sus funestas repercusiones.

Los mayores perdedores de la lotería de la posguerra en Oriente Próximo fueron los kurdos
Las diferencias étnicas, sectarias y tribales importaban poco a los encargados de diseñar el mapa en la era colonial. Irak se formó mediante la fusión de tres provincias otomanas, dominadas respectivamente por loschiíes, los suníes y los kurdos. Además, quedó separado de Kuwait, un dato que posteriormente daría pie a conflictos. Su rey era hachemita, procedía de la Península Arábiga y había sido expulsado de Siria; también lo era el rey de la vecina Jordania, nacida de un plumazo deWinston Churchill después de un almuerzo empapado en alcohol, celebrado en El Cairo en 1921. Líbano se arrancó a la "Gran Siria" con el propósito de establecer un hogar para los cristianos cuyo apoyo reforzaría la influencia de Francia.
Los mayores perdedores de la lotería de la posguerra en Oriente Próximo fueron los kurdos. Hoy, este pueblo, que aún carece de Estado, al menos disfruta de un gran grado de autonomía regional, además de una paz relativa, en el Estado federal de Irak, mientras que sus compatriotas en Siria controlan áreas a las que no llegan las fuerzas de Bashar el Asad. La propia idea del nacionalismo árabe está en peligro, por culpa de los extremistas sectarios que apelan al islam para crear un nuevo califato (abolido por los turcos recién secularizados en 1922). Entre los enemigos de El Asad se encuentra un grupo yihadista vinculado a Al Qaeda. Su nombre en árabe es "El Estado Islámico en Irak y al Sham (Siria y Líbano)", una eliminación deliberada de las fronteras posteriores a la Primera Guerra Mundial. Ian Black (The Guardian)

4. La guerra y el movimiento obrero

Para el movimiento obrero y socialista europeo, así como para el incipiente movimiento sindical, el estallido de la Primera Guerra Mundial representa un golpe terrible. A pesar de la gran fuerza organizada de países como Alemania, Gran Bretaña y Francia, las direcciones de los partidos socialistas y socialdemócratas no acaban de movilizarse contra la guerra en el fatídico verano de 1914; la Internacional se hace añicos. Los partidos y las primeras organizaciones sindicales (con la excepción inicial de Italia, que conserva su neutralidad hasta mayo de 1915 y donde los socialistas mayoritarios seguirán oponiéndose a la guerra) se ven absorbidos en el esfuerzo productivo y bélico. Durante mucho tiempo, los obreros de las grandes industrias —en especial los obreros especializados, decisivos para la producción de maquinarias y armas indispensables para alimentar la monstruosa guerra de materiales en el frente— no solo están exentos de llenar las filas de un ejército que está formado en casi todas partes por campesinos, sino que además gozan de condiciones salariales y alimentarias especialmente favorables. A cambio, se prohíben las huelgas y los sectores estratégicos quedan sometidos a la disciplina militar.

Los partidos y las primeras organizaciones sindicales se ven absorbidos en el esfuerzo productivo y bélico
Pero la guerra, año tras año, destruye vidas y recursos: al tiempo que, en el frente, la situación militar parece estancada, empeoran gradualmente el abastecimiento de comida, el nivel de vida de las poblaciones civiles y las condiciones de los obreros en la fábrica. A partir de 1916, en los partidos socialistas, las facciones minoritarias empiezan a entablar un diálogo para buscar una solución pacífica al conflicto, mientras que en Rusiaestalla la Revolución de febrero y después octubre de 1917. La situación cambia por completo: la presión política y social revolucionaria, la imposibilidad de sostener el sacrificio y el deseo desesperado de paz revitalizan y transforman de manera radical los partidos y las organizaciones sindicales de todos los países beligerantes. El fin del conflicto, en noviembre de 1918, deja como legado histórico un movimiento sindical europeo agresivo y organizado. Roberto Giovannini (La Stampa)

5. El gas venenoso

En verano de 2013 se podía sentir. Las imágenes de los niños muertos en Damasco. La indignación en la voz del presidente de Estados Unidos,Barak Obama. Habló de una "línea roja", y no se trataba de las meras cifras de muertos, sino de un tabú moral. Hoy día, la utilización de gas tóxico como arma de guerra es considerada universalmente un crimen, porque el recuerdo de 1915 —de un cruel experimento con horribles derivaciones— sigue vivo.
La prueba comenzó el 22 de abril de ese año. Los soldados alemanes, atrincherados cerca de la ciudad belga de Ypres, abrieron casi 6.000 recipientes de acero con cloro líquido. El viento transportó el gas, 2,5 veces más pesado que el aire, hasta sus enemigos británicos sobre un frente de unos seis kilómetros de ancho. El gas, que dañaba los pulmones, cogió desprevenidos a los soldados británicos. Mató a 3.000 de ellos. Poco después, todas las partes beligerantes lo empleaban: flotaba viscoso sobre los campos de batalla, provocaba la creación de zonas de restricción, causó lesiones a más de un millón de personas y mató a 70.000.


Un lancero alemán protegido con máscara de gas en marzo de 1917. / CORBIS
Una característica del gas tóxico, que hizo que finalmente fuese prohibido por el Derecho Internacional en 1925, es su crueldad: el 10 de julio de 1917, las tropas alemanas lanzaron por primera vez el agente "cruz azul", que atravesaba los filtros de las máscaras de gas y obligaba a quitárselas por la insoportable irritación que producía. Su apodo: rompemáscaras.
La segunda característica es que mata sin distinción. Es imposible alcanzar a un objetivo preciso. Mata a los soldados exactamente igual que a los civiles o a los niños. Ronen Steinke (Süddeutsche Zeitung)

6. Desarrollo de la cirugía

La cirugía se ha desarrollado en gran parte gracias a lo que ha ido aprendiendo en las guerras. La Primera Guerra Mundial no fue ninguna excepción, pero, cuando estalló, era un arte que acababa de entrar en la modernidad. Hubo que esperar a la Segunda Guerra Mundial para que llegasen los antibióticos capaces de curar e incluso prevenir infecciones que hasta entonces dejaban impotentes a los cirujanos, así como para la implantación de las técnicas de reanimación. Sin embargo, durante la Gran Guerra, y sobre todo inmediatamente después, los hospitales civiles y militares fueron escenario de una cirugía experimental.
En aquel conflicto, la utilización de armas nuevas, en particular los bombardeos masivos y los gases de combate, transformó la situación. La guerra de posiciones y las trincheras provocaron un aumento de las heridas en la cabeza y el rostro, las partes más expuestas a los disparos enemigos. Muchos combatientes salieron vivos pero lisiados, mutilados, desfigurados. Eran los gueules cassées (los caras rotas), según la expresión acuñada en Francia por el coronel Yves Picot, primer presidente de la Unión de heridos en el rostro y la cabeza, fundada en 1921.
Al acabar la Primera Guerra Mundial, Francia tenía alrededor de 6,5 millones de inválidos de guerra. Los cirujanos de los países implicados tuvieron que enfrentarse a una avalancha de gueules cassées, a los que trataron de devolver un rostro humano y mitigar su calvario en el momento de la vuelta a la vida civil. Faltaba carne, faltaba hueso, así que hubo que hacer injertos, una técnica que se desarrolló a tientas, igual que lo hizo, en la misma época y por las mismas razones, la transfusión sanguínea. Y junto a los injertos óseos o cutáneos, también empezaron a utilizarse prótesis y aparatos que parecían más instrumentos de tortura, sin lograr siempre, ni mucho menos, hacer milagros. Paul Benkimoun (Le Monde)

7. "Tu país te necesita"

