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miércoles, 2 de febrero de 2011

BENEDICTO XVI: "VERDAD Y AUTENTICIDAD DE VIDA EN LA ERA DIGITAL


MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVIPARA LA XLV JORNADA MUNDIAL
DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES

Verdad, anuncio y autenticidad de vida en la era digital

5 de junio 2011



Queridos hermanos y hermanas

Con ocasión de la XLV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, deseo compartir algunas reflexiones, motivadas por un fenómeno característico de nuestro tiempo: la propagación de la comunicación a través de internet. Se extiende cada vez más la opinión de que, así como la revolución industrial produjo un cambio profundo en la sociedad, por las novedades introducidas en el ciclo productivo y en la vida de los trabajadores, la amplia transformación en el campo de las comunicaciones dirige las grandes mutaciones culturales y sociales de hoy. Las nuevas tecnologías no modifican sólo el modo de comunicar, sino la comunicación en sí misma, por lo que se puede afirmar que nos encontramos ante una vasta transformación cultural. Junto a ese modo de difundir información y conocimientos, nace un nuevo modo de aprender y de pensar, así como nuevas oportunidades para establecer relaciones y construir lazos de comunión.

Se presentan a nuestro alcance objetivos hasta ahora impensables, que asombran por las posibilidades de los nuevos medios, y que a la vez exigen con creciente urgencia una seria reflexión sobre el sentido de la comunicación en la era digital. Esto se ve más claramente aún cuando nos confrontamos con las extraordinarias potencialidades de internet y la complejidad de sus aplicaciones. Como todo fruto del ingenio humano, las nuevas tecnologías de comunicación deben ponerse al servicio del bien integral de la persona y de la humanidad entera. Si se usan con sabiduría, pueden contribuir a satisfacer el deseo de sentido, de verdad y de unidad que sigue siendo la aspiración más profunda del ser humano.

Transmitir información en el mundo digital significa cada vez más introducirla en una red social, en la que el conocimiento se comparte en el ámbito de intercambios personales. Se relativiza la distinción entre el productor y el consumidor de información, y la comunicación ya no se reduce a un intercambio de datos, sino que se desea compartir. Esta dinámica ha contribuido a una renovada valoración del acto de comunicar, considerado sobre todo como diálogo, intercambio, solidaridad y creación de relaciones positivas. Por otro lado, todo ello tropieza con algunos límites típicos de la comunicación digital: una interacción parcial, la tendencia a comunicar sólo algunas partes del propio mundo interior, el riesgo de construir una cierta imagen de sí mismos que suele llevar a la autocomplacencia.

De modo especial, los jóvenes están viviendo este cambio en la comunicación con todas las aspiraciones, las contradicciones y la creatividad propias de quienes se abren con entusiasmo y curiosidad a las nuevas experiencias de la vida. Cuanto más se participa en el espacio público digital, creado por las llamadas redes sociales, se establecen nuevas formas de relación interpersonal que inciden en la imagen que se tiene de uno mismo. Es inevitable que ello haga plantearse no sólo la pregunta sobre la calidad del propio actuar, sino también sobre la autenticidad del propio ser. La presencia en estos espacios virtuales puede ser expresión de una búsqueda sincera de un encuentro personal con el otro, si se evitan ciertos riesgos, como buscar refugio en una especie de mundo paralelo, o una excesiva exposición al mundo virtual. El anhelo de compartir, de establecer “amistades”, implica el desafío de ser auténticos, fieles a sí mismos, sin ceder a la ilusión de construir artificialmente el propio “perfil” público.

Las nuevas tecnologías permiten a las personas encontrarse más allá de las fronteras del espacio y de las propias culturas, inaugurando así un mundo nuevo de amistades potenciales. Ésta es una gran oportunidad, pero supone también prestar una mayor atención y una toma de conciencia sobre los posibles riesgos. ¿Quién es mi “prójimo” en este nuevo mundo? ¿Existe el peligro de estar menos presentes con quien encontramos en nuestra vida cotidiana ordinaria? ¿Tenemos el peligro de caer en la dispersión, dado que nuestra atención está fragmentada y absorta en un mundo “diferente” al que vivimos? ¿Dedicamos tiempo a reflexionar críticamente sobre nuestras decisiones y a alimentar relaciones humanas que sean realmente profundas y duraderas? Es importante recordar siempre que el contacto virtual no puede y no debe sustituir el contacto humano directo, en todos los aspectos de nuestra vida.