"Tu país te necesita". Cuando en septiembre de 1914 los británicos comenzaron a ver este lema en carteles pegados por las calles de todo el país todavía no se habían apagado los ecos de los vítores, las canciones patrióticas y las marchas militares que resonaron en la estación Victoria de Londres como despedida a los soldados que marchaban al continente para luchar contra los soldados del Kaiser Guillermo II. Similares escenas se produjeron en París y Berlín. En la opinión pública europea estaba instalada la idea de que la guerra sería corta. A los sumo, unas pocas batallas, decisivas eso sí y naturalmente ganadas por el propio bando. Y luego todos a casa. La guerra era cosa de caballeros y las noticias de las sucesivas victorias de las tropas imperiales en lugares remotos de la geografía mundial multiplicaban esa idea romántica del riesgo y la muerte heroica.
Pero esa guerra, “la Gran Guerra”, se llevaría muchas cosas por delante. Apenas un mes después Lord Kitchener, secretario de Estado de Guerra, supo que ni la guerra sería corta, ni el problema serían la falta de balas, sino la falta de combatientes. Que una cosa era luchar contra ejércitos indígenas, o muy por detrás en términos de tecnología bélica, y otra contra un Ejército moderno extremadamente entrenado y dirigido por una selecta élite militar y militarista. "Esto no es la guerra, esto es el fin del mundo", escribía un muchacho de un regimiento británico de la India a su padre. Hacían falta hombres y urgentemente. Y es que con el nuevo armamento los muertos diarios no se contabilizaban por decenas sino por miles. Francia tenía ejércitos de leva prácticamente desde la Revolución, Alemania desde 1870, Rusia desde 1905. Millones de hombres disponibles, si no para luchar, al menos si para ser enviados al frente. Pero Reino Unido jamás en su historia, al menos desde la existencia de señores feudales, había recurrido al reclutamiento forzoso.

Sirvieron y murieron juntos. Muchos pueblos vieron como en una tarde morían casi todos sus hombres jóvenes
La respuesta al "Tu país te necesita" fue entusiasta. Cientos de miles de personas se apuntaron y se aplicó la regla de "quienes se alistan juntos, combaten juntos". Fueron destinados, o formaron los mismos batallones, que se autodenominaban "colegas" y "camaradas". Así se formaron por ejemplo el Batallón de Camaradas de Liverpool, formado principalmente por corredores de comercio de la city de esa ciudad inglesa, o los Colegas de Accrington o los Camaradas de Oldham, en referencia a sus localidades. Pero el índice de mortalidad en el campo de batalla era de una crueldad jamás vista en la historia de la humanidad. Se apuntaron juntos, sirvieron juntos y murieron juntos. Muchos pueblos vieron como en una tarde morían casi todos sus hombres jóvenes.
La guerra se enfangó. Literalmente. Los primeros aviadores que surcaban los cielos de Europa veían una cicatriz negra que durante cientos de kilómetros rompía el verde los campos. Una línea de frente que prácticamente durante dos años permaneció invariable. Lo único que cambiaba eran los hombres que ocupaban las trincheras. Nuevas remesas que reemplazaban sin cesar a los muertos y heridos. En marzo de 1916 Reino Unido adoptó una decisión drástica. Por primera vez en su historia, todos los hombres solteros de entre 18 y 41 años fueron reclutados con la excepción de religiosos, profesores, algunos profesionales metalúrgicos y los declarados incapaces. Si alguno se casó para evitar el frente, erró en su decisión. En mayo la medida afectaba también a los casados.
El reclutamiento obligatorio, y las causas que lo provocaban, dio una nueva perspectiva a la idea de la guerra. Unas 200.000 personas se manifestaron en el centro de Londres. En Francia, que sólo en los primeros meses de la contienda perdió 300.000 hombres fue causa de extendidos motines en 1917 que hicieron tambalearse el frente. En Rusia, la presencia de reclutas en San Petersburgo durante los disturbios de febrero de ese mismo año fue decisiva en la caída del zar Nicolás II.

“Tu país te necesita” se convirtió en un símbolo de sacrificio que los civiles británicos pagaron creces
Los conscriptos británicos tuvieron su bautismo de fuego apenas semanas después de ingresar a filas. Ataviados con sus ropajes en los que no había ninguna protección excepto un casco plato fueron lanzados a la batalla de Somme, el 1 de julio de 1916 y durante los meses siguientes protagonizaron lo que constituye la mayor tragedia militar de Reino Unido en el siglo XX y en toda su historia. Los muertos británicos ascendieron a 419.654. El entusiasmo había dado paso al desengaño y este al horror.
La guerra no cesó en su demanda de combatientes. En los últimos meses de la guerra el Gobierno amplió la edad de reclutamiento a los 51 años y lo mantuvo hasta 1920. Acabada la contienda en 1918 el Ejército profesional estaba tan diezmado que era imposible mantener el imperio si los reclutas forzosos volvían a la vida civil. "Tu país te necesita" se convirtió en un símbolo de sacrificio que los civiles británicos pagaron creces. Jorge Marirrodriga (El País)

8. La emancipación de la mujer

Una de las consecuencias de la Primera Guerra Mundial fue la emancipación de la mujer: este es uno de los clichés que distorsionan en numerosos relatos la realidad del conflicto.
Es una cuestión que los historiadores siguen debatiendo. No cabe duda de que, durante la guerra, las mujeres se ocuparon de tareas que antes habían sido fundamentalmente masculinas, no cabe duda de que obtuvieron derechos políticos más importantes en varios países como el Reino Unido, no cabe duda de que ciertas modas como él estilo à la garçonne representaron una liberación de los códigos femeninos tradicionales. Pero en realidad, el trabajo femenino ya estaba aumentando antes de 1914, y, al terminar la guerra, muchas mujeres regresaron a sus tareas anteriores.
La feminización del trabajo fue limitada y dependía de los sectores. Se incrementó en el comercio, las profesiones liberales y la banca. Por otro lado, a la mujer se le negaban todavía muchos derechos. (En Francia no pudo votar hasta 1944, mientras que en Alemania lo hizo en 1919 y en el Reino Unido obtuvo el derecho al voto en 1918 para las mayores de 30 años y en 1928 a los 21, igual que los hombres.) Y, sobre todo, las formas de emancipación de los papeles tradicionales solían ser muy limitadas, social y cuantitativamente. Varios estudios recientes destacan este periodo como una etapa de transición que prepara el terreno para las evoluciones posteriores. Nicolas Offenstadt (Le Monde)

9. Los aristócratas y la guerra

Los hijos de las clases altas británicas que tuvieron la suerte de sobrevivir a la Primera Guerra Mundial se encontraron a su regreso un país en plena transformación, en el que ya no tenían su sitio automáticamente garantizado.
La reducción de su número —hasta finales de 1917, los aristócratas sufrieron proporcionalmente más bajas en combate que ninguna otra clase social— hacía que recuperar el statu quo anterior a la guerra fuera físicamente imposible.
"Después de la guerra se encontraron con que faltaban los herederos: yacían en los campos de Flandes", dice Joanna Bourke, profesora de historia en Birbeck College, Londres. "El efecto fue devastador: murió el hijo del primer ministro, los hijos de varios miembros del gobierno, y eso significó que, en la inmediata posguerra, los pupilos que en el orden natural de las cosas habrían llegado a ser los nuevos dirigentes —sobre todo en política y en los negocios— habían desaparecido".
Pero no solo habían disminuido enormemente los miembros varones de las clases altas; también había mucha menos gente dispuesta a servir a sus familias como lo habían hecho durante cientos de años.

Se deslegitimó toda la estructura que mantenía el estilo de vida de la clase media alta”
Joanna Bourke, profesora de historia en Birbeck College
Muchas mujeres a las que la guerra obligó a dejar el servicio doméstico para incorporarse a las fábricas se negaron a renunciar a su nueva independencia. "Se deslegitimó toda la estructura que mantenía el estilo de vida de la clase media alta", explica Bourke.
"Hasta entonces, los criados de los hogares de clase media alta eran personas con una tradición familiar de trabajar allí. Cuando alguien se iba, la cocinera recomendaba a su sobrina. Pero eso dejó de ser así, y entonces se produjo una auténtica crisis de la mano de obra necesaria para mantener esa forma de vida".
El declive de las clases altas se aceleró aún más con la aprobación, en junio de 1917, de la Ley de Representación Popular, que otorgó el voto a cinco millones más de hombres y a casi nueve millones de mujeres.
La ampliación del derecho al voto, unida a la expansión del sindicalismo, dio a las clases trabajadoras una mayor representación social y, con ella, la libertad de desafiar el poder de los partidos establecidos y poner en tela de juicio la capacidad y la prudencia de quienes habían enviado a tantos soldados a la muerte.
Pero quizá el mayor presagio de la decadencia de la aristocracia surgió en el barro y la sangre del Frente Occidental, cuando se vio que la institución encargada de proteger el modo de vida británico tradicional se había convertido a su pesar en el instrumento de su disolución.
La introducción de la leva obligatoria en 1916 transformó un ejército profesional en un ejército de civiles, y llenó sus filas de hombres de clase media cuyas madres y cuyos padres ocupaban puestos importantes en la sociedad y exigían que los sacrificios de sus hijos no fueran en vano. También significó el ascenso de nuevos oficiales de origen humilde, que, como tantos miles de mujeres en la retaguardia, no estaban dispuestos a renunciar a la posibildiad de mejora social que les había deparado la guerra.
Como dice Bourke: "Esos combatientes regresaron —algunos, con medallas—, sin ningún deseo de volver a ser tenderos". Sam Jones (The Guardian)

10. El cine de propaganda

En una conversación con el filósofo Bogdanov, en 1907, Lenin habla del cine como “uno de los medios más importantes de instrucción de las masas”. En Italia, en 1922, Mussolini declara que el cine es "el arma más fuerte del Estado", y en 1936 pone la primera piedra para la construcción de Cinecittà. Bastarían estas dos proclamas para dar fe del vínculo existente, desde sus albores, entre la gran pantalla y la propaganda. Solo en Estados Unidos, donde David W. Griffith había rodado en 1914 El nacimiento de una nación, sobre la fundación del país, se produjeron entre 1915 y 1918 2.500 películas. Y durante la Gran Guerra, la mayor parte de la producción norteamericana y europea, tanto de noticiarios como de filmes de ficción, tuvo fines propagandísticos.


Fotograma de la película 'Armas al hombro' de Charles Chaplin en 1918. / IMDB
En Civilización (1916), Thomas H. Ince lanzaba, entre metáfora y fantasía política, un grito en favor de la paz. En Francia, en 1919, Abel Gance transmitía un poderoso mensaje antibélico en J’accuse, subrayado por el final de la película, en el que las jóvenes víctimas de la guerra se despiertan para reprochar a los vivos lo inútil de su sacrificio. En Italia, en la estela del éxito obtenido por Cabiria, de Giovanni Pastrone, Maciste alpino, de Luigi Romano Borgnetto y Luigi Maggi (1916), exalta los valores de la batalla y empuja al público a identificarse con el héroe protagonista. Pero la joya de la época, rodada en 1918, es Armas al hombro, de Charles Chaplin, que ilustra, suspendidos entre la ligereza y la tragedia, los horrores de la vida en el frente.
Muchos años después, cuando el cine de propaganda se haya convertido ya, tanto en la U.R.S.S. como en la Alemania nazi, en la Italia fascista como en Estados Unidos, en instrumento fundamental para orientar las conciencias, será de nuevo Charles Chaplin quien, con El gran dictador, demostrará que, al tiempo que se hace reír, es posible lanzar el más antibelicista de los mensajes. Fulvia Caprara (La Stampa)

11. El Sillon, antepasado de la democracia

La dimensión de la catástrofe que fue la Primera Guerra Mundial empujó a numerosos intelectuales y políticos franceses a alzarse en nombre de un lema: "Nunca más". Entre ellos destacaba un personaje, Marc Sangnier, que había fundado el Sillon a finales del siglo XIX. Esta corriente del cristianismo social proponía la reconciliación entre Iglesia y República, una tercera vía entre el capitalismo y el socialismo. Sangnier, como Jean Jaurès, fue enemigo acérrimo de los católicos monárquicos de Charles Maurras. Movilizado durante el conflicto como teniente de ingenieros, Sangnier recibió de Aristide Briand en 1916 el encargo de ir a ver al Papa encabezando una misión de paz, que fracasó. Terminó la guerra con el grado de comandante y condecorado con la Legión de Honor y la Cruz de Guerra.
Entre 1919 y 1924, Sangnier fue diputado. Se ganó el sarcasmo de sus colegas al proponer una colaboración internacional que no excluyera ni a Rusia ni a Alemania para restaurar Europa. Los miembros de la izquierda y la extrema izquierda eran los únicos que aplaudían a este curioso cristiano, pacifista radical y visionario, elegido en las filas de la derecha moderada pero al que los conservadores calificaban de "bolchevique cristiano". Su idea era organizar "la paz a través de la juventud", mediante los cauces de la internacional democrática. Esta última celebró varios congresos internacionales, el más numeroso el de Bierville, en 1926, que congregó a más de 5.000 participantes de 33 naciones, la mitad de ellos alemanes.
Cuando falleció Marc Sangnier, en 1950, las ideas que había defendido ocupaban el poder encarnadas en la democracia cristiana en Francia, Alemania e Italia. La idea europea que culminaría en el tratado de Roma en 1957 había empezado a andar. Michel Lefèbvre (Le Monde)

12. Los nuevos países en Europa

El fin del año 1918 reorganizó radicalmente el mapa de Europa central y del Este. En lugar de las tres potencias —Alemania, Rusia y el Imperio austrohúngaro— surgieron algunos países nuevos (o resucitados después de siglos). Los países de reciente creación eran pobres y estaban enemistados y cuidadosamente separados por los cordones de fronteras y aduanas. Fue una época de nacionalismos triunfantes. Tuvieron mala suerte aquellos que, como los ucranios, no fueron capaces de luchar por su país porque los rivales resultaron ser más fuertes.
Cuando en septiembre de 1918 el Imperio austrohúngaro intentó por su cuenta establecer contacto con las potencias occidentales y pedir el alto el fuego, el gobierno de Estados Unidos, la mayor potencia a la que la guerra no agotó, respondió que su posición ya la había expuesto el presidente Woodrow en los "14 puntos" en enero de 1918. Aparte de exigir la conclusión manifiesta de los acuerdos internacionales, la libre navegación en alta mar y la supresión de barreras en el comercio internacional, abordaban también las nuevas fronteras en Europa, basadas en los principios étnicos, así como el renacimiento de Polonia.

Las naciones de Europa central muchas veces se entremezclaban y reclamaban los mismos territorios
Durante la conferencia de Versalles, en 1919, el postulado de las "fronteras basadas en principios étnicos", resultó ser no solo utópico, sino que se convirtió en el foco de muchos conflictos. Las naciones de Europa central muchas veces se entremezclaban y a menudo reclamaban los mismos territorios. Cualquier resolución tomada por las grandes potencias originaba protestas diplomáticas y, a menudo, también conflictos armados.
El país de nueva creación más grande fue Polonia, renacida después de 123 años de ocupación. Ganó sus fronteras después de una serie de conflictos armados con Alemania, LetoniaUcrania, Checoslovaquia y la gran guerra con la Rusia roja. En 1923, cuando por fin se acordaron las fronteras de Polonia, la república mantenía relaciones medianamente amistosas con solo dos países vecinos, la diminuta Letonia, al norte, y la alejada Rumanía al sur. Esta situación iba a tener en breve malas consecuencias. Adam Leszczyński (Gazeta Wyborcza)