También en la era digital, cada uno siente la necesidad de ser una persona auténtica y reflexiva. Además, las redes sociales muestran que uno está siempre implicado en aquello que comunica. Cuando se intercambian informaciones, las personas se comparten a sí mismas, su visión del mundo, sus esperanzas, sus ideales. Por eso, puede decirse que existe un estilo cristiano de presencia también en el mundo digital, caracterizado por una comunicación franca y abierta, responsable y respetuosa del otro. Comunicar el Evangelio a través de los nuevos medios significa no sólo poner contenidos abiertamente religiosos en las plataformas de los diversos medios, sino también dar testimonio coherente en el propio perfil digital y en el modo de comunicar preferencias, opciones y juicios que sean profundamente concordes con el Evangelio, incluso cuando no se hable explícitamente de él. Asimismo, tampoco se puede anunciar un mensaje en el mundo digital sin el testimonio coherente de quien lo anuncia. En los nuevos contextos y con las nuevas formas de expresión, el cristiano está llamado de nuevo a responder a quien le pida razón de su esperanza (cf. 1 P 3,15).

El compromiso de ser testigos del Evangelio en la era digital exige a todos el estar muy atentos con respecto a los aspectos de ese mensaje que puedan contrastar con algunas lógicas típicas de la red. Hemos de tomar conciencia sobre todo de que el valor de la verdad que deseamos compartir no se basa en la “popularidad” o la cantidad de atención que provoca. Debemos darla a conocer en su integridad, más que intentar hacerla aceptable, quizá desvirtuándola. Debe transformarse en alimento cotidiano y no en atracción de un momento.

La verdad del Evangelio no puede ser objeto de consumo ni de disfrute superficial, sino un don que pide una respuesta libre. Esa verdad, incluso cuando se proclama en el espacio virtual de la red, está llamada siempre a encarnarse en el mundo real y en relación con los rostros concretos de los hermanos y hermanas con quienes compartimos la vida cotidiana. Por eso, siguen siendo fundamentales las relaciones humanas directas en la transmisión de la fe.

Con todo, deseo invitar a los cristianos a unirse con confianza y creatividad responsable a la red de relaciones que la era digital ha hecho posible, no simplemente para satisfacer el deseo de estar presentes, sino porque esta red es parte integrante de la vida humana. La red está contribuyendo al desarrollo de nuevas y más complejas formas de conciencia intelectual y espiritual, de comprensión común. También en este campo estamos llamados a anunciar nuestra fe en Cristo, que es Dios, el Salvador del hombre y de la historia, Aquél en quien todas las cosas alcanzan su plenitud (cf. Ef 1, 10). La proclamación del Evangelio supone una forma de comunicación respetuosa y discreta, que incita el corazón y mueve la conciencia; una forma que evoca el estilo de Jesús resucitado cuando se hizo compañero de camino de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35), a quienes mediante su cercanía condujo gradualmente a la comprensión del misterio, dialogando con ellos, tratando con delicadeza que manifestaran lo que tenían en el corazón.

La Verdad, que es Cristo, es en definitiva la respuesta plena y auténtica a ese deseo humano de relación, de comunión y de sentido, que se manifiesta también en la participación masiva en las diversas redes sociales. Los creyentes, dando testimonio de sus más profundas convicciones, ofrecen una valiosa aportación, para que la red no sea un instrumento que reduce las personas a categorías, que intenta manipularlas emotivamente o que permite a los poderosos monopolizar las opiniones de los demás. Por el contrario, los creyentes animan a todos a mantener vivas las cuestiones eternas sobre el hombre, que atestiguan su deseo de trascendencia y la nostalgia por formas de vida auténticas, dignas de ser vividas. Esta tensión espiritual típicamente humana es precisamente la que fundamenta nuestra sed de verdad y de comunión, que nos empuja a comunicarnos con integridad y honradez.

Invito sobre todo a los jóvenes a hacer buen uso de su presencia en el espacio digital. Les reitero nuestra cita en la próxima Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid, cuya preparación debe mucho a las ventajas de las nuevas tecnologías. Para quienes trabajan en la comunicación, pido a Dios, por intercesión de su Patrón, san Francisco de Sales, la capacidad de ejercer su labor conscientemente y con escrupulosa profesionalidad, a la vez que imparto a todos la Bendición Apostólica.

Vaticano, 24 de enero 2011, fiesta de san Francisco de Sales.



BENEDICTUS PP. XVI



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sábado, 22 de enero de 2011

LA RECONCILIACIÓN DE UNA NACIÓN CON UN PASADO OSCURO Y DOLOROSO: HITLER Y LOS ALEMANES POR JUAN MANUEL PALACIO para LA NACIÓN



Desde el 15 de octubre y hasta el 27 de febrero próximo, puede verse en la ciudad de Berlín la exposición que lleva el título de este artículo ( Hitler und die deutschen ). Situada en el subsuelo del imponente palacio que alberga el Museo de Historia de Alemania, en la avenida Unter den Linden, la exposición tiene como propósito mostrar, a través de documentos de la época, diarios, fotos y videos, así como objetos diversos de la vida cotidiana (uniformes, souvenirs , artículos de consumo), "la interrelación entre el poder carismático de Hitler y las expectativas y comportamientos del pueblo" alemán o -como explica en otro pasaje el folleto que acompaña la muestra- "las condiciones políticas y sociales y las sensibilidades mentales del pueblo alemán" de entonces, que explican el fenómeno del nazismo.

Organizada cronológicamente, la muestra abarca desde la construcción del liderazgo de Hitler dentro del nacionalsocialismo en los años veinte, hasta su caída, en 1945, y destaca algunos temas como la construcción de la "comunidad nacional" luego de la toma del poder en 1933, la vida durante los años de la guerra y la sociedad frente a la segregación racial y la campaña de exterminio.

El argumento central de la exhibición sostiene dos tesis centrales, que son repetidas una y otra vez en los textos que acompañan cada conjunto de objetos o fotografías. La primera es que Hitler no era una persona con cualidades personales demasiado excepcionales, una especie de genio o líder innato que encandiló al pueblo alemán gracias a esas virtudes, sino un "emergente" de ese pueblo, que tuvo la habilidad de aglutinar y poner tras de sí voluntades, ideas, expectativas, pero también prejuicios y frustraciones prevalecientes en grandes sectores de la sociedad alemana de entonces. La segunda tesis es que tanto el ascenso de Hitler al poder, como su permanencia en él y el éxito de sus políticas (desde sus campañas militares hasta su campaña antisemita y de limpieza étnica) no hubieran sido posibles sin el acompañamiento de la inmensa mayoría del pueblo alemán, que fue expresado de distintas formas, que iban desde el fanatismo hasta el consenso pasivo, pasando por entusiasmos más o menos moderados. Fotos y videos (de los actos multitudinarios, de la gente que espontáneamente se abalanzaba al paso del Führer para vivarlo y abrazarlo) así como postales diversas que exhiben a una sociedad que orgullosamente celebraba los triunfos militares, el poder de la nación alemana y el optimismo del progreso material, reflejan muy vivamente esa compenetración entre Hitler y la sociedad que lo engendró y los apoyos masivos con que contó durante los años que ocupó el poder.

Y es en ese mensaje, en el momento y la forma en que se emite, así como en los efectos que provoca su visita, donde radica el enorme significado histórico de esta exposición. Los alemanes esperaron 65 años para tener una exhibición así. No es que no haya otras que tratan esos años y exhiban partes de los efectos del nazismo (desde museos del Holocausto hasta la misma "Topografía del terror", también en Berlín, pasando por la parte dedicada a los años del nazismo en la colección permanente del museo de historia alemana). Me refiero a una sobre Hitler, así, con nombre y apellido, en un país en que ese nombre y todos los símbolos ligados a él -de la esvástica al bigote- están cubiertos no sólo por un grueso manto de tabúes (el nombre Adolfo sencillamente ha dejado de usarse en ese país, al igual que ese corte de bigote), sino de protecciones y prohibiciones legales, gracias a las cuales, entre otras cosas, la preparación de la muestra tomó casi diez años. Me refiero también a que, llegado el momento y superados todos los obstáculos, la exhibición se realiza en la capital del país y, dentro de ella, en un lugar central, no sólo por la ubicación geográfica, sino porque ocupa un lugar en el museo más importante de historia de Alemania. Es decir, que es Hitler, nombrado, apropiado -como un exponente del pueblo alemán de entonces- y exhibido en y con la historia de Alemania.

También son importantes los efectos que provoca la muestra. Si visitándola uno se detiene por un minuto y se da vuelta hacia el público, el espectáculo que ve es sobrecogedor. Lo primero que se ve es mucha gente -el día que lo visité era un día de semana a media tarde- y una proporción mayoritaria de alemanes (al revés de lo que ocurre en la colección permanente del museo). Desde una pareja de ancianos con una mueca indescifrable en el rostro contemplando una foto en la que se ve a Hitler abrazado a su paso por mujeres y niños, hasta jóvenes y niños acompañados por sus padres y abuelos, todos recorren la muestra con gesto adusto y un silencio de misa que emociona. Como si se tratara de una procesión, un pasaje necesario, una ceremonia de catarsis colectiva en la que es difícil no sentirse un convidado de piedra, un intruso que espía algo que es a la vez colectivo y muy privado.