13. La economía planificada

Antes de que la URSS impusiera la economía planificada a la mitad de Europa, la inventaron los alemanes. Las primeras leyes que limitaban la libertad económica se introdujeron el 3 de agosto de 1914. El Estado fue asumiendo sucesivamente el control sobre los ahorros de los ciudadanos, el comercio exterior, la producción y la venta de productos alimenticios, estableció los precios máximos de distintos bienes e introdujo las "asociaciones de materias primas", que dirigían la distribución de las escasas materias primas de acuerdo con las necesidades de la economía de guerra.
En noviembre de 1916 se creó la Oficina de Planificación y se introdujo la movilización total de los recursos y de la mano de obra. La industria se organizó en 170 "sociedades de guerra", basadas en las antiguas asociaciones sectoriales. El programa detuvo la caída de la producción para el Ejército, aunque la industria de productos de consumo y la agricultura seguían reduciéndose. Los precios de los alimentos básicos se multiplicaron por ocho durante la guerra y millones de alemanes tuvieron que pasar hambre; las raciones eran de 700–900 calorías al día.
Los que vivieron esa época tenían claro que la movilización militar de Alemania fue un logro importante. La movilización impresionó a los bolcheviques, que por aquel entonces estaban a la espera de hacerse con el poder en Rusia. Cuando Lenin tomó el poder en 1918, introdujo en Rusia el "comunismo militar", una economía basada en la nacionalización universal, las requisiciones y las expoliaciones. Esta economía les dio a los bolcheviques el control sobre la vida económica, así como los recursos necesarios para ganar la guerra civil, pero trajo también el desplome del nivel de vida, la miseria generalizada y la destrucción de la capacidad productiva.

La economía planificada gustaba a políticos y periodistas con puntos de vista políticos muy dispares
A comienzos de la década de 1920, los comunistas rusos anunciaron la "Nueva Política Económica" y asumieron un compromiso con el mercado, al cual dejaron una gran parte de la producción de bienes de consumo.
La economía planificada gustaba a políticos y periodistas con puntos de vista políticos muy dispares. En el período de entreguerras, sacudido por la hiperinflación y por la Gran Depresión, la creencia general era que el capitalismo era el origen del caos y asignaba las fuerzas productivas de manera inefectiva. Tanto la extrema izquierda como la extrema derecha creían que el capitalismo favorecía el enriquecimiento de unos pocos y la pobreza de las masas, y que la economía planificada permitía igualar los ingresos y fomentaba una mayor solidaridad social. Después de la Gran Depresión, se experimentó con distintas formas de planificación económica en muchos países europeos, no solo en los regímenes totalitarios de Alemania y Rusia, sino también en Polonia. Adam Leszczyński (Gazeta Wyborcza)

Los libros de la Gran Guerra 1914-1918.

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Cien años después

Los libros de la Gran Guerra

Cantidad de novelas, crónicas y ensayos nacieron del dolor de las trincheras; en el centenario del primer conflicto bélico mundial, la vigencia de obras fundamentales, que vuelven a editarse
Por   | Para LA NACION
El escritor Ivo Andric afirmó en Un puente sobre el Drina que el verano de 1914 fue "un período situado en el límite de dos épocas de la historia de la humanidad". En más de un ensayo, Virginia Woolf localizó en la misma fecha la frontera entre el pasado y lo contemporáneo. "La razón murió en 1914 -escribió Louis-Ferdinand Céline en Norte-, desde entonces es el fin, todo anda mal." Arnold Hauser propuso que el siglo XX había empezado en 1914, mientras que para Eric Hobsbawn aquel año marcó el inicio de la "era de las catástrofes", prolongada hasta 1991.
No caben dudas, a estas alturas, del poderoso simbolismo de 1914, principalmente a causa de las mutaciones causadas por la Primera Guerra Mundial, que marcó un corte drástico en el mapa político y en el imaginario de lo bélico, y que dejó más de diez millones de muertos entre civiles y soldados.
La hipótesis de muchos estudiosos de las vanguardias de inicios del siglo XX es que la "vitalidad" del arte nuevo anticipaba el belicismo por el que se pronunció buena parte de los artistas tan pronto como se desató la contienda. Se trata menos de quienes fueron entonces pacifistas (Hermann Hesse, George Bernard Shaw) que de quienes, a grandes rasgos (por vocación o fatalidad), se acercaron al "militarismo". No es casual, según esta perspectiva, que Marinetti en su manifiesto futurista escribiera: "Queremos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, el paso gimnástico, el salto peligroso, la bofetada y el puñetazo", ni que en muchos cuadros que el expresionista Ludwig Meidner pintó entre 1912 y 1913 se anticipara un paisaje de ciudades destruidas y bombardeadas.

BAJO EL INFLUJO DEL COMBATE

Civilisation (Civilización, 1918) de Georges Duhamel, The Secret Battle (La batalla secreta, 1919) de A. P. Herbert, Las aventuras del buen soldado Svejk (1920-1923) de Jaroslav Hasek, Tres soldados (1921) de John Dos Passos, El bosque de los ahorcados (1922) de Liviu Rebreanu, ¡Viva Caporetto! (1921-1923) de Curzio Malaparte, La paga del soldado (1926) de William Faulkner, El final del desfile (1924-1928), de Ford Madox Ford, Adiós a todo eso (1929) de Robert Graves, La muerte del héroe (1929) de Richard Aldington, Johnny cogió su fusil (1939) de Dalton Trumbo son solamente algunas de las muchas obras literarias que nacieron bajo el influjo de la también llamada Gran Guerra.
El efecto fue tan potente que incluso personajes ya existentes fueron llevados a la línea de combate, como en el caso de Tarzán (Tarzan the Untamed, 1919) o del relato "His Last Bow" que Conan Doyle publicó a fines de 1917 y en el que Sherlock Holmes se las veía con un agente alemán apellidado Von Bork.
De las numerosas novelas escritas como respuesta al conflicto, una de las primeras y más influyentes fue, sin duda alguna, El fuego (1916) del francés Henri Barbusse, que obtuvo el premio Goncourt y llegó a traducirse a más de veinte idiomas. Barbusse tenía 41 años y ya había publicado El infierno, otra de sus obras maestras, cuando se alistó voluntariamente. A pesar de su mala condición física, llegó a guerrear hasta fines de 1915. El fuego muestra el extraordinario poder evocativo de Barbusse, que describe así a un "batallón mutilado" tras varios días en las primeras líneas:
Los uniformes de estos supervivientes han quedado uniformemente amarillentos por la tierra; se diría que van vestidos de caqui. La tela está rígida por el barro ocre que se ha secado encima; los faldones de los capotes son como láminas de plancha que golpean la corteza amarilla que recubre sus rodillas. Los rostros están demacrados, tiznados de carbón, y los ojos aparecen vacíos y febriles.

BEST-SELLER INTERNACIONAL

Inspirado en El fuego, el gran best-seller mundial de la Gran Guerra fue Sin novedad en el frente de Erich-Maria Remarque, seudónimo del alemán Erich Paul Remark.
La novela de Remarque fue la obra más destacada (o, al menos, la más visible) de un boom de libros consagrados a la guerra que salieron a la luz entre fines de los años 20 y principios de los 30, entre ellos Undertones of War (1928) de Edmund Blunden, El soldado Subren (1928) de Georg von der Vring o Testament of Youth (1933) de Vera Brittain, todos marcados por el "desencanto" y la certeza de que una generación había sido sacrificada, muchos de ellos (una de las características salientes de estos libros de la guerra) mezclando con gran libertad recuerdos personales, ficción y reflexión.
El estreno de la adaptación al cine de Sin novedad en el frente, en 1930, fue interrumpido en Alemania por grupos nazis. El libro fue quemado en el auto de fe de 1933. Un año antes, Remarque se había exiliado en Suiza.