Como argentino, es imposible salir de esa exposición y no quedarse reflexionando. No se trata de extraer fáciles moralejas ni de volver a decir "¡qué bien hacen las cosas los alemanes!". Pero creo que hay que tomar nota de la seriedad, el cuidado y el tiempo que se han tomado para tratar de frente el tema más delicado de su historia. Tiempo que no ha sido en vano, ya que el resultado es impecable: una exposición que tiene un claro propósito de reconciliar a los alemanes con ese pasado oscuro, doloroso, vergonzoso y hasta ahora innombrable, pero que no por eso deja de contener un mensaje duro, que sin embargo es transmitido con delicadeza, sin adjetivos innecesarios (las expresiones "solución final" o "exterminio" no necesitan, además, ser adjetivadas) ni pancartas condenatorias que, sin duda, sobrarían. Es evidente que se trata de una muestra organizada por un equipo de gente que tiene una doble distancia con los hechos que narra: la que da el tiempo transcurrido y esa otra que es "técnica" o profesional (ya que, además de los curadores, es evidente la participación de historiadores en la elaboración del texto).

Creo que los argentinos (todos, en la primera persona del plural, no este o aquel gobierno) estamos todavía muy lejos de poder tener un museo o una exhibición que hable, no de la dictadura, no de los desaparecidos, sino de Videla (o Massera o la dictadura) y los argentinos. Y es probable que lo estemos por buenas razones, entre las cuales no es menor el hecho de que es muy difícil -diría "casi imposible"- pensar en semejante muestra con buena parte de los protagonistas vivos y, por así decirlo, la sangre todavía tibia de nuestros muertos. Lo máximo que podemos lograr está a la vista y es, a lo sumo, exhibiciones que muestran el horror, pero como caído del cielo y no como algo en lo que desembocó y provocó la sociedad argentina toda; algo que pasó y generó víctimas y desaparecidos, pero cuya relación con el drama general de esos años no sabemos, no importa o no se nos cuenta, así como tampoco el grado de acompañamiento, consenso o aval de la sociedad con que contó la dictadura militar.

Hace unas semanas, el semiólogo e historiador Tzvetan Todorov fue invitado a la Argentina a visitar algunos lugares destinados a la conservar la memoria del terrorismo de Estado (la ESMA, el Parque de la Memoria). Las conclusiones que sacó de la visita y de la manera en que los argentinos lidiamos con ese pasado doloroso las volcó en una nota muy crítica en el diario El País del 7 de diciembre pasado, que La Nacion también publicó. En ella básicamente sostiene que la memoria que en esos lugares se preserva está sesgada y olvida (u oculta) partes enteras de la historia, en particular el contexto en el que ese horror tuvo lugar, y que por lo tanto, en ese camino, estamos condenados a no comprender nunca la historia. Es la impresión de ese extranjero calificado (y, yo me temo, la de muchos otros también) sobre lo que hacemos los argentinos con la memoria de años traumáticos. Exactamente lo opuesto que siente un extranjero luego de visitar esta exhibición en Berlín. © La Nacion

*El autor es historiador, investigador del Conicet y profesor en la Universidad Nacional de San Martín

Viernes 21 de enero de 2011 | Publicado en edición impresa
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lunes, 13 de diciembre de 2010

UNIDAD I CULTURA EL ARTE NUESTRO DE CADA DÍA por SANTIAGO LEGARRE


El arte es indispensable y, sin embargo, está ausente en la vida cotidiana. Unas gotas diarias de arte pueden salvarnos del sopor y de la superficialidad, como un antídoto contra los muchos venenos que pululan por ahí.

Quien todos los días disfruta de una canción o dedica tiempo a una lectura aparentemente inútil (lo que Jane Austen llamaría "leer por curiosidad", para distinguirlo de "leer para informarse"); quien privilegia en sus decisiones el criterio estético ("es lindo; me gusta") sobre la consideración económica ("es útil; me sirve"); quien se toma un rato para ver una película italiana (en lugar de siempre "vivir corriendo" al ritmo de Hollywood): esa persona está inmunizada.

Cuando vengan los embates, que necesariamente vendrán, sobre todo, cuando venga el tedio, compañero inexorable de toda navegación sostenida (la navegación matrimonial, la navegación laboral; cualquier navegación que sea), entonces el arte será una especie de tabla de salvación, una inyección de alegría y juventud que alentará a continuar en el camino, a perseverar y llegar algún día a la meta siempre lejana.

Pero el arte es parecido, también, en cierto sentido, a la hostia cristiana consagrada: a algunos les parece insípido y poco interesante. Un pan dulce les resulta más apetecible que una hoja redonda sin levadura, y una revista, más atractiva que las dos mil páginas de Los miserables. La hostia y el arte requieren, los dos, algún tipo de fe, de apuesta, de confianza en la grandeza y el valor de aquello que los ojos no están en condiciones de ver.

La inyección de alegría y juventud a la que hice alusión es metafórica, distinta de otras inyecciones (y pastillas y sustancias) que tienen como fin lo imposible: perpetuar lo que podríamos llamar la adrenalina artística. Por poner un ejemplo, algunos se drogan para lograr el efecto de la música cuando el sonido ya no está.

Pero el gusto brindado por el arte consiste en la experiencia artística en sí misma, una experiencia que requiere cierto compromiso y esfuerzo. La droga se parece a la máquina de las experiencias que imaginó el filósofo Robert Nozick: sin hacer nada, supuestamente uno siente todo, gracias a la máquina. En el arte, una medida importante del gozo depende o bien de la propia ejecución de la obra o de la participación vicaria en ella.

La aspiración a una Arcadia permanente -una vida bohemia sin fin- es una ilusión falsa y destructiva. Sus profetas o están muertos (es decir, murieron en el altar del arte, mientras buscaban un imposible) o son incoherentes y, en última instancia, mentirosos: predican lo que no cumplen. Sobreviven ellos, mientras facilitan la muerte de los ingenuos que les creen.

La vida del verdadero artista profesional confirma esta posición. Es consciente de que buena parte de su acontecer es rutinario (tiene horarios); la dimensión pragmática está presente en su vida como en la de todas las personas (tiene que llenar la panera); él también hace algunas cosas que quisiera no hacer (tiene obligaciones), y sufre de a ratos, y a veces ratos largos, el aburrimiento ("Oh, Musa, ¿adónde te has fugado?").

El resto, los hombres comunes con un trabajo, cualquiera que fuere, somos responsables de conseguir, para alimentarnos, el arte nuestro de cada día. Cuando no es así, navegamos demasiado en el mar del tedio o salimos de él merced a una actividad incesante, tan banal como estéril. Más vale el arte.

© La Nacion

FICHAS UNIDAD I CULTURA Carta a un joven escritor por Arturo Pérez Reverte*





Pues sí, joven colega. Chico o chica. Recordé tus cartas escritas con amistad y respeto, el manuscrito inédito -quizá demasiado torpe o ingenuo, prematuro en todo caso- que me enviaste alguna vez. Recordé tu solicitud de consejo sobre cómo abordar la escritura. Cómo plantearte una novela seria. Tu justificada ambición de conseguir, algún día, que ese mundo complejo que tienes en la cabeza, hecho de libros leídos, de mirada inteligente, de imaginación y ensueños, se convierta en letra impresa y se multiplique en las vidas de otros, los lectores. Tus lectores.

Vaya por delante que no hay palabras mágicas. No hay truco que abra los escaparates de las librerías. Nada garantiza ver el fruto de tu esfuerzo, esa pasión donde te dejas la piel y la sangre, publicado algún día. Este mundo es así, y tales son las reglas. No hay otra receta que leer, escribir, corregir, tirar folios a la papelera y dedicarle horas, días, meses y años de trabajo duro -Oriana Fallacci me dijo en una ocasión que escribir mata más que las bombas-, sin que tampoco eso garantice nada. Escribir, publicar y que tus novelas sean leídas no depende sólo de eso. Cuenta el talento de cada cual. Y no todos lo tienen: no es lo mismo talento que vocación. Y el adiestramiento. Y la suerte. Hay magníficos escritores con mala suerte, y otros mediocres a quienes sonríe la fortuna. Los que publican en el momento adecuado, y los que no. También ésas son las reglas. Si no las asumes, no te metas. Recuerda algo: las prisas destruyeron a muchos escritores brillantes. Una novela prematura, incluso un éxito prematuro, pueden aniquilarte para siempre. Lo que distingue a un novelista es una mirada propia hacia el mundo y algo que contar sobre ello, así que procura vivir antes. No sólo en los libros o en la barra de un bar, sino afuera, en la vida. Espera a que ésta te deje huellas y cicatrices. A conocer las pasiones que mueven a los seres humanos, los salvan o los pierden. Escribe cuando tengas algo que contar. Tu juventud, tus estudios, tus amores tempranos, los conflictos con tus padres, no importan a nadie. Todos pasamos por ello alguna vez. Sabemos de qué va. Practica con eso, pero déjalo ahí. Sólo harás algo notable si eres un genio precoz, mas no corras el riesgo. Seguramente no es tu caso.