OTRAS VOCES

Publicada meses después del libro de Remarque, la novela Parte de guerra (1930) de Edlef Köppen fue vista como una obra "antialemana" durante el nazismo, el mismo régimen que cerró en 1933 el museo contra la guerra (fundado en 1924 por Ernst Friedrich), buscó borrar los rastros del pacifismo y les quitó la nacionalidad alemana a escritores como Fritz von Unruh, quien en Camino del sacrificio reflejaba su experiencia pesadillesca en Verdún, la que Maurice Genevoix bautizó "batalla símbolo de toda la guerra".
La de Köppen es una de las tantas obras literarias que en los últimos años se han reeditado o rescatado en Europa al influjo del centenario de la guerra. En la larga lista se destacan El miedo de Gabriel Chevallier (historia de un soldado raso que no desea combatir), Hombres en guerra del húngaro Andreas Latzko (una de las novelas que, frente a la guerra, enarbola la bandera de la revolución internacionalista), el ciclo La rueda roja del ruso Alexander Solyenitzin (especialmente Agosto 1914, basada en la cruenta batalla de Tannenberg), Guerra del 15 del italiano Giani Stuparich o la asombrosa Compañía K, de William March, conformada por más de cien viñetas, cada una de ellas narrada en primera persona por un soldado de la compañía, que evoca determinado episodio bélico.
Todo esto sin hablar de los libros del "fondo" que narran la retaguardia civil: Les saisons du vent. Journal août 1914 - mai 1915 de Marie Escholier, ficciones como Mr. Britling Sees It Through (El señor Britling lo ve claro) de H. G. Wells, que muestran cómo muchos intelectuales (entre ellos, el propio autor) pasaron de un primer impulso patriótico a la apreciación crítica. Incluso novelas como Le grand troupeau (El gran rebaño, 1931) de Jean Giono -lamentablemente no traducida al castellano- que alternan capítulos consagrados a la guerra que libra un joven recluta (es conmovedora la escena en la que muere un camarada entre sus brazos) con capítulos enfocados en la incertidumbre de su esposa, su hermana y su anciano padre, uno de los pocos hombres que quedaron en el pueblo.

DETALLES

  • Miles de peces muertos en el río Moselle, vientre al cielo, por culpa de unas granadas que cayeron en el agua. "Un espectáculo inesperado y desconcertante." (Pierre Mac Orlan, Propos d'infanterie).
  • Los soldados cantan en el frente, incluso "los que morirán mañana" y cantan como niños. "En las trincheras, la noche desciende como una humareda aplastada." (Guillaume Apollinaire, "La noche desciende").
  • Una ambulancia colmada de heridos. "Un soldado delira, cuenta en voz alta y muere cuando ha pronunciado la cifra que corresponde a su edad." (Jean Giraudoux, Lectures pour une ombre.)

CENSURA A LOS PACIFISTAS

Los textos abiertamente pacifistas sufrieron en tiempos de guerra no sólo la censura oficial, sino también el desprecio de intelectuales patrióticos como, en Francia, André Suarès o Maurice Barrès. Una de las voces más ardientes contra las armas fue la de Romain Rolland, quien desde Suiza lamentaba la locura de la "monstruosa epopeya". Sus artículos acabaron reunidos en el libro Au dessus de la mêlée (Por encima del conflicto), casi a la vez que se le concedía el premio Nobel.
La influencia de Rolland fue decisiva para que Stefan Zweig pasara de un primer entusiasmo a un rotundo antimilitarismo. Zweig, que ayudó traduciendo y publicando los textos antibélicos de Rolland, evoca en El mundo de ayer: memorias de un europeo el primer entusiasmo que suscitó el conflicto:
En 1914, después de casi medio siglo de paz, ¿qué sabían las grandes masas de la guerra? No la conocían. Apenas habían pensado en ella. Era una leyenda y precisamente la distancia la había convertido en algo heroico y romántico. [.] "Por Navidad volveremos todos a casa", gritaban a sus madres los reclutas, sonriendo, en agosto de 1914. ¿Quién, en los pueblos y ciudades, recordaba la guerra "de verdad"? A lo sumo, cuatro viejos que en 1866 habían combatido contra Prusia.
Muchos biógrafos entienden que el gran vuelco ideológico ocurrió en 1915, cuando Zweig trabó contacto directo con los soldados heridos y en él nació ese antibelicismo que se refleja en el cuento "Der Zwang" ("Obligación impuesta", 1920), incluido en La mujer y el paisaje. Meses antes, el fisiólogo Georg Friedrich Nicolai escribía su Manifiesto a los europeos ("La guerra que ruge en la actualidad difícilmente tendrá un vencedor, sino sólo perdedores") que solamente firmaron tres intelectuales alemanes: uno de ellos, Albert Einstein. Tras publicar en 1918 su ensayo La biología de la guerra, Nicolai se instaló en 1922 en la Argentina y luego en Chile, donde murió.

LA REIVINDICACIÓN DE LA FUERZA Y EL ORDEN

Contrariamente a los pacifistas, otros autores continuaron inmersos en la reivindicación de la fuerza y el orden. En Italia, Gabriele D'Annunzio se enroló como voluntario y voló lanzando bombas y panfletos con mensajes de aliento a las tropas ("¡Ánimo y coraje! El fin del martirio está próximo") hasta que perdió la visión de un ojo.
En Alemania, Thomas Mann suspendió la escritura de La montaña mágica y acuñó sus pensamientos de guerra, donde arremetió contra Rolland y glorificó el conflicto como "verdadera manifestación de la moral alemana". El Mann de las Consideraciones de un apolítico (1917) está tan lejos del pacifismo que defendía su hermano Heinrich como de las ideas democráticas hacia las que evolucionaría en espacio de pocos años.
Otro caso paradigmático es el de Ernst Jünger, tal como lo manifiestan su Diario de guerra 1914-1918 (inédito hasta 2010), su libro Tempestades de acero y algunos escritos póstumos, no recogidos en sus obras completas. Soldado voluntario con apenas 19 años de edad, a punto de morir en más de una batalla (llegó a tener un pulmón perforado por una bala), Jünger esperaba impacientemente cada nueva "fiesta sangrienta". A pesar de sus arrebatos, Tempestadas de acero fue celebrado, entre otros, por André Gide como "el más bello libro de guerra".

MIRADA CINEMATOGRÁFICA

De Carlitos soldado de Chaplin a Yo acuso de Abel Gance (tanto en su versión sonora de 1938 como en la muda de 1919, que despertó la ira de los nacionalistas), de La gran ilusión de Jean Renoir a La patrulla perdida de John Ford, de Sargento York de Howard Hawks a Senderos de gloria de Stanley Kubrick, el cine también se ocupó de la guerra, muchas veces adaptando novelas tan disímiles como Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1916) del español Blasco Ibáñez o la memorable Adiós a las armas (1929) en la que el siempre inquieto Ernest Hemingway relató su participación en el frente italiano, donde fue gravemente herido.
Una de las primeras y más famosas novelas ambientadas en la guerra, Les croix de bois (Las cruces de madera) de Roland Dorgelès, publicada en 1919, fue llevada al cine en 1931 por el director Raymond Bernard. Personaje muy popular en Montmartre, Dorgelès era un gran amante de las bromas provocadoras: llegó a promover a un burro-pintor que trabajaba con el pincel atado a la cola y a publicar, junto con Régis Gignoux, una novela satírica titulada La machine à finir la guerre (La máquina para acabar con la guerra). Su gran éxito, no obstante, se debió a la novela basada en su experiencia en el frente. El director de la película quiso ser fiel al libro, muy crítico con los altos mandos. El actor Charles Vanel, ex combatiente, recibió grandes elogios por una escena en la que interpretaba la muerte de un soldado. Es sabido que Vanel dijo: "Para esta clase de papel no hay que actuar, sólo hay que hacer memoria".

MUNDIAL

"La experiencia más dura que he vivido fue la Primera Guerra Mundial y la destrucción de mi patria, la única que he tenido", llegó a escribir Joseph Roth, que en varias de sus novelas se detiene a reflexionar sobre el conflicto, por ejemplo, en la espléndida La cripta de los capuchinos, donde acepta de buen grado el apelativo de guerra mundial "no porque fue librada en el mundo entero, sino porque nos frustró a todos un mundo, ese mundo que precisamente era el nuestro".