No seas ingenuo, pretencioso o imbécil: jamás escribas para otros escritores, ni sobre la imposibilidad de escribir una novela. Tampoco para los críticos de los suplementos literarios, ni para los amigos. Ni siquiera para un hipotético público futuro. Hazlo sólo si crees poder escribir el libro que a ti te gustaría leer y que nadie escribió nunca. Confía en tu talento, si lo tienes. Si dudas, empieza por reescribir los libros que amas; pero no imitando ni plagiando, sino a la luz de tu propia vida. Enriqueciéndolos con tu mirada original y única, si la tienes. En cualquier caso, no te enfades con quienes no aprecien tu trabajo; tal vez tus textos sean mediocres o poco originales. Esas también son las reglas. Decía Robert Louis Stevenson que hay una plaga de escritores prescindibles, empeñados en publicar cosas que no interesan a nadie, y encima pretenden que la gente los lea y pague por ello.

Otra cosa. No pidas consejos. Unos te dirán exactamente lo que creen que deseas escuchar; y a otros, los sinceros, los apartarás de tu lado. Esta carrera de fondo se hace en solitario. Si a ciertas alturas no eres capaz de juzgar tú mismo, mal camino llevas. A ese punto sólo llegarás de una forma: leyendo mucho, intensamente. No cualquier cosa, sino todo lo que necesitas. Con lápiz para tomar notas, estudiando trucos narrativos -los hay nobles e innobles-, personajes, ambientes, descripciones, estructura, lenguaje. Ve a ello, aunque seas el más arrogante, con rigurosa humildad profesional. Interroga las novelas de los grandes maestros, los clásicos que lo hicieron como nunca podrás hacerlo tú, y saquea en ellos cuanto necesites, sin complejos ni remordimientos. Desde Homero hasta hoy, todos lo hicieron unos con otros. Y los buenos libros están ahí para eso, a disposición del audaz: son legítimo botín de guerra.

Decía Harold Acton que el verdadero escritor se distingue del aficionado en que aquél está siempre dispuesto a aceptar cuanto mejore su obra, sacrificando el ego a su oficio, mientras que el aficionado se considera perfecto. Y la palabra oficio no es casual. Aunque pueda haber arte en ello, escribir es sobre todo una dura artesanía. Territorio hostil, agotador, donde la musa, la inspiración, el momento de gloria o como quieras llamarlo, no sirve de nada cuando llega, si es que lo hace, y no te encuentra.

Hablábamos de maestros: autores y obras que ningún joven que pretenda escribir novelas tiene excusa para ignorar. Ten presente, si es tu caso, un par de cosas fundamentales. Una, que en la antigüedad clásica casi todo estaba escrito ya. Echa un vistazo y comprobarás que los asuntos que iban a nutrir la literatura universal durante veintiocho siglos aparecen ya en La Ilíada y La Odisea -relato, éste, de una modernidad asombrosa- y en la tragedia, la comedia y la poesía griegas. De ese modo, quizá te sorprenda averiguar que el primer relato policíaco, con un investigador -el astuto Ulises- buscando huellas en la arena, figura en el primer acto de la tragedia Ayax de Sófocles.

Un detalle importante: escribes en español. Quienes lo hacen en otras lenguas son muy respetables, por supuesto; pero cada cual tendrá en la suya, supongo, quien le escriba cartas como ésta. Yo me refiero a ti y a nuestro común idioma castellano. Que tiene, por cierto, la ventaja de contar hoy, entre España y América, con 450 millones de lectores potenciales; gente que puede acceder a tus libros sin necesidad de traducción previa. Pero atención. Esa lengua castellana o española, y los conceptos que expresa, forman parte de un complejo entramado que, en términos generales y con la puesta al día pertinente, podríamos seguir llamando cultura occidental: un mundo que el mestizaje global de hoy no anula, sino que transforma y enriquece. Tú procedes de él, y la mayor parte de tus lectores primarios o inmediatos, también. Es el territorio común, y eso te exige manejar con soltura la parte profesional del oficio: las herramientas específicas, forjadas por el tiempo y el uso, para moverte en ese territorio. Aunque algunos tontos y fatuos lo digan, nadie crea desde la orfandad cultural. Desde la nada. Algunas de esas herramientas son ideas, o cosas así. Para dominarlas debes poseer las bases de una cultura, la tuya, que nace de Grecia y Roma, la latinidad medieval y el contacto con el islam, el Renacimiento, la Ilustración, los derechos del hombre y las grandes revoluciones. Todo eso hay que leerlo, o conocerlo, al menos. En los clásicos griegos y latinos, en la Biblia y el Corán , comprenderás los fundamentos y los límites del mundo que te hizo. Familiarízate con Homero, Virgilio, los autores teatrales, poetas e historiadores antiguos. También con La Divina Comedia de Dante, los Ensayos de Montaigne y el teatro completo de Shakespeare. Te sorprenderá la cantidad de asuntos literarios y recursos expresivos que inspiran sus textos. Lo útiles que pueden llegar a ser.