LA MANO AMIGA

Blaise Cendrars (nombre artístico del suizo Frédéric-Louis Sauser) sirvió como voluntario en la Legión Extranjera francesa. Tenía poco menos de 28 años. Acababa de publicar su poema "La prosa del transiberiano" y de firmar, el 1 de agosto de 1914, una solicitada en los diarios para que ningún extranjero fuese indiferente a la guerra: "Toda vacilación sería un crimen". Un año después, se calcula, más de quince mil extranjeros combatían para Francia. Entre ellos, el poeta norteamericano Alan Seeger (fallecido en la ofensiva de Somme) o el poeta de origen polaco Apollinaire, el mismo que llegaría a decir: "La guerra ha aumentado el poder que la poesía ejerce sobre mí".
A Cendrars, la guerra le resultó relativamente corta: el 28 de septiembre de 1915 un obús le arrancó un brazo, en Champagne. Casi el mismo accidente que sufrió el pianista austríaco Paul Wittgenstein, hermano del filósofo Ludwig. "Un brazo plantado en la hierba, como una enorme flor abierta, un lirio rojo, un brazo humano chorreando sangre, un brazo derecho seccionado bajo el codo", describiría Cendrars mucho más tarde en su novela La mano cortada (1946), que dio a conocer tras otra guerra, en los años que marcaron la cumbre de su carrera, que se inician con El hombre fulminado (1945) y se ratifican con La parcelación del cielo (1949).
Después del accidente, Cendrars plasmó dos textos donde asomaba su experiencia bélica, "La guerra en el Lumbemburgo" (1916) y "He matado" (1918):
He matado al Boche. He sido más listo y rápido que él. Más directo. He dado el primer golpe. Yo, poeta, tengo sentido de la realidad. He actuado. He matado. Como el que desea vivir.
Miriam Cendrars cuenta, en una biografía, que apenas su padre quedó manco se impuso ejercicios de rehabilitación y que, lejos de amedrentarse, hizo de esta ausencia una marca personal. Tanto es así que pasó a firmar sus cartas con la expresión "mi mano amiga". También cuenta que la pintora Sonia Delaunay había tenido, en 1915, días antes del accidente, una extraña premonición: había soñado que "Blaise tenía un brazo cortado".
  • Epitafio
    El general nos dijo
    con el dedo metido en el culo
    El enemigo
    está allí Avancen
    Todo sea por la patria
    Y nosotros avanzamos con el dedo
    /metido en el culo
    Y a la patria la encontramos
    con el dedo metido en el culo
(Benjamin Peret, fragmento de "Epitafio para un monumento a los muertos de la guerra" en La revolución surrealista nº 12, diciembre de 1929.)

"UNA GENERACIÓN PERDIDA"

Según el sitio web de Imperial War Museums, de los 15.022 artistas que participaron en la Primera Guerra Mundial, 2003 murieron, 3250 resultaron heridos, 533 fueron dados por desaparecidos y 286 acabaron como prisioneros. Una "generación perdida", según la célebre expresión que Hemingway le oyó decir a Gertrude Stein.
En su momento, al terminar el conflicto, la AEC francesa (Asociación de Escritores Combatientes) estimó que unos 560 escritores (sumando poetas, narradores, ensayistas y autores teatrales) habían muerto en la Gran Guerra, sólo en el bando francés. Sus nombres fueron grabados en el Panteón de París, en 1927. Aunque muchos de ellos son desconocidos, también los hay más o menos célebres como Alain-Fournier (autor de El gran Meaulnes), Gabriel-Tristan Franconi (fallecido el mismo año 1916 en que se publicaba su libro Un tel de l'armée française) o el poeta y ensayista Charles Péguy, cuya muerte fue incluso homenajeada en Alemania por la revista expresionista Die Aktion. Curiosamente, también en 1914 moría en la contienda de Zandvoorde el poeta alsaciano Ernst Stadler, traductor al alemán de buena parte de la obra de Péguy.
La sangrienta batalla de Gallipoli (evocada en una película de Peter Weir) causó la muerte, en 1915, de más de veinte mil británicos, diez mil franceses y once mil australianos y neozelandeses. Entre las víctimas estaba el poeta ingles Rupert Brooke, cuyo soneto idealista "El soldado", de 1914, suele recitarse aún en los aniversarios del conflicto: "Si muero, pensad esto de mí:/ que allí donde me entierren habrá un rincón de tierra extraña/ que para siempre será Inglaterra".
Hay otro poeta muerto tras la tradición (en los países aliados) de llevar amapolas cada 11 de noviembre en memoria a los caídos en la guerra. Son las amapolas que el médico militar canadiense John McCrae menciona en los versos de "Los campos de Flandes" (1915): "Somos los muertos/ Hasta hace poco sentíamos, vivos, la aurora y la tarde/ ahora yacemos inertes, amantes y amados,/ en los campos de Flandes".
Inglés como Brooke, pero en las antípodas de su optimismo patriótico, Wilfred Owen no era poeta antes de alistarse. La dura experiencia en el frente (más su encuentro con el poeta Siegfried Sasoon, en un hospital militar) lo llevó a escribir versos como: "¿Doblarán las campanas por aquellos que mueren como ganado?". Faltaba muy poco para que terminara la guerra cuando Owen cayó muerto. Sus padres recibieron el telegrama con la terrible noticia el mismísimo 11 de noviembre, día del armisticio.

PLUMA FEMENINA

El regreso del soldado (1918), de Rebecca West (Cicely Isabel Fairfield), fue una de las primeras novelas sobre la Gran Guerra escrita por una mujer. En ella, el retorno del capitán Chris Baldry es visto a través de los ojos de su prima Jenny. Por esos años, la también inglesa May Sinclair dejó dicho antes de viajar a Bélgica como voluntaria en un cuerpo de enfermería (Munro Ambulance Corps): "La guerra no nos dejará a ninguno de nosotros tal como nos encontró". En efecto, su obra ya no fue la misma. En 1915 publicó un relato de sus experiencias (A Journal of Impressions in Belgium) y, acto seguido, abordó asuntos próximos a la guerra en no menos de seis novelas: desde Tasker Jevons (1916) hasta la semiautobiográfica Not so Quiet: Stepdaughters of War, consagrada a las mujeres conductoras de ambulancias. "Personalmente -escribió al regresar de Bélgica- me siento como si nunca hubiese vivido o como si lo hubiese hecho sin ninguna intensidad hasta que fui al frente en otoño."
Es muy posible que Edith Wharton suscribiera esa frase, al menos a partir de lo que sugieren los ensayos y crónicas de Francia combatiente donde las bengalas son "flores infernales", el rugido de los cañones "parece construir una techumbre de hierro" sobre las ruinosas aldeas invadidas y la contienda "ha supuesto un desastre como ningún otro acontecimiento conocido hasta el momento".
La guerra sorprendió a Edith Wharton con 52 años de edad, instalada en su casa parisina de la elegante Rue de Varenne. Llevaba unos cinco años residiendo en Francia, ya había editado algunos de sus mejores libros (Ethan Frome), pero La edad de la inocencia y Un hijo en el frente estaban aún por venir. A principios de 1915, la Cruz Roja francesa le pidió un informe sobre las necesidades de los hospitales de trinchera. Ella quiso ver más allá y, tras unas arduas gestiones con el gobierno francés, consiguió los permisos necesarios para circular por el frente y recorrerlo en automóvil. "No es exagerado afirmar que en estos momentos los franceses extraen buena parte de su fuerza de su propio lenguaje", observa Wharton en sus crónicas. "En los bolsillos de los jóvenes soldados muertos en combate se han encontrado cartas de despedida para sus padres que nada tienen que envidiar al heroico verso isabelino."
  • Paradojas
    Cuando no se tiene el coraje suficiente para ser guerrero, se es pacifista.
    (Jean Giono, Recherche de la pureté.)
    ¡Guerra a la guerra!
    (Alain, Propos d'un Normand.)