La principal herramienta es el lenguaje. Olvida la funesta palabra estilo, burladero de vacíos charlatanes, y céntrate en que tu lenguaje sea limpio y eficaz. No hay mejor estilo que ése. Y, como herramienta que es, sácale filo en piedras de amolar adecuadas. Si te propones escribir en español, tu osadía sería desmesurada si no te ejercitaras en los clásicos fundamentales de los siglos XVI y XVII: Quevedo, el teatro de Lope y Calderón, la poesía, la novela picaresca, llenarán tus bolsillos de palabras adecuadas y recursos expresivos, enriquecerán tu vocabulario y te darán confianza, atrevimiento. Y una recomendación: cuando leas El Quijote no busques una simple narración. Estúdialo despacio, fijándote bien, comparándolo con lo que en ese momento se escribía en el mundo. Busca al autor detrás de cada frase, siente los codazos risueños y cómplices que te da, y comprenderás por qué un texto escrito a principios del siglo XVII sigue siendo tan moderno y universalmente admirado todavía. Termina de filtrar ese lenguaje con la limpieza de Moratín, el arrebato de Espronceda, la melancólica sobriedad de Machado, el coraje de Miguel Hernández, la perfección de Pablo Neruda. Pero recuerda que una novela es, sobre todo, una historia que contar. Una trama y una estructura donde proyectar una mirada sobre uno mismo y sobre el mundo. Y eso no se improvisa. Para controlar este aspecto debes conocer a los grandes novelistas del siglo XIX y principios del XX, allí donde cuajó el arte. Lee a Stendhal, Balzac, Flaubert, Dostoievski, Tolstoi, Dickens, Dumas, Hugo, Conrad y Mann, por lo menos. Como escritor en español que eres, añade sin complejos La regenta de Clarín, las novelas de Galdós, Baroja y Valle Inclán. De ahí en adelante lee lo que quieras según gustos y afinidades, maneja diccionarios y patea librerías. Sitúate en tu tiempo y tu propia obra. Y no dejes que te engañen: Agatha Christie escribió una obra maestra, El asesinato de Rogelio Ackroyd , tan digna en su género como Crimen y castigo en el suyo. Un novelista sólo es bueno si cuenta bien una buena historia. Escribe eso en la dedicatoria cuando me firmes un libro tú a mí.

© LA NACION

*El autor, escritor, es miembro de la Real Academia Española. Su último libro es El asedio


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UNIDAD I FICHAS CONCEPTO DE HISTORIA

LOS RIESGOS DE UNA MEMORIA INCOMPLETA por Tzvetan Todorov
"La memoria colectiva es subjetiva: refleja las vivencias de uno de los grupos constitutivos de la sociedad; por eso puede ser utilizada por ese grupo como un medio para adquirir o reforzar una posición política. Por su parte, la Historia no se hace con un objetivo político (o si no, es una mala Historia), sino con la verdad y la justicia como únicos imperativos. Aspira a la objetividad y establece los hechos con precisión; para los juicios que formula, se basa en la intersubjetividad, en otras palabras, intenta tener en cuenta la pluralidad de puntos de vista que se expresan en el seno de una sociedad.

La Historia nos ayuda a salir de la ilusión maniquea en la que a menudo nos encierra la memoria: la división de la humanidad en dos compartimentos estancos, buenos y malos, víctimas y verdugos, inocentes y culpables. Si no conseguimos acceder a la Historia, ¿cómo podría verse coronado por el éxito el llamamiento al "¡Nunca más!"? Cuando uno atribuye todos los errores a los otros y se cree irreprochable, está preparando el retorno de la violencia, revestida de un vocabulario nuevo, adaptada a unas circunstancias inéditas. Comprender al enemigo quiere decir también descubrir en qué nos parecemos a él. No hay que olvidar que la inmensa mayoría de los crímenes colectivos fueron cometidos en nombre del bien, la justicia y la felicidad para todos. Las causas nobles no disculpan los actos innobles."
Publicado en la edición impresa del diario La Nación el 8/12/2010

LEER CON LUZ DE LA LUNA por ARTURO PÉREZ REVERTE


El autor, español, es periodista, escritor y miembro de la Real Academia Española