LENGUAJE CREATIVO

Albert Dauzat tenía 37 años de edad cuando estalló la Gran Guerra. Licenciado en letras, lingüista, autor de una "geografía fonética" (1906) de la región de Auvergne, fue movilizado en julio de 1914 y, debido a una severa miopía, cumplió tareas como auxiliar de enfermería en diversos hospitales. "Visión desgarradora e inolvidable", apunta en su diario íntimo tras la llegada de los primeros heridos. O también: "Venceremos. Hace falta: no podemos ser vencidos".
Dauzat publicó ese diario en 1916: Impresiones y cosas vistas. Habrá más libros consagrados a la contienda. En 1919 apareció Leyendas, profecías y supersticiones de la guerra. Y un año antes había entregado una de sus mejores obras: un estudio consagrado al argot de los soldados (los "peludos": poilus) y de los oficiales: El "argot" de la guerra. El lingüista ha tenido material de primera mano para documentar lo que muchos coinciden en tildar como uno de los momentos de mayor inventiva léxica de la historia. En el frente se fundían y se alteraban, dentro de una olla a presión, dialectos, regionalismos, toda clase de jergas (incluida la carcelaria) y de modismos extranjeros.
Desde luego, Dauzat no fue el único ni el primero en ocuparse de esto. Mientras él estaba en el frente, en diciembre de 1914, el diario Le Temps publicó una serie de artículos que buscan establecer el origen de palabras que la guerra había puesto en circulación, principalmente el apelativo "boche" destinado a los alemanes. Y otro soldado, François Déchelette, confeccionó en la trinchera un Diccionario humorístico y filológico que salió a la luz también en 1918.
A diferencia de ése y de muchos otros glosarios consagrados a la jerga de los poilus, el libro de Dauzat es un estudio acerca de los procedimientos (rescate de voces antiguas, neologismos, cambios de sentido o de forma) que habían engendrado palabras como allouf (cerdo), "salchicha" (bomba alemana) o pinard para hablar de alcohol, sobre todo de vino tinto. Palabras que, cien años después, son corrientes en el francés popular (toubib, guitoune, zigouiller) y que fueron impulsadas entonces por los soldados.
Otro de los primeros libros en analizar el habla de las tropas fue El argot de las trincheras (1915), del filólogo Lazare Sainéan, publicado casi a la vez que una de las obras de ficción donde el argot cobraba protagonismo: Les poilus de la 9ª de Arnould Galopin. Una de las novedades de Sainéan era que incluía diversas cartas enviadas por los soldados a sus familiares. Con el tiempo, aquello se volvería un género y no pocas editoriales publicarían antologías con "cartas de los poilus".

LOS COMBATIENTES QUE ESCRIBÍAN

Además de los escritores combatientes, estaban los combatientes que escribían y llevaban diarios, como los espléndidos Carnets de guerre de Louis Barthas, tonnelier (Cuadernos de guerra de L. Barthas, tonelero). El autor fue un militante sindicalista francés que llegó al frente de combate en noviembre de 1914 y no fue evacuado, totalmente exhausto, sino en abril de 1918, por lo que le tocó combatir en Verdún, Champagne, Somme o Argonne. "La guerra -escribe Barthas- destruye todo en el hombre, convertido bajo su uniforme en un ser anónimo; destruye todo sentimiento de honestidad.". Y también: "El mejor jefe no era el más hábil estratega, sino aquel que mejor sabía preservar la vida de sus hombres".
Finalizada la guerra, Barthas reinició su vida como tonelero, en compañía de sus cuadernos mordisqueados por las ratas. Deseaba "pasarlos en limpio" y se puso a escribir todas las noches, al término de su jornada laboral, pero no pudo o no supo publicarlos y su testimonio fue a parar al fondo de un cajón hasta que, muerto ya Barthas, su nieto Georges empezó a trabajar en un liceo y le pasó los cuadernos a un colega, un profesor de historia, para que se los leyera a sus alumnos. El historiador Rémy Cazals se enteró de esto y logró que el texto fuera publicado en 1978 por François Maspero. Desde entonces, los Carnets de guerre de Barthas han vendido más de cien mil ejemplares y emocionado a lectores como François Mitterrand: "El libro tiene un alto valor histórico y es una genuina obra literaria".
Los compañeros consideraban a Barthas su portavoz. "Tú, que escribes la vida que llevamos aquí, no ocultes nada." Pocos combatientes contaron, como él, la enorme desigualdad de condiciones entre la soldadesca y los superiores, el impacto de la revolución rusa en las trincheras, las no tan escasas confraternizaciones entre tropas enemigas, los acuerdos tácitos entre rivales para no abrir fuego o, incluso, cierta tregua de Navidad entre franceses, británicos y alemanes, hecho que retomó después Christian Carion en su película Feliz Navidad. Muy de vez en cuando, relata Barthas, él y sus camaradas jugaban al fútbol en un terreno junto a las trincheras:
Los alemanes tenían que estar ciegos para no ver cómo el balón se elevaba por los aires hasta, a veces, rebotar más allá de la alambrada, donde un audaz jugador iba a buscarlo confiando en la cortesía de los alemanes que, de hecho, nunca abrieron juego contra quienes jugaban.

PROMESA DE ETERNIDAD

Juan Gabriel López Guix, en su introducción a Cuentos de la Gran Guerra, una de las buenas antologías consagradas al tema, cuenta:
Nada más estallar la contienda y tras descubrir que Alemania y Austria-Hungría disponían de una oficina de prensa de guerra (para la austrohúngara trabajarían, entre otros, Hugo von Hofmannsthal, Robert Musil, Egon Schiele, Franz Werfel y Stefan Zweig), el gobierno británico nombró al periodista y político liberal Charles Masterman responsable de la Oficina de Propaganda de Guerra. La primera iniciativa de Masterman fue recurrir a los escritores, y el 2 de septiembre de 1914 se celebró una reunión a la que asistieron dos docenas de los literatos más famosos del momento. Los reunidos se juramentaron para trabajar en secreto en favor del esfuerzo de guerra. En la iniciativa -de cuya magnitud no se tuvo constancia hasta 1935- participaron William Archer, James M. Barrie, Arnold Bennett, John Buchan, Gilbert K. Chesterton, Arthur Conan Doyle, Thomas Hardy, Rudyard Kipling, Arnold Toynbee, Hugh Walpole, H. G. Wells y muchísimos otros hoy menos conocidos pero que en su momento gozaron de gran reputación.
El Penguin Book of First World War Stories (2007), a cargo de Barbara Korte, reúne relatos, entre otros, de D. H. Lawrence, Arthur Machen, Joseph Conrad, Katherine Mansfield y Somerset Maugham, La antología de Korte (organizada en torno a cuatro ejes: el frente; espías e inteligencia; el regreso; la mirada retrospectiva) incluye un relato de Rudyard Kipling ("Mary Postgate") que, al margen de su alta calidad, muchos no han dudado en tildar de material de propaganda. No es su único escrito relativo a la gran guerra. Están el cuento "El jardinero", las tristes crónicas de Francia en guerra (escritas tras la muerte de su único hijo John, que lo dejó lleno de culpa) o sus emocionantes Epitafios de la guerra, inspirados en los antiguos epigramas griegos:
Si alguien pregunta por qué hemos muerto, decidle: porque nuestros padres mintieron.
Julian Barnes ha resumido así la historia del hijo muerto:
John Kipling se presentó como voluntario en cuanto estalló la guerra, unos cuantos días antes de cumplir 17 años, y de forma más bien humillante fue rechazado a causa de sus problemas de vista. Su padre, no menos corto de vista, echó mano de sus influencias para conseguirle al muchacho una comisión con los Irish Guards. Lo embarcaron rumbo a Francia en agosto de 1915 y para fines de septiembre se encontró entre los 20 mil británicos muertos en la batalla de Loos. La respuesta de Kipling fue una mezcla de dolor, orgullo, silencio y, después de la guerra, un trabajo detallado e incesante para la Comisión de las Tumbas de Guerra.
Como miembro de esa Comisión, Kipling ideó la leyenda que se grabó en la lápida de cada cementerio: "Sus nombres vivirán por toda la eternidad". Un buen día, el correo le trajo un paquete dirigido a "Monsieur Kipling". Lo enviaba un soldado francés de apellido Hammoneau y contenía un ejemplar de la traducción francesa de su novela Kim, con un agujero de bala tan profundo que sólo se habían salvado las veinte páginas finales. En una carta Hamonneau contaba que, de no haber llevado ese libro en un bolsillo a la altura del pecho, no habría sobrevivido. El envío contenía también la Cruz de Guerra: la medalla al valor otorgada a Maurice Hammoneau. Aunque insistió en devolver ambos objetos de inmediato, Kipling acabó negociando con Hammoneau y legándoselos a Jean, hijo varón de este último. El libro, con su redonda herida, hoy es uno de los tesoros más valiosos de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos..

domingo, 17 de agosto de 2014

1914-2014




Te­ne­mos gue­rras por to­das par­tes. En Ucra­nia –que pue­de ser un nue­vo Sa­ra­je­vo–, en Pa­les­ti­na, en Si­ria, en Irak, en Af­ga­nis­tán y en to­da Áfri­ca

ESTAMOS a mi­tad del ve­rano de 2014, a cien años del es­ta­lli­do de la Pri­me­ra Gran Gue­rra, ha­bien­do tan­tas se­me­jan­zas co­mo di­fe­ren­cias en­tre am­bos es­tíos. En 1914, una Eu­ro­pa en­fe­bre­ci­da por el na­cio­na­lis­mo con­ver­ti­do ya en im­pe­ria­lis­mo, se­me­ja­ba un bos­que se­co al que la me­nor chis­pa po­día con­ver­tir en pas­to de las lla­mas, co­mo ter­mi­nó ocu­rrien­do. No so­lo los go­bier­nos de las gran­des po­ten­cias se ar­ma­ban has­ta los dien­tes pa­ra el gran cho­que que con­si­de­ra­ban inevi­ta­ble e in­clu­so be­ne­fi­cio­so pa­ra sus res­pec­ti­vos paí­ses. Tam­bién las opi­nio­nes pú­bli­cas tras ellos les em­pu­ja­ban, con­ven­ci­das de dos co­sas que re­sul­ta­ron trá­gi­ca­men­te erró­neas: que la «gran gue­rra» iba a ser cor­ta –«en na­vi­da­des nues­tros hom­bres en ca­sa» era la creen­cia ge­ne­ral– y que to­dos ga­na­rían a cos­ta de los de­más. Exis­tía un con­sen­so so­bre ello en cuan­tos paí­ses se con­ver­ti­rían po­co des­pués en be­li­ge­ran­tes.
La gue­rra du­ró cua­tro años, con cos­tes inima­gi­na­bles pa­ra to­dos, pues co­men­za­ron a usar­se ar­mas no so­lo mu­cho más po­ten­tes, sino tam­bién ca­pa­ces de lle­var la muer­te a las po­bla­cio­nes ci­vi­les en re­ta­guar­dia, y aun­que al fi­nal hu­bo, co­mo no po­día ser me­nos, ven­ce­do­res y ven­ci­dos, per­die­ron to­dos, pu­dien­do de­cir­se que en la lla­ma­da «Gue­rra Eu­ro­pea» co­men­zó la de­ca­den­cia de Eu­ro­pa, al­go que se ve­ría con­fir­ma­do en la se­gun­da Gran Gue­rra o Mun­dial, cuan­do los cen­tros de po­der se tras­la­da­ron a dos su­per­po­ten­cias ex­tra­eu­ro­peas, los Es­ta­dos Uni­dos y la Unión So­vié­ti­ca. Fue, en fin, el can­to de cis­ne de la Eu­ro­pa im­pe­rial que ha­bía ve­ni­do ri­gien­do el mun­do des­de la épo­ca de los des­cu­bri­mien­tos.
Hoy, so­lo los ex­tre­mis­tas a uno y otro la­do del es­pec­tro ideo­ló­gi­co desean la gue­rra, mien­tras el res­to, in­clui­das las gran­des po­ten­cias, in­ten­tan evi­tar­las, sa­bien­do lo que sig­ni­fi­can. Pe­ro re­sul­ta que te­ne­mos gue­rras por to­das par­tes. En Ucra­nia –que pue­de ser un nue­vo Sa­ra­je­vo–, en Pa­les­ti­na, en Si­ria, en Irak, en Af­ga­nis­tán, en to­da Áfri­ca y es­po­rá­di­ca­men­te en Ibe­roa­mé­ri­ca, en for­ma de gue­rri­llas. Jun­to a otras gue­rras la­ten­tes, las de los na­cio­na­lis­mos irre­den­tos que in­ten­tan ser es­ta­dos, sea en Es­co­cia, en Ca­ta­lu­ña o otro lu­gar, co­mo si no hu­bié­ra­mos apren­di­do las lec­cio­nes del pa­sa­do.
La ma­yor di­fe­ren­cia la te­ne­mos en la in­ver­sión de las co­rrien­tes mi­gra­to­rias: ya no son los eu­ro­peos los que se des­pa­rra­man por otros con­ti­nen­tes en bus­ca de ri­que­zas y po­de­río, sino los otros con­ti­nen­tes los que se vuel­can en Eu­ro­pa (o Es­ta­dos Uni­dos) en bus­ca de me­jo­res con­di­cio­nes de vi­da. Des­de las in­va­sio­nes bár­ba­ras, ya en la de­ca­den­cia del Im­pe­rio Ro­mano, no se ha­bía vis­to na­da se­me­jan­te, con la di­fe­ren­cia de que es­ta vez la in­va­sión es pa­cí­fi­ca. Pe­ro igual­men­te im­po­si­ble de de­te­ner, al tra­tar­se de gen­tes dis­pues­tas a ju­gar­se la vi­da pa­ra al­can­zar lo que pa­ra ellas es un pa­raí­so, y pue­de ser­lo com­pa­ra­do con el in­fierno que de­jan de­trás. Co­mo tam­bién es im­po­si­ble que Eu­ro­pa pue­da ab­sor­ber to­das las ma­sas afri­ca­nas y asiá­ti­cas que in­ten­tan al­can­zar­la. La aplas­ta­rán.
Dos ve­ra­nos se­pa­ra­dos por un si­glo y dos es­ce­na­rios dis­tin­tos en el de­co­ra­do pe­ro con el mis­mo dra­ma co­mo ar­gu­men­to: la cri­sis, tan­to eco­nó­mi­ca co­mo mo­ral, la fal­ta de lí­de­res y de va­lo­res, el dis­gus­to ha­cia el pa­sa­do y el va­cío ha­cia el fu­tu­ro, la po­ten­cia de nues­tra ci­vi­li­za­ción avan­za­dí­si­ma y la im­po­ten­cia an­te los pro­ble­mas que la aque­jan. Eu­ro­pa vuel­ve a ser un bos­que se­co al que cual­quier chis­pa pue­de con­ver­tir en in­cen­dio. Tiem­po y cir­cuns­tan­cias idea­les pa­ra los de­ma­go­gos, los char­la­ta­nes, los opor­tu­nis­tas, los pre­sun­tos me­sías, los ven­de­do­res de sue­ños, an­te mul­ti­tu­des que han per­di­do la con­fian­za no ya en sus di­ri­gen­tes, sino en sí mis­mas.