Hace tiempo que me preguntan por el libro electrónico. Qué opino y cómo veo el futuro, la desaparición del papel, los formatos clásicos y demás. Siempre respondo lo mismo: me da igual, porque yo escribo lo que va dentro. Mi trabajo es ocuparme del contenido: contar historias y que la gente las lea. Del soporte se ocupan otros. Editores y gente así. Y, por supuesto, los lectores, que recurren al medio que estiman conveniente. Estoy convencido de que, en un mundo razonable, la oposición entre libro de papel y libro electrónico no debería plantearse nunca. Lo ideal es que el segundo complemente al primero, llevándolo donde aquél no puede llegar. Como herramienta eficaz de trabajo, por ejemplo. O facilitando el acceso a asuntos menos afortunados en librerías convencionales: teatro, poesía, autores sin respaldo editorial, literatura bloguera, descargas y otros experimentos interesantes que el concepto clásico no favorece demasiado. Pero no es eso lo que se plantea. Al hablar de libro de papel y libro electrónico, lo usual es oponerlos. Obligarte a elegir, como siempre. O conmigo o contra mí. Y no es ésa la cuestión. Creo. El libro electrónico es práctico y divertido. Hace posible viajar con cientos de libros encima, trabajar consultándolos con facilidad, aumentar el cuerpo de letra o leer sin otra luz que la propia pantalla. Incluso los hay con ruido de pasar páginas cuando se va de una a otra, "lo que no deja de ser una simpática gilipollez".

Además, mientras lees puedes zapear a tu correo electrónico, escuchar música, ver imágenes y cosas así. Todo muy salpicadito, multimedia. Cuando lees, por ejemplo, "Tienen, por eso no lloran / de plomo las calaveras", puedes ilustrarlo con la foto de guardias civiles que hizo Robert Capa, escuchar a Estopa, ver cómo va el Barça-Osasuna y mandar un emilio a tu churri anunciando que le vas a sorber el tuétano. Y ahí surge uno de los problemas. No con la churri, ni con García Lorca. Ni siquiera con la Guardia Civil. Surge cuando, en vez del Romancero gitano, lo que trajinas es el Oráculo manual y arte de prudencia, de Gracián; Lord Jim o La Regenta. Entonces la atención necesaria se puede desparramar un poquito. Entre otras cosas. Porque leer no tiene nada que ver con eso. Me refiero a leer de verdad, en comunión estrecha con algo que educa tu espíritu, que te hace mejor y consciente de ti mismo. Que aporta lucidez, multiplica vidas, consuela del dolor, la soledad y el desamparo, aclara la compleja y turbia condición humana. Leer así requiere tiempo, serenidad concentrada, ritual. Cuando estás en ello, ni siquiera las bombas son capaces de romper el vínculo mágico. No hay comandante de avión que obligue a apagarlo para el aterrizaje, ni batería que te deje a medias; y si se funden los plomos, o como se diga ahora, el verdadero lector es capaz de seguir haciéndolo a la luz de una vela, de un encendedor, o a la luz de la luna llena reflejada en la arena de un desierto. Puestos a setas o a Rolex, aún hay más. He dicho que libro de papel y libro electrónico deberían ser complementarios; pero si me obligan a elegir, diré alto y claro que no hay color. Y que, llegado a ese extremo, la pantalla portátil me la refafinfla.

Estoy harto de toparme con pantallas en todas partes, hasta en el bolsillo, y me niego a transformar mi biblioteca en un cibercafé. Con un libro electrónico, sea El Gatopardo o El perro de los Baskerville, no puedo anotar en sus márgenes, subrayar a lápiz, sobarlo con el uso, hacerlo envejecer a mi lado y entre mis manos, al ritmo de mi propia vida. No hay cuestas de Moyano, ni buquinistas del Sena, ni librerías como las de Luis Bardón, Guillermo Blázquez o Michele Polak, donde los libros electrónicos puedan ocupar sus venerables estantes y cajones. Nada decora como un buen y viejo libro una casa, o una vida. Ninguna pantalla táctil huele como un Tofiño, un Laborde o un Quijote de la Academia, ni tampoco como un Tintín, un Astérix o un Corto Maltés al abrirlos por primera vez. Ninguna conserva la arena de la playa o la mancha de sangre que permiten evocar, años después, un momento de felicidad o un momento de horror que jalonaron tu vida. Y déjenme añadir algo. Si los libros de papel, bolsillo incluido, han de acabar siendo patrimonio exclusivo de una casta lectora mal vista por elitista y bibliófila, reivindico sin complejos el privilegio de pertenecer a ella. Que se mueran los feos. Y los tontos. Tengo casi 30 mil libros en casa; suficientes para resistir hasta la última bala. Quien crea que esa trinchera extraordinaria, su confortable compañía, la felicidad inmensa de acariciar lomos de piel o cartoné y hojear páginas de papel pueden sustituirse por un chisme de plástico con un millón de libros electrónicos dentro, no tiene ni puta idea. Ni de qué es un lector, ni de qué es un libro.
Domingo 12 de diciembre de 2010 publicado en la edición impresa
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